MÚSICA

The Dreams: Sueño cumplido

Tres changos de la generación deditos en V y pantalones de botapié ancho grabaron cuatro canciones hace 50 años. Extravagantes para el gusto del productor, quedaron archivadas. Medio siglo más tarde llega The Dream of The Dreams, de Nicolás Suárez, Luis Cariaga y Joe Mihotek.
domingo, 12 de enero de 2020 · 00:14

Marco Basualdo

La Paz 1970. La hoyada es una ciudad que no alcanza el millón de habitantes con su apéndice alteño aún desconectado de la bulliciosa urbe. Calles adoquinadas, micros pintorescos, heladeros de a pie, Tv en blanco y negro, hombres de traje y sombrero, y juventudes que abrazan las formas de entretenimiento y socialización que primaban desde el Norte. El circuito de salas de cine como el Monje Campero, 6 de Agosto, Paris, Scala, exhibía las noticias de un evento lisérgico–cultural, que actualizaba los rumbos que había tomado el rock & roll de Elvis Presley y rock & pop de The Beatles: la nación Woodstock había nacido para cambiarle el ritmo al planeta y a la forma de aceptar al mundo entre los jóvenes.

Nicolás Suárez, Luis Cariaga y Joe Mihotek, cursaban el tercero medio, La Salle el primero y el Colegio Alemán los otros, y con tan sólo 16 años de edad habían sido picados por esa nueva ola que trajo el hipismo y los llamados “hijos de las flores”. Amaban el sonido revolucionario que trajo consigo aquel movimiento contracultural y soñaban con formar un grupo en un ambiente en el que destacaban bandas como Bonny Boys Hots, Loving Darks, y el poderoso trío Climax, influencia directa de los aún colegiales. Luis había sido el principal incitador, y con escasos conocimientos musicales pero, eso sí, con el fervor típico de la adolescencia donde todo es posible, aunaron ganas y fuerzas para empezar a imitar el sonido de sus principales agrupaciones de culto: Santana, Cream, Steppen Wolf, The Doors, Los Gatos, cuyos himnos vitales pasaron a formar parte del repertorio de estos muchachos soñadores que eligieron por nombre The Dreams. Sus escenarios se montaban en casas, colegios, centros culturales, hasta llegar a tocar en el mismísimo Teatro al Aire Libre paceño Jaime Laredo, junto a los grupos que ellos solían admirar desde abajo del tablado. Los tres cantaban y las bases las marcaban Nicolás (bajo y órgano) y Joe (baterista), y el furioso ornamento se sostenía bajo los dedos de Luis (guitarra). Sus seguidores empezaron a ser bandas juveniles de barrio, como los Saint Jorge, los Blue jeeps, los 508, los Haraganes, y aunque sus padres no les daban el visto bueno al 100 x 100, tampoco censuraban ese su estilo de vida de artistas precoces. Durante año y medio tocaron jueves, viernes, sábados y hasta domingos, cuando los festivales organizados por la histórica radio Chuquisaca, precursora del movimiento rockero en La Paz, los convocaba para sus aquelarres matinales. 

Entonces se dieron cuenta que era momento de componer. Y dieron vida a un puñado de canciones que finalmente fueron registradas en los estudios del sello Discolandia de la calle Sagárnaga, hacia donde fueron cargados de sueños e ilusiones. Pero se toparon con un problema que les empezó a generar ruido: El encargado de la grabación de aquella empresa les empezó a reprochar esas voces que no eran de sus gustos melódicos, tal vez sin comprender del todo los nuevos rumbos que había tomado el rock psicodélico y de vanguardia, propio de aquella prodigiosa época que apenas empezaba, y a la que este trío de changos había acudido como verdaderos adelantados. Esa suerte de censura los marcó. Tanto que, con tan sólo cuatro canciones, Soul girl, Little girl, Tell me how Funky y The dream of the dreams, decidieron suspender el proyecto hasta nuevo aviso.    

Pero el tiempo pasó sin muchas novedades. Luis y Joe terminaron emigrando. Luis hacia Alemania y Joe a los Estados Unidos. Sin ellos, el grupo ya no tenía razón de ser. Pero ¿el sueño había terminado?

Medio siglo

La Paz 2020. Joe volvió a La Paz en diciembre de 2019 desde su residencia en Seattle, aprovechando las fiestas de fin de año. Un motivo más fuerte lo iba a unir de nuevo con Nicolás: la desagradable noticia de la muerte de Luis en abril pasado, que golpeó muy duro a ambos amigos puesto que la distancia nunca pudo cortar esa relación que había nacido durante los años felices. En aquellas conversaciones siempre había quedado latente la promesa de terminar con ese proyecto adolescente, que empezó a tomar más fuerza desde que Nicolás, abatido por aquella baja de un amigo de la infancia, se empecinó en buscar ese registro con las cuatro canciones grabadas por aquel trío de muchachitos. Hasta que las encontró.

“La tenía en una cajita, la cinta estaba un tanto maltratada, pero junto al músico Omar León (Wara) logramos recuperarla e incluso mejorar su sonido”, explica hoy Nicolás desde su casa del barrio Bolognia, con un estante que exhibe una reproductora de cinta a carrete, una videograbadora, un reproductor de DVD, un aparato para discos de vinilo y casetes además de su respectiva televisión y un sinnúmero de discos de vinilo, compactos, DVD’s y casetes VHS. La música es su vida. 

“La verdad fue una agradable sorpresa que Nico haya recuperado esta cinta, imagínate lo que es redescubrir un material que estuvo 50 años guardado, es una lástima que Luis no haya estado para verlo realidad, pero también se trata de un homenaje póstumo a un personaje que fue una promesa para la música, pero que murió muy lejos”, dice un calvo Joe con un castellano medio agringado y radiante al ver sus grabaciones en disco compacto.

Con una sirena de intro, los temas suenan muy de la época, son como un racconto en el tiempo. Mezcla de Santana, Cream, The Doors y Steppen Wolf, en las que se muestran las habilidades inagotables de Nicolás en los teclados, la locomotora rítmica de Joe, y la viola distorsionada y voz de tinte renegrido de Luis. El sonido conserva las sagradas intenciones de esos chicos de dulces 16 que compartieron el sueño de miles. Y así crecieron, para verlo real medio siglo después.   

Dream of the dreams, nombre del lanzamiento, será presentado en breve como un homenaje al amigo que se fue. Será el miércoles 15 de enero en el auditorio de la Escuela Contemporánea de Músicas 

(c. Jaime Mendoza, Bloque M # 22, San Miguel) a las 19.30. Se reencontrarán viejos amigos de aquellos años, donde los sueños y utopías eran el motor de toda una generación de pelo largo, colores extravagantes, deditos en V y pantalones de botapié ancho. El encuentro será grabado y proyectado el 3 de marzo en el East West Book de Seattle, Estados Unidos, un centro cultural de amplia apertura al arte que se produce por estos lares. Por unos instantes, el sueño habrá retornado. 
 

 

 

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