CONFESIONES

Vela de armas antes de la carrera

Juegos Deportivos Panamericanos, Lima 2019
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:13

Fadrique Iglesias Mendizábal

Villa Olímpica Panamericana, 11:59 p.m. Mañana corres las series de los 800 metros planos en los Juegos Panamericanos que, después de unas Olimpiadas, son la cita más grande para cualquier deportista que represente a Bolivia, pues son menos de 50 los elegidos por nuestro país cada cuatro años para competir en 39 deportes con otros 6.680 atletas de 41 países.

No existe noche más larga que la previa a una competición deportiva, pues ésta mengua en la medida en la que el aburrimiento y el estrés crecen.

Visualizas la carrera que has esperado todo el año y que se consumará pocas horas después del alba. Te vuelves Spielberg y sueñas tu película: la voz anunciándote al cruzar la meta mirando de reojo el cronómetro con récord; la cámara lenta que muestra tu llanto al colgarte la medalla; tu madre desenfocada al fondo aplaudiendo; la última gota de potencia muscular in extremis cuando el resto de competidores sufren. También ves el capítulo aquel de la lesión súbita por una sobrecarga muscular, el empujón y caída o el simple e impotente desfallecimiento. 

Hasta llegar a la noche previa a la competición, ya has deshojado muchas margaritas. Para entonces, tendrás guardadas tus mejores balas del año en el tambor, dispuestas a dispararlas con furia en la carrera. 

El día previo se hace poca cosa, pues los entrenamientos duros ya están hechos y no quieres arriesgar ni fatigar los músculos, con las venas salientes y más robustos que en ningún otro momento del año si la planificación ha sido óptima. Cenarás el consabido plato de pasta con ensalada y algo de pescado, pues, salvo para los argentinos, la carne roja está prohibida.

Los atletas solemos ser supersticiosos. Pocos nos bañamos el día de la competición, por lo que en la última ducha la noche previa, al cerrar los ojos y recibir las gotas de agua en la cara, conjuras una especie de oración que funciona tanto para crédulos como para agnósticos, y así invocas a la suerte o a la deidad. La falta de ducha el Día D pudo haber tenido en su origen una razón fisiológica –no exponerse a una relajación muscular y solana excesivas– pero se ha vuelto un ritual.

Ya puesta la camiseta de una vieja carrera popular de 10K como pijama, toca la reflexión, mandar whatsapps a la familia o amigos devolviendo las buenas vibras y velar armas. 

El pulso de un atleta en reposo varía entre 35 y 50 pulsaciones por minuto, pero en los últimos metros de una competición puede superar los 200, y la noche previa puede llegar a 120 al colocar el número dorsal en la camiseta de competición. Con la mano temblorosa, es fácil pincharse los dedos con los ganchillos mientras ensartas el número con tu apellido, sin tapar el nombre de Bolivia en la camiseta verde, que ya ha pasado revisión por parte del organizador, pues no se pueden llevar consignas políticas ni marcas que abarquen más de tres centímetros cuadrados bien medidos y fotografiados para archivo en caso de reclamación.

Metes con pausa y ansiedad en la mochila la camiseta ya lista, los calcetines negros de la suerte, el Mentisán para untarte las piernas y las zapatillas con clavos que te han hecho callo en las sesiones anaeróbicas en las que el lactato te dejaba los músculos como viruta. Y la cierras pensando que la abrirás cuando ya estés en la cámara de llamadas después del calentamiento, esa especie de celda panóptica donde ya están los ocho competidores de tu serie, como perros enjaulados esperando  que el altavoz del estadio abarrotado los llame. 

Pero eso será al día siguiente, todavía falta, pues la noche previa a la carrera, la noche de la vela de armas, no se duerme, sino que se calienta y se mastica la victoria. O la tragedia.

*Fadrique Iglesias representó a Bolivia en los Juegos Panamericanos de Río en 2007.

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