CONFESIONES

El Laberinto

domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:06

Cecilia Campos Villafani

Dicen que así era Dédalo, un hombre de discursos, un gran inventor. Creador del laberinto, el carcelero del Minotauro, y el que enseñó una vez a alguna Ariadne vieja a transitarlo de ida y vuelta las veces que quisiera. Pobre ella, aun cuando ya tenía el privilegio de entrar y salir sin ser dañada, vivía todos los días viendo al monstruo, dándole de comer frente al televisor, lavando su ropa y planchándole los pantalones.

Tú no quieras ser una mujer de laberintos –me dijo una vieja de lengua azulina y asidua compañera de borrachera de Mnemosina– no puedes ir caminando por ahí en cualquier dirección chocándote contra las paredes, o andando caminos predeterminados una y otra vez, siguiendo un hilito rojo como sonsa, no. Hay que entrenarse para ser liviana, para saber andar sin pesos. Porque a diferencia de los Ícaros, a quienes pueden diseñarles alas a medida y para cualquier capricho, a nosotras –las chullupías– tienen que brotarnos alas de verdad para desobedecer y volar cerca del sol y desafiando toda el agua salada, aquella que se reúne en el mar o aquella –aún más honda– que brota de nosotras mismas.

No pueden ser alas de discurso, de papel, no pueden ser alitas de volantín pegadas en la espalda con cera de abeja, es peligroso. Terminaríamos ahogadas en el agua salada de cualquier vaso. ¿No ve?
 

 

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