CRÓNICA

San JAILÓN : Un santo con clase en las tierras del narco

El santo de los pitucos de ciudad no es el mismo que el curandero hecho al jailoncito que un día murió atropellado en plena carretera, en el Chapare. Desde entonces le rezan moros y cristianos. ¿Quién es ese santo al que llaman Jailón?
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:15

Texto y fotos Cecilia Lanza Lobo

Héctor Monsón Choquetito murió de mala manera. Él, que cuidaba tanto las formas y se había pasado media vida prediciendo el destino de los demás, no supo lo que sucedería la madrugada del 15 de marzo del año 2008 cuando comenzó su ascenso definitivo. 

Fue entre las cuatro y las cinco de la mañana, nadie sabe bien. Doña Sara sabe de oídas o no quiere saber. Esa historia ni le va ni le viene. Tal vez porque aquella madrugada el finado salía del prostíbulo vecino, no del suyo, a pocos metros del lugar del siniestro. “Venía desde el otro lado”, miente Sara con cara de desgano, señalando con un gesto hacia Shinahota, uno de los pequeños poblados que se extienden a lo largo de la carretera que une las ciudades de Santa Cruz y Cochabamba y que son parte del Chapare, la región cocalera, en el corazón de Bolivia. Sara vive en Chimoré, el pueblo vecino a Shinahota. Dicen que desde allí hacia Santa Cruz comienzan las k’encha calles como llaman sus pobladores, en quechua, a las “calles de la perdición” donde abundan los prostíbulos. 

Pregunto por San Jailón y las cuatro muchachas que trabajan  para doña Sara de pronto se interesan entre risitas y pestañas engomadas, coquetas. Es lunes y los lunes en Chimoré impera la Ley Seca. Es su día de descanso y ellas se derraman como sea en las sillas destartaladas alrededor de una banqueta ubicada en el patio, que es a su vez el salón principal de este puticlub. 

Villa Tunaria es la puerta de ingreso al trópico cochabambino.

Un par de cortinas moradas cuelgan del alambre que atraviesa el patio como telón de fondo de un escenario arrabalero. Por las mañanas, aquellas cortinas de color pío se recogen y por las noches se sueltan a modo de decorado de circo pobre. Detrás de las cortinas hay una lavandería, baldes apilados, sillas, un refrigerador, un par de perros somnolientos y cinco filas de alambres donde tienden la ropa lavada. Nada nuevo salvo unas pantaletas con transparencias en los lugares precisos. Todas son talla XL. La más joven está contenta y estira su mano izquierda para mostrar el anillo pequeñito y brillante que luce en el dedo anular. Se lo muestra presumiendo a su compañera, más joven aún, que mira sin decir nada. La que está a su lado, en cambio, habla mucho; es la mayor de todas: XL, cabello rubio teñido, simpática, morena, madre de dos hijos. Habla con solvencia y al parecer tiene ya varios trofeos en su haber: cuatro anillos de oro que superan con creces al diminuto que ostenta la muchacha joven. A doña Sara eso tampoco le va ni le viene. Mira haciendo un puchero con la boca. No conocía al finado, vuelve a mentir, aunque conocía su camioneta doble cabina “ploma, ¿no?”, pregunta con flojera buscando aprobación y ellas asienten como alumnas aplicadas. Era verde. También dice lo que todos repiten: que San Jailón era arrogante.

Por lo menos es lo que dicen quienes conocieron a Héctor Monsón Choquetito. Paceño, morocho, macizo, con aires de galán y, eso sí, hecho al “jailón”. Jailón porque andaba presumiendo los trajes que vestía en un lugar donde el calor empapa y no permite más ropa que una camiseta, un pantalón corto y un par de chinelas. Héctor, en cambio, se esmeraba y escogía: camisas rojas, azules, verdes… y pantalón blanco. Encopetado, hecho al “jailoncito”. Un petulante que se daba el lujo de comer poco. 

 Así recuerdan a Héctor Monzón, el Jailón, en su apacheta.

