EL MAnGO DE OZ

Un incidente en El Prado

domingo, 15 de septiembre de 2019 · 00:11

Óscar Martínez

Un mediodía solitario de esos, fui a almorzar a mi restaurante favorito desde que era niño. Al ver el menú, me sorprendió que después de tantos años, la oferta de la comida por días no haya cambiado en absoluto. Por ejemplo, los jueves de chairo, en deliciosa pero muy breve ración. Niños envueltos; un poco empalagoso para mi gusto. Salchichas campesinas con chucrut y puré de papas. Un clásico del tío Fernando, que tuvo el infortunio de perecer en un motel de Sopocachi por estar mal del corazón en todo el sentido de la palabra. Lo sorprendieron con su amante, que resultó ser una mujer casada, y el resto es un triste recuerdo del Telepolicial.

Pedí las salchichas por el hastío que ya sentía por la tradicional hamburguesa en plato. De pronto, todas las mesas fueron ocupadas por bulliciosos oficinistas que conversaban nimiedades a los gritos. Sentado como estaba, solo en una mesa para cuatro  personas, un hombre ya mayor y canoso, con traje gris de paño, me miró con las manos en los bolsillos como queriendo preguntar si me molestaba compartir mesa y hora de almuerzo. Le dije, breve de gestos, que se sentara, que no había problema. 

Él pidió un chairo y al ver que me traían las salchichas, cambió de cara, y de estar comentándome cosas en voz alta –cosas que yo ignoraba por educación clavando la mirada en el libro de Norbert Elías El proceso de la civilización– se quedó en silencio, mirando hacia la nada. No me importó y comencé a comer.

Estaba recordando que justamente fue mi tío Fernando Viscarra el que me había enseñado a ponerle pimienta al puré. Como tierra, hasta que parezca barro, decía mi tío. Y al mismo tiempo que pensaba en la frase “que quede como barro”, el tipo que compartía mi mesa lo pronunció en simultáneo de forma alta y clara mientras me miraba a los ojos. Sentí una terrible impresión, por lo que me atoré con un pedazo de salchicha. No sé cuánto tiempo pasó, pero me tomé de la garganta e intenté golpear mi pecho. Hice señas mostrando que no podía respirar para ser socorrido. Alguien me tomó por la espalda y comenzó a golpear. Luego me puso el puño en el diafragma y escupí un flemoso pedazo de salchicha que salió volando a una mesa vecina donde una teñida de cara conocida me miraba asustada y con el tenedor suspendido en el aire.

Aliviado, tomé aire a grandes bocanadas. Escuché aplausos y luego confusas voces que se dirigían a mí. Me pasaron una servilleta. Era alguien muy parecido a mi tío Fernando que me preguntaba si estaba bien. Le respondí que sí. Recién pude ver al tipo que me había ayudado, el que estaba sentado en mi mesa: le faltaba el dedo meñique de la mano izquierda y recién lo recordé. Se llamaba Gustavo y había muerto atragantado en una parrillada hace muchos años. La rubia teñida que gimoteaba en la mesa, era la Giovanna Cordero, la chica de mi promoción que murió en un accidente en el camino a Caranavi, y mi tío Fernando tal y como lo había visto por última vez, con su pinta de Bruce Lee colla, ahí mirándome con un vaso de agua en la mano. Estaba confundido y un poco aturdido, pero al parecer yo también estaba muerto, igual que toda la gente en el salón. Recordé el cuento de Woody Allen y la apuesta de un dólar que hizo con la muerte.

Luego trajeron mi plato y me despertaron pidiendo disculpas por el maldito retraso de más de 45 minutos esperando mi orden. Me limpié la baba de la comisura y decidí no dejar propina. Esta vez, no.
 

 

 

Confidencial

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