CRONIQUITA

Cortejo fúnebre

Llegar al punto de fuego y no dejarse vencer por las emociones, es difícil. Ante nuestros ojos se queman los árboles, los animales; se quema una parte de nuestro futuro. Infarto del alma en la Chiquitania.
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:13

Texto Mery Vaca Villa / Fotos Gastón Brito

En las profundidades del valle de Tucabaca, justo en la bifurcación de dos caminos de tierra, hay una motocicleta parada con sus ocupantes a la espera de algo o alguien. Miguel Becerra y su amigo, igual que nosotros, ruegan para que alguien aparezca y los guíe hacia la comunidad de Santa Rosa de Tucabaca donde hay un incendio por apagar.

Becerra vive a unos 500 kilómetros de ahí, en Mineros, Santa Cruz. Vio por la televisión que la Chiquitania estaba ardiendo y que los animales estaban sufriendo, por lo que acomodó un par de machetes en la parrilla de su moto y convenció a su amigo Luis para que viajara con él a combatir el fuego.

Cuando la duda fue resuelta, ellos en motocicleta y nosotros en vehículo, nos dirigimos a buscar ese incendio.

No es fácil llegar, la huella es honda, los arbustos empiezan a raspar el vehículo y no queda otra que seguir a pie. Para suerte de quienes no estamos acostumbrados al calor inclemente, aparece una camioneta que transporta al alcalde de Roboré, Iván Quezada, y a su comitiva, al lugar del desastre. La temperatura va subiendo y el olor a quemado se hace cada vez más intenso. 

El humo y la negrura del horizonte nos indican que hemos llegado a nuestro destino. ¡Vaya destino! Un enorme predio fue desmontado y quemado para habilitar pastizales para las reses. Las brasas se niegan a morir y convierten el terreno en una especie de brasero a medio apagar, por el que caminan soldados, bomberos y voluntarios llevando agua en bidones, baldes, mochilas forestales, todo, en lo que haya a la mano.

La cisterna no puede avanzar más y aún quedan unos 500 metros hasta el lugar donde el fuego consume arbustos, árboles y animales. Las llamas rebasaron el área de chaqueo y ahora devoran la reserva forestal del Paquío y amenazan la de Tucabaca. Hasta allá vamos como saltamontes tratando de evitar las brasas, y luego como tortugas debajo de las ramas.

Llegar al punto de fuego y no dejarse vencer por las emociones, es difícil. Ante nuestros ojos se queman los árboles, los animales; se quema una parte de nuestro futuro. Y, ante nuestros ojos, un grupo de valientes se entrega en cuerpo y alma a la tarea de apagar las llamas. Nos embarga una sensación de admiración y agradecimiento.

En la televisión y las redes sociales hay mundos irreconciliables entre políticos, activistas e instituciones. Que si unos son del Gobierno, que si otros son de la gobernación, que si de tal o cual ONG. En fin. Allá, en Santa Rosa de Tucabaca, todos son uno. Lo mismo trabajan, sufren y se entregan los soldados llevados por el Gobierno como los voluntarios llegados por su cuenta.

Allí ya está Miguel Becerra ayudando a construir un cordón de seguridad para que el fuego no se expanda, y su amigo, provisto de dos botellas pet, va y viene en busca de agua. Allá también están el guía turístico Juanito Cuéllar y otros voluntarios, el teniente Juan Fernández Catari y sus soldados, y la activista Gabriela Ichaso acompañada de su hijo.

Luego de entrevistar a unos y otros, emprendemos el retorno, no sin antes cruzarnos con un armadillo calcinado que no pudo huir del infierno y quedó petrificado en medio de la negrura del bosque, que hasta hace apenas tres días era su casa.

En Santa Rosa de Tucabaca el fuego fue provocado el sábado 24 de agosto, cuando ya la Chiquitania ardía y el país estaba viviendo una emergencia sin precedentes. A la propietaria del predio, Silvia Clavel, que el día que fuimos estaba desaparecida, no le importó el desastre y emprendió el chaqueo. 

El armadillo y los árboles fueron vencidos por la ganadera que necesita el terreno para sembrar pasto para sus reses, las mismas que llegan a nuestra mesa convertidas en jugosos filetes. Pero, esta vez el incendio es de tal magnitud que las reses se quedaron sin pasto y algunas también murieron.

