ZONA A LA CARTA

Comerlos crudos

La condición humana, cuando se la prueba, es capaz de soportar cualquier contingencia, por más extrema que esta sea, con tal de seguir demostrando eso: que los seres humanos tenemos derecho a la existencia y a lo bello y a lo sublime.
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:09

Pablo Cingolani

Tras trajinar todo el santo día, cuando volví a la casa, el gato Limón se lanzó encima de mí, más africano que nunca: si pudiera, me hubiera comido crudo.

Como entendí el mensaje, decidí premiarlo: una pechuga de pollo fue a parar a su boca. Previo, el gato saltaba de alegría: la misma alegría que de seguro tuvieron los charrúas cuando se lo tragaron al señor Solis en aquel memorable año de Dios de 1516, en la recién “descubierta” banda oriental del Río de la Plata

Carne cruda o misionero a la olla: la cultura occidental condena el canibalismo y el carpaccio humano, pero una de las historias más conmovedoras y nutrientes que conozco es la de los rugbiers uruguayos –y dale con los charrúas– que sobrevivieron a los Andes tras un desdichado accidente de avión.

Ahora uno puede ver en la tele los estúpidos shows de realidad que hacen las grandes cadenas de manipulación masiva de la mente y ver a esos ex comandos –asesinos profesionales que además te cuentan, por cuenta gotas, pero te cuentan– ese es el pecado, eso es lo subliminal– de sus fechorías en Afganistán o en Irak– y luego te “enseñan” cómo sobrevivir en la tundra. Bastardos…

Los pibes uruguayos lo hicieron solos, sin que nadie les enseñara nada: lo hicieron, sobrevivieron, para demostrar que la condición humana, cuando se la prueba, es capaz de soportar cualquier contingencia, por más extrema que esta sea, con tal de seguir demostrando eso: que los seres humanos tenemos derecho a la existencia y a lo bello y a lo sublime. De lo contrario, somos Hitler, somos Pinochet, somos Videla, somos History Channel, somos Discovery, somos toda esa basura mediática que mata más que las balas…

El punto es este: el gato, feliz, comiéndose toda una pechuga. Bien.

Los charrúas, felices, manyándose a don Solis, bien también.[1] Como todo el arco originario de lo tupí–guaraní –la marca fundante de lo que hoy es Brasil– de comerse exploradores y misioneros. No comían por comer. Era parte de un ritual que los reafirmaba como seres humanos, que les proveía sustancia y energía. Era también honrar al adversario, al enemigo.

El Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade, no sólo funda ese Brasil culturalmente potente que conocemos todos –¿qué cosa fuera Caetano o Amado, Elis o Drummond sin la razón forjante del Manifiesto? Era esa fidelidad, esa fertilidad y esa dignidad que hoy, en democracia, invento ultramarino y poco imaginativo, por cierto, se nos escapa, nos elude, nos niega.

Los pibes uruguayos volvieron ese mismo ritual, en coordenadas más próximas a nosotros, un mensaje de redención, de lucha por la vida, de esperanza fecunda. En este mundo de mierda que promueve el capitalismo, en este mundo televisado, cruel y en red, no hay nada que se compare con ellos.

No necesitamos ver sus “hazañas” televisadas de los ex asesinos en Bagdad cuando comer, comer comida nomás, en La Matanza, en Guayaquil o en cualquier barrio pobre del tercer mundo es más difícil que hacerles la guerra a los que causan el hambre.

En el medio, en el medio de los tupíes –de la memoria de los tupíes– y de los gatos, estamos nosotros.

¿Qué cosa hacemos, dime tú, nosotros, que no comemos carne cruda y menos que menos nos comemos a todos los que nos vienen a joder de afuera y de adentro?

Ya te dije: dímelo vos.

[1] Es interesante consultar a la Wikipedia sobre este punto. Miren lo que dice: “Viendo indígenas en la costa oriental, Díaz de Solis intentó desembarcar con algunos de sus tripulantes (entre ellos Pedro de Alarcón y Francisco Marquina) en un paraje entre Martín Chico y Punta Gorda, o en alguna isla situada frente a esa costa coloniense. Solis y los suyos fueron atacados por un grupo de indígenas que los ejecutaron ante la mirada del resto de los marinos, que observaban impotentes sus muertes desde la borda del buque, fondeado a tiro de piedra de la costa. Los cadáveres fueron asados y devorados por los indígenas, que algunos autores identificaron como charrúas. Aunque en la actualidad se cree que pudieron haber sidos [sic] guaraníes de las islas del Paraná ya que estos eran antropófagos”. Esto lo escribió algún facho: la culpa, como siempre, la tienen los otros.
 

 

 

Confidencial

Si te interesa obtener información detallada sobre el proceso electoral, suscríbete a P7 VIP y recibirás mensualmente la encuesta electoral completa de Página Siete.

Además, recibirás en tu e-mail, de lunes a viernes, el análisis de las noticias y columnas de opinión más relevantes de cada día.

Tu suscripción nos ayuda no solo a financiar la encuesta sino a desarrollar el periodismo independiente y valiente que caracteriza a Página Siete.

Haz clic aquí para adquirir la suscripción.

Gracias por tu apoyo.

4
1