CARTA A UN FÉNIX

La tragicomedia del fracaso

El heroísmo o la canallada serán la respuesta ante la conciencia del fracaso y la propia mediocridad, en dos obras cuyos argumento coinciden. Alasestatuas y El solo del contrabajo
domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:11

Mabel Franco

Dos obras teatrales acaban de coincidir, en sus argumentos, en una ruta harto transitada aunque no siempre admitida por los mortales: la conciencia del fracaso, la ilusión de la trascendencia en medio de la propia mediocridad y la respuesta ante tal conciencia: el heroísmo o la canallada. 

Las dos obras a saber son: Alasestatuas (2006), de los bolivianos Kike Gorena y Darío Torres, quienes también la encarnan, y El solo del contrabajo, monólogo del alemán Patrick Süskind (El contrabajo, 1981) en versión 2019 de Percy Jiménez, con la actuación de Cristian Mercado y un convidado de piedra, detalle de la puesta: Juan Pablo Jiménez.

Torres y Gorena interpretan a dos hombres del montón, Mario y Aniceto, carpinteros que consideran que su monótona vida no puede ser la definitiva. Se proponen, por ello, cambiarla, darle tal vuelo que en un máximo de 50 años la sociedad sienta la necesidad de erigirles un monumento. 

Mercado es un contrabajista anónimo, un burócrata instalado en la comodidad de un puesto que, sin embargo, envidia a sus colegas tanto como odia ese instrumento aparatoso. Esta noche, alentado por la cerveza que bebe vaso tras vaso, ha decidido que todos –orquesta y público- se enterarán de que existe.

Ambas propuestas optan por la tragicomedia, tono cabal para seguir los pasos de unos nadie que se trazan una meta en pos de la cual, aunque no la alcancen, aprenderán sobre sí mismos, convocando así al propio espectador a pensarse. Tal el valor de estos trabajos artísticos.

Alasestatuas transita sobre un texto y una puesta que arman lo que podría llamarse oda al fracaso. Con mucho humor en el camino, el desenlace entrañable habla del valor de la amistad como tabla de salvación, si es que ésta existe. Torres y Gorena, 13 años después de haber estrenado su creación, están maduros, se compenetran, se siente la química entre actores, sí, pero sobre todo entre amigos. La tragicomedia torna a estos antihéroes en héroes dignos de una estatua.

El solo del contrabajo tiene en Cristian Mercado a un actor capaz de sacar filo a un texto consagrado y harto representado. Sin embargo, quizás el hecho de tener que hablar con alguien que no ayuda en la confesión –el segundo actor mudo, casi inmóvil- como sí haría el espectador enfrentado por el músico, parece restar variedad a las expresiones del personaje, escondiendo a ratos la profunda ironía que el relato implica. 

El final, elección del director, seguramente, tiene un cambio respecto del texto de Süskind: el músico quizás no se anime sólo a gritar su nombre para llamar la atención de la soprano, sino que haga uso de lo que lleva en la maleta cerrada. De pronto, la obra podría convertirse en una oda a la mediocridad, el héroe en villano, la tragicomedia en tragedia. Es que todo puede depender, también en el teatro, de una nota grave.
 

 

 

 

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