“Estaba sentado ahí, todo vestido pituquito, comiendo chicharrón o charque, no me acuerdo. Hecho al jailón, apenas picoteó un poquitito, se pidió su personal (cerveza), dos chupaditas le dio y lo dejó ahí nomás. Dijo: ‘Señora, la cuenta. Ya no más’, y se fue”. 

Así lo recuerda Willy, su colega. Y también doña Felicidad, la vendedora de su apacheta, que recuerda que el finado se pedía unos buenos trozos de carne y decía “prefiero calidad, no cantidad”. Sumadas las piezas, “jailón” es quien viste bien, come poco y elige a sus amistades, de preferencia gente importante. Ajá.

Distinta es la definición del “jailón” de ciudad derivada del complejo de clase alta: high, en inglés, como metonimia de la aspiración máxima. Un adjetivo cuyo gentilicio socarrón es “jailón”. Una palabra que define a una clase adinerada y algo yuppie que evade a la chusma. Jailón es, digamos, un sujeto de clase alta. Aunque lo único que Héctor Monsón Choquetito tenía alta era la pretensión de ser más que los demás. 

 En el Chapare abundan los “focos rojos”. El de doña Sara era también preferido por el Jailón, que tras su última noche en un prostíbulo, acabaría convertido en  santo.

Si San Jailón hubiese sabido, jamás se hubiese dejado fotografiar con una sudadera cualquiera, esa que lo delata como hombre de carne y hueso, esa que se mira ahora como única imagen suya estampada en las placas recordatorias que reposan bajo el techo de su apacheta, al borde de la carretera entre Villa Tunari y Chimoré, en el Chapare, Cochabamba.

*****

En Chimoré está el Rubí que tiene como estandarte un foco rojo como santo y seña que identifica a un puticlub. Antes los prostíbulos colocaban en la puerta un balde rojo para anunciarse con cierta discreción. Ya no. Porque hace rato que en el trópico cochabambino la vida alegre, la fiesta, el sexo, el dinero y el alcohol no se andan con disimulos y más bien se ostentan. Es casi una tradición desde los años 80 cuando el narcotráfico llegó a su auge apadrinado por la dictadura de Luis García Meza. En Shinahota la cocaína “estaba ahí… ¡a la vista...!”, contó alguna vez Margarita Terán, dirigente cocalera, ex compañera de Evo Morales luego involucrada ella misma en asuntos de narcotráfico y bienes malhabidos. 

 Entre Villa Tunari y Chimoré está la apacheta de San Jailón.

Acabada la dictadura en Bolivia el año 1982, en el Chapare se vivieron dos décadas de tire y afloje entre cocaleros y gobiernos democráticos apadrinados por los norteamericanos, queriendo erradicar la hoja de coca con infructuosos planes de desarrollo alternativo, muchos muertos e infinidad de bloqueos carreteros. “Eso es lo que ha cambiado en el Chapare”, contará más tarde Antonieta en su hotel de Villa Tunari: “desde que se fueron los gringos (expulsión de la DEA, 2008) ya no hay más bloqueos. Con el cato de coca para cada familia, todos están tranquilos”, dirá con sorna y las palabras cargadas porque detrás de esa postal amable la cosa está que arde. Un cato equivale a 1.600 metros cuadrados de terreno donde cultivar la hoja de hoja. Esa fue la concesión del gobierno para los cocaleros del Chapare que ahora se ha duplicado y extendido. Y Antonieta asegura que si los cocales han proliferado, ni qué decir del comercio, los autos de lujo, las discotecas, las fiestas, los curanderos y los “baldes rojos”.

Al borde de la carretera, el Rubí aparenta ser una casa cualquiera bien montada, distinta a las barracas precarias que hace poco menos de una década eran el rostro del Chapare. Ahora las construcciones son de ladrillo y de dos pisos. El paisaje ha cambiado evidentemente. El Rubí es distinto al boliche de doña Sara, es más sofisticado, tiene un salón grande con barra y espejos, piso de cemento y un par de maquinitas de juego. Aún así no se compara con el Play Boy de las épocas de García Meza, dicen por aquí, usando la dictadura narco como medida del auge de la farándula. “Ahí llegaban prostitutas de todo el mundo, ¡estampas de mujer!”, exclama Antonieta, lamentando ambas cosas: la presencia de “nuestras criollas nomás” en los “baldes rojos” y el “turismo chupístico” reinante en el Chapare que ha derivado en linchamientos, violaciones y matufias que Antonieta encuentra obvias porque “donde hay mucho dinero…”, hace un pausa que deja concluir lo que todos saben: que el dinero del narco en el Chapare salpica. 

