VERBORREA

Rodrigo Urquiola de la A a la Z

domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:11

Lucía Camerati

Escribe novela, cuento, teatro, crónica.  Es escritor; de eso vive y piensa vivir siempre. También es un gran hincha del Bolívar. Ama su barrio Chasquipampa y no para de apostar en concursos de escritura, ganándolos como un excelente deportista que junta medallas y trofeos para el país. Nuestra envidia es su eterna bendición, pues apenas estábamos leyendo una de sus obras ganadoras cuando nos enteramos de otras buenas noticias en algún concurso. Recientemente, con su cuento Ashley, la XXV, ha ganado el Premio Internacional de Relatos Cortos José Nogales, convocado por la Diputación de Huelva (España). Los premios, a nivel nacional e internacional, lo siguen apuntado como uno de nuestros mejores delanteros en narrativa. Le pedimos que nos muestre su mochila, su diccionario, su maleta de viajes. Allí encontramos estas palabras. 

ASHLEY.–  La primera vez que vi a Ashley, no sabía que también se llamaba así. Era una tarde en la otrora cancha de tierra de Cota Cota; mi curso jugaba contra la Promo de aquel entonces, 2002. Les hicimos un buen partido a pesar de la diferencia de edades y estaturas, aunque perdimos igual. Yo era delantero, y el arquero, un ropero al que llamaban Yupi, me revolcó en la tierra con un par de patadas. Le hice un gol insignificante, triste consuelo. 

BOLÍVAR.–   Era 1997, noviembre, mi cumpleaños. Recuerdo que nuestra casa era sólo un cuarto de adobes. Yo estaba solo con mis diez años, matando hormigas entre el polvo, cuando llegó mi tío Ricardo, quien  ha sido como un padre para mí desde que el músico cobarde que me había engendrado huyera de mi madre, y me dijo: —Lavate la cara, vamos a ir al estadio. Allí, él me compró la primera polera del Bolívar que tuve. Cuando entramos en el Templo del Fútbol Boliviano, el Hernando Siles, esa cancha me pareció más luminosa que nunca. Bolívar le ganó a Chaco Petrolero  y, desde entonces, no he dejado de gritar los goles académicos.

CHASQUIPAMPA.– El sur de La Paz es el patio de mi casa: he caminado por todas sus calles. Chasquipampa es mi casa y Santa Fe mi habitación. Desde mi casa hasta la 21 de Calacoto, donde está el colegio del que salí, el René Barrientos, a pie, hay 45 minutos de distancia. Una vez, por la calle Las Retamas, un auto se detuvo y tres señoritos salieron con un cinturón. Agarraron a un niño que, como yo, iba a pie a su escuela, le dieron tres azotes. Entonces, cayó una piedra grande sobre el auto. Un joven de pantalones anchos gritó, mientras se acercaba: “¡Jailones de mierda!” y los agresores huyeron como gallinitas asustadas. Todavía me arrepiento de no haber sido yo quien arrojara aquella piedra.

DF MÉXICO.–  Una revancha. El camino a Chihuahua y a Parral, donde recibí el Premio Interamericano Carlos Montemayor por El sonido de la muralla. Esta novela había perdido, como todas mis novelas hasta ahora, el Premio Nacional de Novela. Me pareció una decisión injusta en aquel momento, pero después agradecí haberlo perdido: nuestros jurados tienden mucho a la ceguera. Pero así es el fútbol y la vida y, en realidad, al final, no importa, me tocó un premio más importante.

ESCRITURA.– Mi oficio, mi vida. Lo que sé hacer. Dicen que la vida puede ser complicada para alguien que salió del colegio sin carpeta de Física o Química, como yo. Pero la verdad es que ninguna existencia es sencilla.

FOZ DO IGUAÇU.– Las cataratas más hermosas del mundo, donde pude bañarme gracias a Mientras el viento, un cuento mío que fue uno de los ganadores del Premio Cataratas. Asistí a la premiación como le había prometido a uno de mis mejores amigos, Álvaro Rivera, mi compañero en la delantera del EF Barrientos que jugaba en la AFLP: llevando con orgullo la polera verde de Bolivia. Nuestro sueño siempre fue jugar en la Selección, pero nunca llegamos lejos.

GOL.–  Siempre he sido delantero, incluso ahora que apenas juego picaditos de futsal con los amigos. Uno de los goles que más grité en la vida fue el primero que hice en la Asociación, cuando jugaba en la sub 15 del EF Barrientos. Se lo hice al Bolívar, sobre una cancha de tierra en Alto Irpavi. 

HUELVA.– Una ciudad que ansío conocer. He visto fotos de ella en internet ahora que he recibido el Premio José Nogales. Es hermosa. Será la primera vez que pise Europa. 