En las cercanías de Aguas Calientes, Roberto Hinojosa cuida que el medio centenar de reses que tiene a su cargo no cruce la carretera bioceánica, que va desde Roboré hasta Puerto Suárez. Ante la falta de forraje, no tuvo otra alternativa que sacarlas a pastar a la berma del camino.

A unos metros de aquel sitio vive Juan Antonio Vanegas. Es el cuidador de una propiedad ganadera y, en medio del hollín que todo lo cubre, cuenta que las reses no solo quedaron sin pasto, sino que al menos dos murieron quemadas y unas cuarenta resultaron chamuscadas. “No sé qué irán a hacer con ese ganau; estaban pa corte”. Eso quiere decir que han ido a parar a alguna mesa.

Los animales silvestres

Que las reses hayan quedado sin alimento es un problema que puede ser resuelto a corto y  mediano plazo. El daño más profundo y tal vez irreparable fue causado a los animales silvestres y a los árboles. Los testimonios hablan de la muerte o de la dolorosa agonía de corechis, loros, víboras, chanchos de monte, tortugas y otras especies.

Unos pocos afortunados que sobrevivieron fueron llevados a un refugio de animales, instalado en el hotel Biotermal de Aguas Calientes, a 30 kilómetros de Roboré. El día que lo visitamos, Raúl Rojas, coordinador de Biodiversidad de la gobernación de Santa Cruz, estaba llegando de “un operativo” con una boa en una bolsa, que había sido rescatada mientras paseaba por el techo de una casa en Roboré. Puede que haya huido de los incendios o que simplemente se haya desviado de su camino.

Rojas y su equipo recorren el bosque quemado y sus alrededores verificando los daños, haciendo necropsias de animales y rescatando a los que necesitan atención médica y alimentos.  Cuenta que en su recorrido encontró “animales muertos y cadáveres calcinados”.

La cantidad de animales rescatados, que no pasaban de una decena cuando visitamos el refugio, puede que no signifique nada frente a devastación en la Chiquitania donde viven alrededor de 1.200 especies animales, pero los habitantes del refugio son un símbolo de vida en medio del desastre.

Dos tortugas, un halcón, dos cotorras, un loro amazonas y un corechi eran atendidos en el refugio por deshidratación, intoxicación y alguna fractura. Una vez que estos animales reciban el alta podrán volver a su hábitat natural, a algún área donde no llegó el fuego.

Los árboles

Los animales pudieron gritar y algunos afortunados pudieron escapar, pero los que no pudieron hacer nada ante las llamas son los árboles, que simplemente cayeron convertidos en carbón o quedaron de pie, pero carbonizados.

Las carreteras de la región que antes eran custodiadas por diversas especies de árboles, ahora están flanqueadas, a lo largo de kilómetros y kilómetros, por árboles carbonizados en lo que podría ser un interminable cortejo fúnebre.

Una de las áreas afectadas es la reserva forestal de Tucabaca, fuente de agua de Roboré, aportante de agua del Pantanal de Otuquis y dueña de una biodiversidad única en el mundo y de las afamadas cascadas y pozas de agua cristalina que convierten a la zona en el denominado “paraíso escondido” de Roboré.

De 120 mil hectáreas que tiene esta reserva, se quemaron unas 20 mil, dice Richard Rivas, director del área y jefe de los guardaparques.

“Se ha considerado  esta zona como la de mayor potencial de endemismo del oriente boliviano, o sea que hay plantas únicas en el municipio y únicas en el mundo, son 35 especies endémicas”, explica Rivas mientras nos conduce en un pequeño recorrido por la reserva. El paisaje idílico da paso, en algunos sectores, a animales muertos, árboles carbonizados y suelo cubierto de ceniza.

Lo que se ha perdido es vida silvestre no más, dirán algunos. El bosque volverá a brotar, se consolarán otros. Lo cierto es que nada volverá a ser lo mismo.

El bosque es sinónimo de agua y si una parte del bosque está muerta lo previsible es que haya menos agua.  “Si se hubieran afectado las nacientes de agua tendríamos una disminución en los próximos años, además de una fuerte contaminación inmediata”, dice Rivas. Esa contaminación, producto de las cenizas y materiales tóxicos dejados por la quema, podrían empezar a fluir por las cañerías de agua una vez que empiece a llover.