Las escenas más frecuentes han sido los robos, atracos y las violaciones que suceden a diario sin escándalo suficiente. Por aquí se ha visto de todo, incluso gente en carne viva ardiendo en llamas, aullando como perros en manos de la misma población desquiciada, desconfiada, harta y asesina ella misma, rociando gasolina a sus presas, criminales o desdichados que cayeron por error. Por aquí la carne quemada se cuenta en cifras:  22 linchamientos sucedieron entre 2008 y 2013 . Hasta la Policía tuvo que salir corriendo, no sólo porque lincharon a uno de ellos por andar extorsionando con la droga sino porque ésta sabe que su cola de paja es altamente inflamable. 

A pesar de todo, la jarana crece. Los servicios de amplificación y conjuntos musicales abundan y se extienden a lo largo de los 160 kilómetros que unen Cochabamba y el Chapare. Aquí llegaron Los Kjarkas, el grupo folklórico más popular del país. O El Nene Malo, de Argentina con su cho–cho–cho: 

“Dónde están las nenas malas, dónde están las chicas que se portan mal, porque esta noche les vamos a dar el cho–cho–cho…” 

Nadie en el trópico sabe cómo se recupera tanta inversión con sólo público local y entradas de 120 pesos (unos 17 dólares). Sólo sospechan malpensando.

Pero la jarana más populachera, aquella de los usos y costumbres del sagrado viernes, como la coca misma, no se erradica así nomás. Por eso la Ley Seca de los lunes fue necesaria. A no ser que a santo de San Jailón te vayas a su apacheta a seguir farreando.

*****

La llaman así: apacheta. Santuario le queda grande. Es una superficie de cemento de dos por tres donde los amigos y creyentes de San Jailón armaron un pequeño altar con el Cristo de la Concordia en el centro, dos ángeles que lo escoltan, un espacio en la base para poner las velas a arder y dos lápidas pequeñas. Una es de mármol blanco que trajo su mujer y otra de mármol negro que puso don Justo Tejerina: 

“Jailoncito: Gracias por el favor y los milagros recibidos y cumpliendo la promesa que te prometí. JT y familia”. 

 Willy Choque, curandero, colega de San Jailón. ¿Es el santo de los narcos?, pregunto. “Para que mentir”, dice él.

Don Justo Tejerina donó la cruz y las cerámicas y no es para menos. El día que la dueña del edificio donde alquilaba él su tienda de abarrotes le comunicó que vendería el inmueble y que por tanto tendría que desocupar el local, don Justo no fue a la iglesia. Corrió a la carretera a rezar a San Jailón. Le pidió sus buenos oficios para que el banco afloje un préstamo de tanta urgencia que tuviese calidad de milagro, y sucedió. Esa misma tarde su préstamo fue aprobado y, más aún, ni él mismo se explica cómo los propios funcionarios del banco le llevaron el dinero a su tienda. Don Justo es ahora el nuevo propietario del inmueble. Comerciante. Una categoría predominante en toda la región.

Un par de años después de haberse erigido, la apacheta de San Jailón más parece  una cantina a la hora de la resaca que un  lugar santo. Restos  botellas y latas de cerveza abundan en el suelo y sus ángeles guardianes han  sido  descabezados. Eso sí, flores, velas y cigarrito, no le faltan.

Ahí está doña Felicidad, que sonríe dejando ver sus dientes de oro. Es el día en que los devotos de San Jalión van de visita. Las flores y las velas le llevan cualquier día pero los lunes, además, brindan agradeciendo por los favores recibidos, por los milagros venideros o porque sólo allí se permite tomar cerveza los lunes de Ley Seca. 

