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Carta#4, para terminar de llorar al 2019

¿Cómo aflojar las armaduras y volver a mirarnos después de la crisis? Un par de novelas gráficas y videojuegos son necesarios para limpiar el alma y los ojos.
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:08

Adrián Nieve

Hola tú que soy yo,

Te escribo mientras se muere el 2019. ¿Te acuerdas? Fue el año que en tu país entró en crisis –como antes, como siempre– y gracias a que un par de caudillos necesitaban medir la longitud de sus hombrías, el país terminó más polarizado de lo que, por lo general, está. Sería una lástima que hayas olvidado no solo lo que ha pasado sino también cómo lo viviste tú. Porque poner el cuerpo no debería ser algo que uno olvida, porque en todos esos días de angustia vimos cuáles fueron las consecuencias de la invisibilización del Otro: el país convulsionando y las cosechas de odio –plantadas desde antes de la fundación del país y cultivadas por los monos del cincuenta y tres– brotando para polarizar a los bolivianos.

A lo mejor ahorita te vino un recuerdo. Y más te vale que no sea: “¡Cómo j*día con ese tema, che!”, porque en el estado en el que me encuentro, es decir, totalmente decepcionado, me parecería una traición que a futuro todo esto me parezca las chiquilladas de un treintañero. Suele pasar, no sé si a los otros lectores de esta carta, pero a nosotros el cinismo nos llega fácil. Creer en algo no es sencillo, más que nada porque siempre hay alguien que con sus actos demuestra que estamos más allá del perdón y la esperanza.

Entonces voy a traerte una lista llena de cosas que hacen llorar. Porque nos conozco, especialmente cuando nos embarga el cinismo, y sé muy bien que el primer paso para salir de eso y empezar a ver a los demás es dejar salir las lágrimas. Es una vulnerabilidad que nos conecta, supongo. Es reducirse al llanto para dejar ir y estar en la suficiente paz para comenzar a escuchar y mirar al Otro.

Así que prepara esos conductos lacrimosos que te dejaré mojado para que recuperes un poco la empatía. Y si te estoy juzgando erróneamente, discúlpame, ha sido un duro fin de año.  

#5. WE3 (2004, novela gráfica) por Grant Morrison y Frank Quitely: Disney nos acostumbró a la idea de animalitos antropomorfizados viviendo aventuras. Lo que diferencia a WE3 es que pone a tres tiernos animalitos como prisioneros de científicos que los llenan de cables y armaduras, convirtiéndolos en armas para matar. Es brutal, es enternecedor, es tan doloroso como ver un perrito atropellado en la calle –recuerda, busco que llores– y es otra manera de mostrar las consecuencias de esa obsesión humana por antropomorfizar animalitos. 

#4. Final Fantasy VII (1997, videojuego) de Squaresoft: Cuando la gente del futuro vea el FF7 original, seguramente se reirán de sus gráficos. Incluso hoy en día lo hacemos, pues no por nada en unos meses más saldrá un remake actualizado. Pero la fuerza de FF7 no es lo visual (que de por sí es bello y que fue muy impactante cuando salió), sino una historia que reflexiona mucho sobre la bondad y la soledad, con muchísimos elementos de ciencia ficción, pero con personajes tan entrañables que no queda más que vivir en carne propia todo lo que les sucede a lo largo del juego.   

#3. Blankets (2003, novela gráfica) por Craig Thompson: El problema con crecer es que viene con cierto olvido que ni siquiera notamos, al menos hasta que comenzamos a rememorar nuestras vidas. Algo así sucede en esta novela gráfica, una autobiografía del autor, que se vale de una historia acerca de crecer y enamorarse para plantear preguntas más grandes: ¿Cómo sobrevivir en una sociedad hipócritamente moralista y al borde del fundamentalismo? Craig nos muestra cómo creció en una y qué cosas obtuvo en el proceso. Este balance de ternura y crudeza lo logra al contarnos historias en las que casi cualquiera puede proyectarse, con personajes con tanta personalidad que pareciera que respiran. Blankets te hará llorar. Y si lo hace, también te recomiendo que leas Habibi del mismo autor (de la que escribiré en la carta en que hablemos de Los Versos Satánicos de Salman Rushdie).

#2. This war of mine (2014, videojuego) de 11 Bit Studios: La mejor forma de explicar qué se siente jugar este juego basado en el sitio de Sarajevo (1992–1996), durante la guerra de Bosnia, es esa frase que se mandaron los publicistas de TNT: “No pasa hasta que te pasa”. En TWOM controlas a un grupo de civiles que tienen que sobrevivir en una ciudad desolada por la guerra y para ello debes buscar herramientas y recursos en todos los edificios que no han sido destruidos por los bombardeos. Digamos que es una versión oscura de Los Sims, en la que debes cuidar la salud, el hambre y el humor de tu grupo de sobrevivientes. TWOM no glorifica la guerra convirtiéndonos en un soldado, nos hace sentirla al hacernos responsables de la vida de unos cuantos refugiados a los que vemos enfrentar situaciones horribles que van calándonos profundamente hasta que lloramos más de una vez. Lloramos cada que recordamos que este tipo de desgracias y vivencia terribles que estamos jugando, de hecho, pasaron, pasan y pasarán. 

#1. Tombuctú (1998, novela) de  Paul Auster: Tombuctú es un libro que se disfraza. Parece la historia del fracaso de la búsqueda humana de utopías cuando en realidad es un ejercicio tan lindo como doloroso: ponerse en la piel de un perro. Y si bien Auster no hace nada que Jack London no haya hecho antes, igual logra meternos dentro de su estilo con una reflexión amarga sobre la sociedad. Es de esos libros que a ratos tienes que dejar para que no te ganen las lágrimas, que igual escaparán de tus ojos cuando estés llegando a las páginas finales. No puede decirse que es uno de los mejores libros escritos, pero sí puedo asegurarte que es inolvidable, conmovedor y un reflejo agridulce de la vida misma. 

Créeme cuando te digo que nunca más olvidarás a Mister Bones, el canino protagonista de esta novela.

Abrazos

Adrián Nieve 
 

 

 

 

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