CONFESIONES

Este Mamani Mamani no es el que crees

En la tierra de los acuarelistas, Gonzalo vive orgullosamente de su arte
domingo, 12 de enero de 2020 · 00:08

Daniela Gonzales

Es pintor, “lo que yo hago es acuarela en vivo” –también óleo–; escultor, “unos amigos que también trabajan en el arte me dijeron que las figuras que modelo tienen mucho ‘toque’ de agresividad”; artista textil, “mi abuelo me lo hilaba las lanas y me las regalaba cuando yo iba a cortárselo cebada”; y grabador.

Gonzalo Mamani Mamani o Gonchi, como lo llaman los amigos y vecinos, nació y vive en la Llajta (Cochabamba). Es artista plástico. Hijo de Pascuala Mamani y Justo Mamani, oriundos de la provincia Aroma, La Paz, conocida por conservar aún los chullpares –antiguas torres funerarias aymaras– y las iglesias barrocas que guardan a los famosos arcángeles arcabuceros de Calamarca. Gonzalo es de allí, descendiente del altiplano. “Yo soy indio, campesino”. 

Mamani comparte trozos de su experiencia en un discurso lento, la voz grave y cierta  inocencia mientras cede a cada pregunta. “Soy una persona demasiado sensible, sigo siendo un niño. Tal vez lo notes en mi forma de expresar mi emoción por lo que hago”. 

Su taller es su dormitorio y viceversa, ordenado orgánicamente; a la izquierda, un armario al estilo Biedermeier, cuyo espejo duplica libros, notas y premios de campeonatos de fútbol apilados en estantes que doblan la esquina. Al otro lado, las paredes están forradas con brochazos de pintura y cuadros de otros autores. Una mesa se extiende paralela a la cama y en ella reposan bocetos enormes y trabajos por terminar. El artista desempolva desde otro rincón un par de esculturas que se retuercen, con la estructura transformada equilibrándose sobre sus pedestales.

“Esta es una de las obras que más me gusta, me acompaña mientras trabajo”, apunta con su visera a una escultura de casi un metro, de tronco metálico y con la cabeza de madera con un semblante voluble según el ángulo del que se observe. “Su nombre es El ángel”. Concluye la exhibición vip con un cráneo ahuecado y de tamaño desproporcionado al de su cuerpo. Las telarañas que lo cubren no tardan en desvanecerse mientras lo acomoda para una fotografía.

Sus pinturas son la secuela de sus idas y venidas por la ciudad. Es la gente que subsiste en la calle la que posee los gestos y posturas que merecen ser plasmados, comenta Gonzalo. Así lo representa en su serie Lázaros. Y algo que resalta en sus retratos es que sus personajes nunca están erguidos, él los embute en la superficie del papel desde la incomodidad de la condición en la que los descubrió. En Bramidos y paisajes andinos, sus visitas al campo son el motivo de extensos horizontes y formas singulares –puntiagudas– de animales andinos; todo en una paleta de colores terrosos y fríos. “Hago como Franz Tamayo. Él les decía a los indígenas que hiceran lo que quisieran, pero que nunca perdieran la identidad” recalca. Por lo demás, existe un lugar donde nuestro personaje se alimenta con los ojos diariamente: es el mercado de El Cruce camino a Tiquipaya –conocida también como la ciudad de las flores–, donde trabaja todas las mañanas para ayudar a su madre, que ya no se puede hacer cargo del puesto sola. 

No utiliza las redes sociales, aunque piensa hacerlo pronto porque ya no se entera como antes de las convocatorias que solían estar colgadas en la puerta del Instituto Superior de Artes Plásticas Raúl G. Prada, donde se formó.

Gonzalo Mamani Mamani realizó exposiciones en diferentes salones del país, obtuvo premios y distinciones en sus distintas especialidades. Empezó siendo reconocido en 1996 con el diploma al primer premio en pintura ESAP y uno de sus mayores logros fue el primer premio en el concurso nacional de acuarela el año 2014. Varias de sus obras se encuentran en el exterior y ya forman parte de colecciones. “Yo vivo de la pintura” dice, orgulloso.
 

 

 

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