— “No. Eso no”, replica doña Feli, a pesar de las cinco cajas que trae, más dos conservadoras grandes repletas de cerveza. Unas 300 latas, calculo. A su lado está una señora menudita que fuma un cigarrillo sin filtro y si habla es casi nada, en quechua y apenitas. Me invita un puchito. Acepto, enciendo y me esmero. Entonces la señora menudita me alcanza coca, coquita. Gracias. Agarro un manojo y nos charlamos pijchando. A tanto alivio me pido una cerveza, luego otra. A estas alturas las dos ya me han contado que la esposa de Héctor Monsón Choquetito se ha vuelto a casar y no ha regresado. Y yo les he contado la historia de la mujer cuyo marido, devoto de San Jailón, después de ponerle velas y rezar murió, y que desde entonces, como revancha, su viuda descabeza  a los ángeles de yeso que se erigen allí. Develo así el misterio de las decapitaciones que llevan ya varios años con diferentes versiones. Las dos me miran sorprendidas. Agarro más coca y sigo pijchando. Es más, ayer mismo cuando vine, la imagen de Jailón en la lápida estaba borrosa, irreconocible, no se veía nada y hoy está como nueva, se mira clarito, les cuento. Ellas abren grandes los ojos. Yo tomo otro sorbo de cerveza.

La señora menudita me invita otro puchito. Fumamos. De pronto se para, deja en ofrenda toda su cajetilla de cigarros a San Jailón, le enciende una vela, reza, cruza al otro lado de la carretera, sube a una moto–taxi y se va. Doña Feli ya ni me mira así  que le pago, me despido y me voy. Escupo la coca y siento mi boca adormecida. No la siento.

La coca del Chapare es poderosa. Cuentan que hace algunos años los campesinos descubrieron un potente pesticida pero el remedio resultó peor que la enfermedad porque reducía el alcaloide en un 80%. Descubrieron que era gringo y acusado de andar boicoteando lo desecharon. La coca recuperó su poder. Lo mismo sucedió con el fusarium oxysporum, un hongo que atacó los cocales seriamente. Intervino el mismo gobierno, preocupado. Los más conscientes pidieron perdón a la Pachamama creyendo que estaba enojada por tanto ultraje: el hongo era producto del uso abusivo de fertilizantes para hacer rendir la tierra más de la cuenta. El hongo finalmente se erradicó, la coca no. Nadie hizo caso a la Pachamama.

Y es que en el trópico cochabambino la amenaza a la producción de hoja de coca es inadmisible porque su rentabilidad es insuperable. Cuatro cosechas anuales en un cato de coca por familia. Cada cato rinde 288 kilogramos de hoja de coca que se vende a 270 dólares el taque de 22 kilogramos (50 libras). Total que cada cosecha rinde alrededor de 3.553 $us. multiplicados por cuatro veces al año. Sin contar lo que sucede detrás de cada cato de coca. 

Ningún intento gubernamental por sustituir la hoja de coca por productos alternativos locales ha prosperado. En el Chapare nada ha sido más rentable que la coca. Nada. Datos recientes (2018) indican que en Bolivia se producen 44.200 toneladas de hoja de coca al año y que sólo la mitad llega a los mercados legales. El propio gobierno reconocía hace algunos años que el 95% de la producción de hoja de coca se iba al narcotráfico. Por entonces, 2013, la superficie de cultivo era el doble de lo permitido, de modo que en vez de reducirla, el gobierno de Evo Morales aprobó la Ley de la coca (2017) que ahora legaliza lo que antes era ilegal. Y las cifras no han variado. Sólo el 9% de la producción de coca en el Chapare va al mercado legal, de modo que el resto a algún lado va. En el Chapare, la producción de coca y el narcotráfico gozan de buena salud.

No es un secreto. En el trópico de Cochabamba todos saben quiénes se dedican a la "pichicata" (droga) y quiénes no. Y los “pichicateros” pagan bien. Así lo reconoce el curandero con el que hablo, colega de San Jailón. Porque Héctor Monsón Choquetito era curandero y dicen por aquí que atendía a los narcos. ¿San Jailón es el santo de los narcos? “Para qué mentir”, dice él, moviendo la cabeza de lado a lado. “Sino, quién le traería tanta flor cara. ¡Usted sabe cuánto cuestan los gladiolos!”, exclama arqueando las cejas. 

