CONFESIONES

El mariconaje guerrero de Pedro Lemebel

Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1955) murió el 23 de enero de 2015 aquejado por un cáncer en la garganta. Sujeto excéntrico de la cultura chilena, activista medular por los derechos de las disidencias sexuales, diva mimada de la intelectualidad y referente fundamental de la literatura y la crónica latinoamericanas, Pedro estuvo en Bolivia en 2012.
domingo, 19 de enero de 2020 · 00:14

Cecilia Lanza Lobo

En septiembre de 2019 se estrenó en Chile el documental Lemebel. Una revolución marica, de Joanna Reposi Garibaldi, que ganó ya el Teddy Award al mejor documental en el Festival Internacional de Cine de Berlín, 2019, y que podremos verlo en La Paz gracias al Cineclubcito, en el café Efímera de la calle Sánchez Lima, el próximo 21 de enero. Un buen pretexto para entrañar a Pedro y repasar su aporte. Porque no es lo mismo ser marica en democracia que ser marica en dictadura. Y dar el cuerpo.

Pedro Mardones Lemebel surgió en el escenario cultural chileno en 1982 (plena dictadura de Augusto Pinochet, 1973-1990) luego de ganar un premio nacional de cuento. Poco después fundó el ya mítico colectivo Las Yeguas del Apocalipsis junto a Francisco Casas, del que se recuerda particularmente aquel paseo a caballo desnudos por la ciudad, o la irrupción de Lemebel en un congreso del Partido Comunista vestido de travesti (el personaje más estigmatizado de la homosexualidad, dice él)

Así, Pedro Lemebel pasa de ser un sujeto “curioso” a ocupar un lugar fundamental en el contexto la dictadura pinochetista que no permite a la sociedad, sino en su fase final, comprender la importancia de todas las acciones posibles, desde todos los espacios posibles, en busca de diálogo por la democracia. Lemebel lo hace absolutamente desde múltiples lenguajes, incluido su propio cuerpo.

Antes de la revolución de los cabros sucedida hace poco en Santiago, yo solía decir que si no fuese por Pedro, Chile sería perfecto. Y es que en ese país aséptico que dejó la larga dictadura -17 años- Pedro Lemebel resultaba ser la mosca en la leche. Encima, una mosca revoltosa, desplumera, paródica y sediciosa pues daba cuenta de la farsa de aquella imagen impoluta. El Chile roto y culiao existía y latía con vehemencia en cada esquina (la esquina es su corazón). Y en la esquina de cada calle, la vida misma. Pero el Chile marica era mucho más que eso: no era solo la “filiación de género” entre lo femenino, pobre y maricón, sino la metáfora de todo aquello que el imaginario pinotechista no quería ver.

De modo que la importancia de Pedro Lemebel radica ahí: en su identidad como asunto político mismo y su propuesta “trans” por donde se la vea. Transgénero sexual, literario, estético, que comienza en sí mismo: Pedro se desprende del apellido paterno y como explica él mismo se apropia del Lemebel como "gesto de alianza con lo femenino", "inscribir un apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti". Un tránsito que se extiende hacia su propia escritura: "Yo antes escribía cuentos, pero no sé, encuentro un poco tramposa la ficción (…), llegó un momento en que el cuento no se ajustaba a mis necesidades de realidad, de denuncia, de biografía y la crónica me vino como anillo al dedo".

Cómo no, si la historia política chilena es la cicatriz multiplicada por mil en gran parte de su producción literaria -y artística en general- que, en el caso de Pedro, adquiere un acento particular que duplica su reclamo a la dictadura porque la militancia política lemebeliana subraya su carácter sexuado. "Soy pobre, homosexual, tengo un devenir mujer y lo dejo transitar en mi escritura", dice él. 

Pedro Lemebel traviste todo lo que se le atraviesa en el camino. Tal vez porque él es básicamente un artista, el mundo ante sus ojos pasa primero por el negativo fotográfico que troca blanco por negro y viceversa. Lemebel mira el mundo desde eso que llamo el “ojo coliza”, el ojo marica, la mirada que invierte, que mira el mundo desde donde mejor lo conoce que es el sexo (el cuerpo placentero pero, sobre todo, el cuerpo ultrajado). Coliza subraya el carácter alocado (el loco/la loca/el otro) de este travestismo que tiene que ver con lo que Lemebel llama "mariconaje guerrero": menos folklore, más reclamo y denuncia política. Coliza, loca, tereso, marica, homosexual, transgenérico o travesti: Lemebel despoja a estos apelativos de su carga negativa ("brutal", dice él) y los instala desafiantes en el vocabulario cotidiano. Pone en escena la violencia cotidiana de la marginalidad invisibilizada por la intolerancia del sistema. Y el modo de hacerlo es el travestismo -exaltación en sí misma- en su sentido paródico y sedicioso, cuya intención es ciertamente política. 

El travestismo es la dramatización de la denuncia pero es, sobre todo, revancha. Porque como sabemos, todo lo que viene de arriba, en el mundo del lumpen se transforma en ironía y burla; al fin al cabo, allí ya no hay nada que perder. Por eso, "el ojo coliza" se juega el todo por el todo: Yo no pongo la otra mejilla / Pongo el culo compañero / Y esa es mi venganza", dice Pedro.

Alguna vez lo calificaron como "escritor cuchillo". Y es que Lemebel destripa el cuerpo nacional -popular, marginal- maltratado. Abre todos los poros del cuerpo para exaltar la violencia que luego sublima en su escritura; la belleza lemebeliana es grotesca. "Metaforizo no sólo para adornar, más bien para complejizar el paisaje y el escenario del crimen" (golpe de Estado de 1973).

Así, la escritura de Pedro es rica, es compleja y ciertamente no se reduce al aspecto  homosexual. “Me interesan las homosexualidades como una construcción cultural, como una forma de permitirse la duda, la pregunta; quebrar el falogocentrismo que uno tiene instalado en la cabeza. Es como la construcción cultural de un otro, tal vez en ese otro están incluidos otros colores, otras posibilidades insospechadas de las minorías”. Pedro busca imaginar el mundo desde todos los lugares ninguneados por el sistema.

La noche de los visones, a continuación, es prueba de esta ética y estética del mariconaje guerrero de Pedro Lemebel.
 

 

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