CRONIQUITA

De ocho a nueve a.m. Memorias con Coco Manto en CDMX

Coco Manto es ya el nombre de aquel hombre al que bautizaron como Jorge Mansilla Torres, periodista, poeta y cuentista, recientemente nombrado Premio Nacional de Culturas en Bolivia. Sus días en México, junto a sus colegas periodistas del Baco Times (metáfora etílica), son recordados en cada calle, en cada esquina del lugar.
domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:14

Ana Meléndez Crespo

Aquel viernes primero de mayo, 2009, octavo día de la veda sanitaria impuesta desde la presidencia de la República calderonista y la jefatura citadina ebrardiana del Distrito Federal por una epidemia de influenza, caminé muy temprano por la avenida Reforma cruzando el Mississipi, el Tiber, el Rhin y otros ríos que nombran calles y avenidas, desde el Circuito Interior hasta Insurgentes. Fui por la larga vía que evoca a los ilustres del México independiente hasta la glorieta Cristobal Colón.

En mis tiempos de articulista del diario Excélsior, de 1984 a 2006, fui cotidiana viandante de esa rotonda y sus alrededores, con mi colega y amigo, el periodista boliviano Jorge Mansilla Torres, Coco Manto. Al restaurante del Hotel Imperial, sitio enfrente, el Coco y yo íbamos a menudo con nuestro querido y hoy finado amigo, el fotógrafo Toño Reyes Zurita, para charlar y alimentar su periodiquito semanal de chanzas bolológicas, que tituló, –a modo de metáfora etílica– Baco Times, donde los trabajadores de Excélsior ocupábamos sitio honorífico, por periodistas y por “bolos”.

Igual, íbamos a La Calesa, a desayunar o comer, y hacer conferencias de prensa diversas. Éramos asiduos asistentes de la librería, café y editorial Guernika, donde igual paraban periodistas, escritores e intelectuales de la capital.

Desde luego, rememoré nuestras infaltables veladas y desveladas en el bar de Sanborns Lafragua, con Luis Sepúlveda, Yolanda Ledesma, el experto y bonachón traductor de la sección Internacional Lalo Gómez†, a quien el Coco Manto espoleaba diciéndole “Señor Presidente Salinas”, por su frentón y cabeza lisa y brillante; y otros colegas periodistas, en mil y una tardes–noches de discusión de rollos mundiales, nacionales, artísticos, literarios, culturales.

Me avasallaron los recuerdos en tropel, al pasar frente a los edificios de la cooperativa Excélsior, en Reforma 18, y el que hace esquina con Bucareli, antaño azul y, hoy, amarillo; igual cuando pasé por el edificio viejo donde, por décadas, se imprimieron en rotograbado libros, revistas, anuncios y suplementos literarios.

Coco Manto, Ana Meléndez, Yolanda Ledesma en la sección internacional del diario Excélsior de México.

En Donato Guerra esquina Bucareli, mis recuerdos menudearon ante una célebre cantina, centro de reunión de los más connotados intelectuales del Excélsior: editorialistas, articulistas, directores de suplementos, reporteros, redactores, correctores, formadores y diestros   técnicos de los talleres. Ahí, Coco Manto escribió   un aforismo sobre nuestras diarias andanzas, donde rimó el nombre Reforma, con forma.

Y sí, la Reforma era una extensión de nuestros sentidos y quehacer periodístico, como preconizara Marshall McLuhan. Ahí, el ilustre Enrique Loubet, director de Revista de Revistas, instruía  a su editor, Martín Estrada, al tiempo que presumía sus saberes  cinematográficos con los especialistas del tema, Juan Jiménez Patiño y Héctor Enrique Espinosa;  y su  selectivo paladar con el gourmet Leopoldo Soto, que sugería los más finos manjares y vinos en su columna Dónde cómo y cuánto.  Loubet, de paso, atendía las sugerencias de Malena, su asesora del Jockey Club, en materia de apuestas de carreras de caballos. Y todos, con él y sin él, discutíamos de política, economía, cultura, literatura, giros idiomáticos, errores garrafales, deportes, siendo muy bien atendidos por la anfitriona y amiga, Marbella.

Coco Manto y yo revisábamos el suplemento Ciencia y Humanismo, que él coordinaba, y la página editorial de las Ultimas Noticias, donde escribíamos respectivamente artículos de opinión, y él, además, sus epigramas. Y citábamos ahí, para entrevistas más distendidas, a cuanto creador boliviano llegaba a México: escritores, músicos, cantautores, artistas plásticos, académicos, actores de cine, danzantes, periodistas, promotores culturales, en fin. En La Reforma fueron celebérrimas nuestras reuniones con el escritor cochabambino Ramón Rocha Monroy.

La Reforma era buen negocio para enfermeras de fábula, que medían la presión arterial de los “bolos” por unas monedas; otros ocurrentes daban toques eléctricos con máquina portátil, a quienes se dejaran.

Nos hacía gracia una bella florista, con su canastón repleto de rosas frescas y perfumadas, en su clamor robin–hoodiano, en tiempos en que la ultraderecha foxista y los panistas habían llegado al poder ejecutivo de México: “Don Coco, cómpreme un ramo para doña Anita ¿No ve que no he vendido nada? Ya no es como antes que los priístas gobernaban y robaban harto, pero sabían repartir sus ganancias entre los pobres!”  Y era de morir de risa el acartonado discurso de un vendedor, de relamido peinado y pulcro terno: “Jóvenes, les traigo la mejor opción”.  No había parroquiano que no saliera con su tableta de Carlos V “El emperador de los chocolates”.  Igual entraban, como en botica rolera, juglares y guitarristas, solistas o en trío; pero también conjuntos norteños y arpistas costeños.

Mi tropel de remembranzas remató con mi llegada a Rosales y Guerrero, donde entré a la estación del Metro Hidalgo, concluyendo mi maratón a las nueve horas, de ese día de desolada cuarentena oficial viral, azuzada por el amarillismo mediático.
 

Luis Sepúlveda, Ana Meléndez Crespo y Coco Manto. Sanborns Lafragua, con sus típicos tarros de talavera poblana. Foto Antonio Reyes Zurita, 1990.
FOTOS ARCHIVO DE LA AUTORA

 

Confidencial

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