Gladiolos blancos le llevó a San Jailón doña María, desobedeciendo el pedido que el mismo finado le había hecho la noche anterior en sus sueños. Él quería gladiolos rojos. Al día siguiente, la movilidad en la que viajaba la señora dio un tremendo vuelco de campana y doña María supo que era por culpa de las flores blancas. Salió ilesa del accidente y fue corriendo a la apacheta a reponer los gladiolos blancos por rojos. 

ILUSTRACIÓN CAMILO LLANOS / DGR-UCB

Jailón fue siempre un poco caprichoso. Le gustaba llamar la atención, usaba esas camisas llamativas y el pantalón blanco al modo de los peruanos, porque en el Chapare más de la mitad de los curanderos son peruanos. Sólo en Ivirgarzama hay cuatro y en toda la zona suman más de 20. Todos encuentran trabajo atraídos por la buena paga. Ya saben, “para qué mentir”.

*****

Un diente forrado en oro brilla en la boca de Willy Coque que habla con propiedad. La fluidez es un requisito del oficio de curandero. Tal vez un requisito previo porque todo curandero que se precie primero fue vendedor ambulante de medicinas. Willy Coque lo fue. Y en el mundo de los curanderos, Willy Coque es conocido como Don Benito. 

Don Benito es curandero de nacimiento. Su abuelo fue el curandero más respetado de Guaqui, al sur del lago Titicaca. “Del maestro su maestro”, se jacta, y cuenta que su padre heredó el oficio igual que su hermano, luego sus cuñados y ahora también su esposa. Un trabajo que les ha permitido construir a medias una casa de dos pisos en Villa Adela, en El Alto, alquilar otra casita y una oficina en Shinahota, en el Chapare, y finalmente comprar una vagoneta verde esmeralda de tercera mano que lleva en el techo una sirena amarilla con la que Willy entra al Chapare abriéndose paso entre la espesa neblina que habita las montañas húmedas del trópico cochabambino, como quien entra a su casa de brujo donde los brujos son requeridos aunque sólo fuese por si acaso. 

En la sala de su casa en Viacha hay dos “ñatitas” (cráneos humanos) bien abrigadas. Dos velas encendidas y cigarrillo sin filtro como ofrenda las acompañan. A su lado descansa una guitarra eléctrica: "es mía, estoy aprendiendo", sonríe Willy, que para los amigos y con algunas cervezas encima es “Willy Colón” porque le gusta la salsa. Ahora no. Ahora es un respetable curandero, médico tradicional, Secretario General de la Asociación Boliviana de Médicos Naturistas y Tradicionales de Bolivia (2013). 

El apellido es lo de menos. Choque o Choquetito. Lo importante es que se dice que él y Héctor Monsón Choquetito eran tan unidos que hasta eran primos. Pero no. Eran amigos a fuerza de costumbre, costumbre de cruzarse por el camino, porque no siempre fue así. Héctor Monsón Choquetito, San Jailón, tuvo que aprender buenos modales.  

Se conocieron por Montero, Mineros o San Julián, cerca de Santa Cruz, en alguna de las ferias habituales en aquellas poblaciones intermedias, allá por 1997. Ambos eran vendedores ambulantes: Willy Choque vendía remedios caseros y Héctor Monsón era relojero. Los dos paceños, los dos migrantes, cargando sus maletines James Bond. 

El relojero era más joven y andaba mal vestido. Por si fuera poco un día de esos abrió su James Bond y lo que tenía adentro ya no eran relojes sino ¡remedios caseros!. Héctor Monsón Choquetito quería ser curandero. Para mayor arrebato, el ex relojero había comenzado a vestirse bien y estaba queriendo hacerse al jailoncito. De nada sirvieron los reclamos de los colegas del gremio pues Héctor entró a la comunidad apadrinado por “El paceño”, otro curandero joven y algo altanero que sin permiso de nadie lo metió al negocio y fue su maestro.