Y lo que también va a cambiar es la estructura del bosque, explica el biólogo Rojas. Si antes del desastre había una serie de especies animales porque existían ciertos árboles, de aquí en adelante habrá otras.

Las personas

Entre los damnificados de los incendios en la Chiquitania hay animales, árboles y, por supuesto, personas, al margen de los futuros damnificados por la disminución del agua y la contaminación.

Margarita Pocube, de 69 años, vivía en una casita de madera y calaminas en la comunidad de El Portón, a unos 40 kilómetros de Roboré. Pese a que acarreaba el agua en carretilla desde Peniel, a dos kilómetros de distancia, ella estaba conforme porque a unos metros de su casa estaba su chaco, en el que cultivaba casi todo aquello que necesitaba para vivir.

El 16 de agosto, el día del incendio en su comunidad, ella había viajado a San José de Chiquitos a hacerse un chequeo médico porque padece diabetes. Su hijo se había ido a trabajar a otro lugar y sus dos nietos tampoco estaban en casa. “Gracias a Dios”, dice ella porque de lo contrario no estarían contando su historia.

Mientras estaba en San José alguien le avisó que su casa había sido consumida por las llamas. Le dio una crisis tan grave que no pudo volver ni si quiera a ver lo que había ocurrido.

Ya después, cuando recuperó la calma, pudo volver y ver entre las cenizas su garrafa, sus utensilios y su carretilla. Todo lo demás era como si no hubiera existido. No había nada, ni siquiera los cultivos.

Fue acogida en una casa, también de madera, en la comunidad de Peniel con la promesa de que el Gobierno le construirá una nueva vivienda, ya no en el Portón, sino en el mismo Peniel, porque ahí hay agua. Ella lagrimea un poco por lo que perdió y otro poco porque su nueva casa estará lejos de su chaco. Margarita preferiría que le lleven agua donde vivía antes del incendio y que ahí le construyan su casa.

Y no es su único reclamo, dice que desde su lugar de refugio ve pasar a diario las ayudas rumbo a Roboré y que nada se queda en Peniel. Ella sospecha que los políticos hacen campaña con eso, por lo que más bien espera la lluvia para poder sembrar nuevamente su chaco. Mientras tanto, no tiene de qué vivir.

La familia de Margarita Pocube es una de las ocho que, según el reporte oficial, se quedó sin casa. 

Los chaqueos

Margarita no sabe cómo empezó el fuego, pero supone que en una comunidad vecina alguien estaba chaqueando y luego ya nadie pudo controlar las llamas que, incluso, atravesaron la carretera de un lado a otro hasta llegar a su casa. Ella reconoce que para establecerse en Portón también tuvo que chaquear, por eso sabe que “no es así nomás”.  Hay que tener cuidado y esperar que no haya viento, aconseja.

Todos los habitantes de las comunidades cercanas a Roboré saben que el chaqueo es la forma de preparar sus terrenos, admiten que ellos mismos o sus padres y abuelos chaquearon, pero afirman que nunca vieron que el fuego se descontrolara como ocurrió este año.

Edisa Paz Masavi, que forma parte de la comitiva de mujeres de Aguas Calientes que prepara alimentos para los bomberos, asegura que sus padres fueron los fundadores de la comunidad, también hicieron sus chacos para sembrar, pero indica que en sus 50 años de vida nunca vio un incendio de tal magnitud. Cuenta que sus antepasados chaqueaban surco por surco y por eso el fuego no se expandía, en cambio ahora le prenden fuego al predio entero.

Las mujeres de Aguas Calientes están agradecidas por la ayuda recibida y, como si fueran una sola familia, preparan la comida en el patio de su sede comunal. Aprovechan la presencia de la prensa para invitar a la gente a visitar las aguas termales de la comunidad, que recorren un río de 5 kilómetros de largo, con una tupida vegetación y una oferta variada de albergues, hoteles y hospedajes. El fuego llegó a cinco kilómetros de ese lugar el día 16 de agosto, cuando el pueblo celebraba su fiesta patronal.

Todos dejaron la fiesta y, provistos de baldes, bidones, mangueras y tachos, se fueron a combatir las llamas. Lograron  salvar el pueblo y sus atractivos turísticos, pero no pudieron hacer nada con los animales silvestres y los árboles que cayeron uno a uno, dejando un nuevo cementerio.
 

 

 

 

 

Confidencial

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