INGENUIDAD.– No sabe / No responde.

JUAN RULFO.– El primer maestro. En mi casa sólo había libros religiosos. Leí la Biblia quizás demasiado joven y la verdad, aunque parezca interesante ver tanta violencia, uno se cansa pronto de ese dios con problemas hormonales y psicológicos que la gobierna. Eso sí, le agradezco a la Biblia mi ateísmo y mi curiosidad por las ruinas arqueológicas. Pedro Páramo fue mi primer encuentro con la gran literatura. Lo leí a los diez años y no entendí nada, apenas se me quedaron imágenes. Lo leí varias veces hasta ahora. Ya me dieron ganas de releerlo otra vez.

QUIOSCO.– Los proveedores de Pilfrut. Una vez, luego de ir a entrenar a la cancha junto a mi ya mencionado amigo Rivera y Álvaro Choque, el Chino, cada uno apenas tenía cincuenta centavos en el bolsillo y moríamos de sed. En aquel entonces, 50 centavos era lo que costaba un Pilfrut. Cada uno se compró el suyo y caminamos. No sé cómo empezamos a empujarnos y nos arrojamos todo el pilfrut en la cara. No bebimos ni una gota y ya no teníamos más dinero. Al final, todo pegajosos y mugrientos, nos reímos y nos abrazamos. Éramos felices y no lo sabíamos.

LLUVIA DE PIEDRA.– Mi primera novela. El último libro que escribí a mano. La publicó Alfaguara. No me dejaron escoger la portada y, la verdad, nunca me gustó. Algún día tendrá una segunda edición y, lo prometo, la portada me gustará.

MARIANELA.– Cuando llegué al colegio René Barrientos, conocí a Marianela. Tenía el cabello corto, los ojos grandes, la sonrisa amplia y era flaquita. Hermosa. Lo último que supe de ella es que un micro le cayó encima y murió. Tristeza.

NARRATIVA.– ¿Qué más se puede hacer de este mundo sino intentar narrarlo?

ÓSCAR CERRUTO.– El primer maestro boliviano. Cuando leí El círculo quedé impresionado.

PREMIOS.– El salario que recibe un obrero por el trabajo que realiza.

QUECHUA.– Como el aymara, un idioma que no puedo comprender. Mi abuelita es la última de la familia que habla aymara. Alguna vez le dije que me enseñara a hablarlo, cuando era niño. Me dijo: “Hijo, tú tienes que aprender a hablar inglés”. Ahora hablo inglés, pero siento una ausencia.

RAMMSTEIN.– Una de mis bandas favoritas. Cuando leí la traducción de muchas de sus letras recordé la voz de otro de mis maestros, el gran Samuel Beckett, escritor de la desesperanza. Después de haber aprendido y cantado –en la ducha– muchas de sus letras, estudio alemán. Dicen que son derechosos o medio neonazis, pero recuerdo Links 2, 3, 4 (o Izquier 2, 3, 4) y me repito que a los artistas no hay que juzgarlos por las ideas ajenas a su arte o por las decisiones equivocadas que manchan sus biografías.

TRABAJO.– Véase ESCRITURA. Pobres oficinistas, los compadezco.

URZAGASTI.– Un maestro de la literatura boliviana. Cuando lo conocí, como buen paceño, lo tuteé. Él se enojó mucho porque debí haberlo usteado y me riñó. Todo lo que me dijo me pareció justo y la verdad es que sus consejos me sirvieron. Hay momentos en los que uno debe agachar la cabeza, escuchar y aprender. Ya después pudimos abrazarnos. 

VOCEADOR.– El papá de uno de mis mejores amigos, el Chino, trabajaba como chofer de minibús. A veces, cuando yo iba a pie al colegio, el minibús se detenía para que yo subiera y el Chino no me cobraba el pasaje.

WILACOTA.– Uno de los barrios más fríos de Chasquipampa. Allí viven dos de mis mejores amigos, el Chino y el Thola.

E(X)TERIOR.– Ese lugar al que quieres ir con tu polera de Bolivia y la del Bolívar. ¡Qué lindo es que te sellen el pasaporte! Lo único malo del exterior es que allá afuera no hay llajua.

TAMA(Y)O.– El Franz Tamayo es el primer premio del que tuve noticia. Gracias a él publiqué mi primer cuento, a los 19 años, Invisible. Lo gané después de años de ese primer intento. “Tendida como un arco el alma tuve”, dice una canción de Octavia, y por eso también recuerdo a Tamayo, el poeta, “¡y un deseo como águila que sube!”.

COET(Z)EE J. M.– Otro gran maestro. Escritor sudafricano. Ninguno de sus libros te deja indiferente y todos, de alguna manera que no sé explicar bien, me recuerdan a Bolivia.

 

 

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