Ahora que el finado es un santo, Willy reconoce que eso de bueno tenía: Jailón aprendió de varios expertos. “Elegía a sus amistades y le gustaba juntarse con gente importante”. Por eso Jailón fue discípulo nada menos que del “tío Carta”, un anciano respetable de apellido Cartagena, peruano, cuya raza negra y sus habilidades comerciales le permitieron pasar por brasileño. El tío Carta trabaja ahora mismo con el nombre de “Jaisihno da Silva”. También están “El Chuncho Amazónico” y “Pedro Suárez” como maestros del novato.

De todos ellos Héctor Monsón tuvo que aprender a respetar a sus mayores “hasta hacerse bueno”, porque antes le jugó a Willy una mala pasada, inapropiada para un aprendiz de brujo. Willy resolvió el inconveniente pero aquello marcó la mala imagen del Jailón. Por eso fue un tanto extraño que un par de años después, trabajando ambos curanderos por Ivirgarzama, Héctor, ya Jailón, ya más canchero, ya de camisa, se acercase a Willy diciendo: “Willy Colón: ¿una salsita?”  

“¿Por qué no?”, pensó Willy y se fueron a Las Chozas. Ahí Héctor le pidió disculpas por sus errores de juventud, se tomaron unas cervezas y comieron un ceviche, el plato favorito de Jailón que ahora Willy prepara de maravilla. 

Ese fue el inicio de una amistad que perdura incluso hoy que Willy –Don Benito– trabaja con San Jailón desde las alturas resolviendo apariciones: casos de objetos perdidos que por intermediación del alma del Santo pueden ubicarse de manera aproximada o precisa. Una especie de GPS espiritual. 

El Jailón trabajaba como astrólogo. Lo suyo eran los naipes o el Tarot. Miraba las cartas, hacía limpias… “expansión espiritual”, para ser más concretos. Pero aunque Willy sabía de Héctor hasta sus más caros anhelos como que quería dejar de trabajar, no sabía que sus destrezas como curandero eran más eficientes de lo que parecían, pues así comenzaron los milagros. 

Sucedió después de su muerte. Ah… su muerte.

Antes hay que decir que si Jailón comía con medida bebía sin clemencia. Le gustaba irse de copas más de tres días. “No era de un día nomás”, cuenta Willy recordando que después de hacer las paces con Héctor, allá por el año 2000, éste lo volvió a invitar dos veces más a su lugar favorito: el Rubí, en Chimoré. Después de trabajar, el viernes por la tarde  se metía ahí y no salía hasta el lunes. Una vez llamó a su amigo Willy, le dijo que agarrara una moto y se fuera al Rubí. Ahí le invitó una caja de cerveza para asegurarse que Willy le hubiera perdonado sus altanerías previas. Willy quiso complacerlo con otra caja de cerveza pero Jailón no permitió: “donde yo tomo está prohibido meter las manos al bolsillo”, dijo sobrador. “Bueno, si quiere que se bacanée”, pensó Willy y salieron de allí cinco cajas después hacia el local de doña Sara. Lo mismo sucedió una vez más por esos años. La última fue el 14 de marzo del año 2008. Esa vez Jailón no llamó a Willy sino al “Charapa”, un curandero de mala fama que vendía grasa de víbora en la feria 16 de Julio de El Alto.

Era viernes cuando entraron al Rubí y bebieron hasta la madrugada del sábado 15. Por entonces el Jailón ya tenía auto, así que se marcharon ebrios para continuar la juerga en Shinahota, invadieron carril y un tráiler se les vino encima. El Jailón quedó atrapado, pidió ayuda pero fue tarde. Murió ahí en la carretera a 20 metros del Rubí. “El Charapa”, malbicho, salió ileso. Llegaron los policías y se lo llevaron sin saber que cargaban a un Santo. 

