CRONIQUITA

Medio siglo de la pantalla chica

domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:14

Rafael Archondo

La televisión boliviana tuvo, en rigor, dos nacimientos. Uno en agosto de 1969 y otro en octubre de 1984. El primer año, hace medio siglo, fue el del arranque formal; el segundo, el de la expansión efectiva. Debido a este parto en dos estaciones, tuvo también dos gestores presidenciales, uno voluntario y otro renuente: René Barrientos Ortuño y Hernán Siles Zuazo y, con ello, dos contextos generadores, las Fuerzas Armadas y la naciente democracia electoral.

En la primera etapa, la pantalla chica fue una extensión sofisticada de la plaza Murillo, la plataforma de propulsión de sucesivos proyectos político–militares. De su capacidad de irradiación se beneficiaron Barrientos, Ovando, Torres, Banzer y García Meza. Aunque sus estudios y antenas se instalaron en El Alto, el control emanaba de la Presidencia; en concreto, de su oficina de informaciones. El canal 7 y radio Illimani formaban la dupla monopólica que hacía visible a quien tuviera nexos con el caudillo uniformado de turno o su entorno.

Entre 1969 y 1984, hacer televisión era aparecer hablando ante esas cámaras aparatosas de cine. Desde allí se armaron de fama: Alfonso Toto Arévalo, Lalo Lafaye (“¡Sí, con seguridad!”), Tino Lozada (el abuelito), Jorge Hoffmann, Wálter Peña, Margarita Arauz (el mundo del revés) o Fernando Perico Pérez.  Por allí pasó Luis Espinal, a quien los militares censuraron en tiempos de Torres debido a sus dardos acerca de la pobreza imperante. El canal 7 fue también el primer escenario de dos Carlos: Mesa y Palenque, quienes con De Cerca y el Hipper-show pre anunciaron su conversión en estrellas de la comunicación audiovisual.

Frente al escaso control aplicable a las radios, operadoras descentralizadas por excelencia, el poder político en manos militares confiaba en la capacidad persuasiva de la televisión. Desde entonces y aún hoy, no hay juramento de ministros, desfile solemne o llamamiento enfático desde Palacio que comience sin antes haber encendido el transmisor del canal gubernamental.

¿Qué nos ha enseñado esta fase inaugural de década y media? Que un país disgregado, escindido en dos por una cordillera, asolado por conflictos sociales y políticos y poco o incluso mal inclinado a procesar disputas internas a través de la deliberación, fue capaz de agruparse en torno a una oferta audiovisual ligera, aséptica, frugal, poco pretensiosa. El canal 7 garantizó, en 15 años de monopolio, la distracción buscada por quienes solo aspiraban a olvidar los perfiles siniestros de la realidad nacional. Las cajas de televisores llegaron como regalo de los gobiernos bajo la idea de despolitizar a los bolivianos.

El plan no funcionó. Entre 1978 y 1980, una mayoría cada vez más nítida y compacta le dio la espalda a los golpistas de diverso cuño. La transmisión de marchas cuartelarias en pantalla inerte solo generaba zozobra entre las audiencias. La UDP iba a llegar al gobierno y ni las caricaturas enviadas por la dictadura argentina fueron capaces de frenarla.

Llega así la segunda fundación de la televisión boliviana y eso porque la empresa privada toma conciencia del peligro: micrófonos y cámaras han caído en manos de la izquierda. Si a ello se suma la red de canales universitarios, la “cubanización” parecía un asunto inminente. Despega entonces un proyecto cultural de gran envergadura. La acción rebelde es encabezada por el empresario Raúl Garafulic Gutiérrez, quien sin contar aún con el respaldo legal suficiente, lanza al aire ATB, Paceña de Televisión. Al estatal 7 y al universitario 13, se suma el 9. Una parte vital del personal que hizo su primer aprendizaje televisivo desde 1969, se une al nuevo emprendimiento.

El gobierno de Siles queda ante una disyuntiva: dejar seguir o poner orden. La debilidad de la UDP no da para manotazos, salvo los de ahogado. Pese a tener conciencia de que su fin está cerca, Siles ensaya una tímida regulación. En vez de clausurar ATB, abre la baraja y reparte cartas entre operadores que le puedan ser afines. Así, entrega la frecuencia del 2 a Carlos Cardona, el 4 a Carlos Palenque, el 6 a Javier Zuazo y el 11 a Ángel Roncal.

¿Quiénes son estos empresarios decididos a competir por la pantalla chica? Por deducción, entendemos que la UDP ayuda a que el tablero no le sea tan adverso. Cardona es, hasta hoy, un admirador de Siles. Además de haber plantado Tele Sistema Boliviano (TSB) edita la revista Perspectiva, de clara cercanía con la izquierda moderada de aquel momento. Roncal es hermano del Ministro del Interior y Palenque es el yerno de Jorge Medina Pinedo, el Ministro de Agricultura. Zuazo, el banquero, queda como el menos identificable. 

Dos personalidades mediáticas quedan fuera del reparto: Raúl Salmón de la Barra y Miguel Dueri. Los dos encabezan los proyectos radiofónicos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX: Radio Nueva América y Panamericana.

¿Qué nos enseña esta segunda fase inaugural? Sobre todo, las ventajas del pluralismo. Bolivia vivió una primavera informativa sin parangones. Carlos Mesa, Johnny Nogales, Óscar Peña Franco, Amalia Pando, Carlos Palenque, Remedios Loza, Cristina Corrales, Cayetano Llobet, Lorenzo Carri, Adolfo Paco, Roger Cortez, Amalia Decker, Gringo Gonzales e inclusive Álvaro García Linera ensancharon las avenidas del debate nacional de una manera vigorosa e irrestricta. Quedamos agradecidos.

¿Qué tenemos hoy?  En rigor de rigores, muy poco. Tras el derribo de John Arandia o Juan Pablo Guzmán y la marginación del “loco Valverde”, solo opacos entrevistadores a modo, alfiles complacientes y agachados. ¿Habrá chance de una tercera fundación, internet mediante?
 

 

Confidencial

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