EL MAnGO DE OZ

Comida de viaje. Oruro

domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:12

Óscar Martínez

Tenía un tío que se llamaba Augusto, pero yo no le decía tío, sino don Augusto. Era potosino y vivía como relocalizado en Oruro, en una casucha bien pobre al final de la avenida España. Me gustaba visitarlo alguna vez porque a él le gustaba leer en silencio y luego se acordaba de sus años de sindicalista minero y a mí me gustaba escuchar historias.

Así que antes de partir de La Paz le compraba cuarta arroba de revistas Reader’s Digest que en ese entonces vendían por peso en los libros usados del pasaje de las Flores en la Pérez Velasco, y al llegar a Oruro se las dejaba al lado de la cama. Fue él quien me sugirió dos cosas inolvidables: probar api en el mercado Fermín López y “rostro asado” en la esquina de la 6 de Octubre y una calle cuyo nombre  olvidé . Lo malo es que para probar el “rostro asado” hay que ir un poco machado, es decir borracho, pues. Dicho esto, se desvanecía la esperanza de probar tan famoso plato porque en ese entonces yo tenía 13 años. 

Años después, cuando el tío ya había partido a contar historias al cielo, mis primos me llevaron a beber y luego me dijeron que me llevarían a comer un Jaime Paz Zamora; así  era como le decían al famoso “rostro asado”, que era una cabeza de cordero enterita, envuelta en periódico y con la lana medio quemada. Debo admitir que lo que me impresionó de verdad fue ver cómo lo comían. Un parroquiano de esos recibió la cabeza y le quitó la piel como quien le saca el  gorro a la cabeza. Luego se puso de pie y fue a la reja de una casa contigua donde un fierro parecía haber sido doblado para tal propósito: partir el cráneo de la oveja en dos y luego tomar asiento y delirar de placer mientras embadurnaba un pan con el seso del animal al que le ponía abundante llajua que al parecer picaba como el demonio. Luego, sabiendo que le miraba incrédulo y boquiabierto, succionó el ojo y se sacó con la punta de los dedos algo que me mostró todo satisfecho. Parece un botoncito, dijo, tirando luego los restos de los ojos a la basura.

Sobra decir que no me comí (ni pensaba hacerlo) mi “rostro asado” que yacía bien frío en mis faldas, y que mis primos se reían a carcajadas, como parece que solían hacer con la gente de afuera para dejarlos impresionados.

Al verme con hambre y con el chaki (resaca) que peligrosamente se acercaba con el fin de la farra, fuimos a buscar más comida de borrachos, esas que se buscan como entre las 6 y 8 de la mañana. Terminamos en un restaurante de la zona norte que se llamaba Maracaná y que evidentemente era un remate que servía dos especialidades ávidamente buscadas por los trasnochados comensales: las “silicas” y las “toallas”.

Las” silicas” eran sopa de hígado con riñoncitos que se repartían en todas las mesas de ese local atestado. Los humeantes platos pasaban por aquí y por allá acompañados de docenas de Huari. La gente disfrutaba tanto la “silica que hasta parecía que estaba muy buena. Mis primos me la pidieron una, para probar, pero nada, no pude comerla porque lamentablemente hígado apanado y cocacho de madre iban de la mano en mis traumas infantiles. Así, el hígado ha estado desde siempre en mi lista negra de comida que no probaré jamás, además de   hacerme dar arcadas.

Impacientes mis primos, o mejor dicho, inocentes y hospitalarios, pidieron una “toallita”, que era sopa de panza (o libro, como luego me corrigieron). Bueno, igual les dije que no como vísceras, excepto anticuchos, por supuesto. Así que terminaron comiendo la “toallita” y me llevaron a los chorizos de La Ranchería donde por cierto ya no había ni un solo sándwich de chorizo. Deuda pendiente que tengo hasta ahora con la noche orureña.

Tal vez en otra ocasión hable del “charquekan” escondido en un cantina llamada El Refugio y que te daban en unas fuentes inmensas con cucharas y un huevo duro por borracho, o de las mocolas maceradas con alcohol que te dejan mucho más que contento en menos de tres minutos.

Tantas cosas para contar de Orurito, de su frío y sus apis portentosos en el mercado Fermín López, o del restaurante Nayjama al que nunca he ido. Podría contar su amor por las menudencias, pero creo que no soy yo el que podría hacerlo de la mejor manera, a no ser que un carnaval de estos me anime a dar buena cuenta de un “rostro asado”, un “costillar” en el Bon Bar o cordero en el Nayjama; todo junto en el mismo día, y así dejar de imaginar historias.
 

 

Confidencial

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