El Jailón estuvo tres días sin que nadie lo reclamara. Willy andaba de cumpleaños y se enteró tarde. Cuando la gente de buen corazón quiso hacer una colecta para enterrarlo porque las hormigas comenzaron a comérselo, apareció su mujer desde Yapacaní, cerca de Santa Cruz y lo enterraron en el cementerio del lugar, entrando a mano derecha. Amén.

Ni cortos ni perezosos sus colegas recogieron los restos de la camioneta, armaron una cruz y la plantaron ahí mismo. Enseguida apareció una señora desde Ivirgarzama con una bola en el cuello diciendo que las almitas de los curanderos eran milagrosas. Capaz que era cierto y esa bola desaparecía de una buena vez. Y desapareció. ¡Milagro! exclamaron todos. Y lo bautizaron como “San Jailón” para siempre.

Testigo principal es la señora que viajaba en un bus rumbo a Santa Cruz y que pasando por la apacheta de San Jailón vio a un hombre todo vestido de blanco, deslumbrante, cruzar por la carretera. El chofer también lo vio y, es más, ¡casi lo atropella! Pero el hombre de blanco atravesó el camino tranquilo y se perdió en el monte. Desde entonces, cada que pasa por ahí aquel chofer se detiene en el lugar a dejarle flores. Lo mismo hace don Javier, dueño de El Curichi, el restaurante donde los buses paran, repletos de pasajeros, a comer. Don Javier no falla nunca con sus flores y desde que es devoto de San Jailón los buses no han tenido accidentes, de modo que su restaurante está siempre lleno. 

La voz corrió y la gente comenzó a frecuentar el lugar con flores y rezos. Bajo el techo de la apacheta caben todos, justos y pecadores. ¿Los narcos? “Para qué mentir”, también vienen trayendo gladiolos. “No se puede impedir que vengan”, acepta Willy resignado. San Jailón es también Santo de los narcos. 

Cuentan que estaba una familia llevando insumos para la elaboración de pasta base de cocaína cuando de pronto divisaron a los “leos” (miembros de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico, llamados Leopardos). La señora, asustada, comenzó a rezar: “Jailoncito, ciégalos. Este es todo mi capital, sino qué voy a hacer… Por favor, ciégalos”. La camioneta se detuvo y la familia pudo esconder en el monte todo lo que traía a la vista de los leopardos, cegados. Tres días después encontraron intacto lo que habían botado al monte. ¡Milagro!

Pero así como ciega “leos” a pedido de los narcos, San Jailón también oye los recados de los “leos” para atrapar narcos. San

Jailón es generoso.

Un trabajo que cuesta 100, 300 y 1.000 pesos (entre 15 y 150 dólares), a pedido de un narco llega a costar 500, 1.000 y hasta 1.500 dólares, dependiendo de la dimensión del milagro requerido. No es fácil. El curandero explica:

— Por ejemplo, viene un narco y nos pide…

Hace una pausa y, por si las dudas, aclara: 

— Usted ha debido escuchar hablar de los cuatro elementos: agua, tierra, aire, fuego. Aquí también entra la cosmovisión andina, la Pachamama. Entonces pedimos el favor a la Pachamama para que cuando los “leos” persigan a los narcos, de pronto el río crezca…, de pronto caiga una lluvia… 

Entonces Willy, más Don Benito que nunca, reza: 

“Jailoncito, por intermedio de San Jorge, por favor, agarra a los ‘leos’, amánsalos como a corderos, tenlos encerrados y que sean mansos y no sean rudos. Si me haces ese favor te hago una misa, te prendo este cirio a favor tuyo”. 

Amén.

Héctor Monsón Choquetito, adivino de vidas ajenas, no pudo saber que su ambición se cumpliría. “Expansión espiritual” era lo que ofrecía sin saber que construía así una metáfora de sí mismo, porque dónde más alto se puede llegar en el ascenso social popular sino a la santidad. San Jailón, el más “jai” de los santos en las tierras del narco. ¿Narco? Qué más da. Lo que importa es la posibilidad de salir de la pobreza, que ha llegado allí como una lotería, con santo y todo.

Una versión de este texto fue publicada en  la antología  Hora Boliviana,  editorial El Cuervo, 2015.
 

 

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