OLLA COMÚN

De Tarija a La Paz. La emboscada

Jóvenes estudiantes tarijeños se sumaron a los mineros que pretendían llegar a la ciudad de La Paz, en plena crisis de la “revolución de las pititas”. En el camino, los buses en los que viajaban fueron atacados. ¿Cómo vivieron aquella emboscada?
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:14

María René Soruco Campero

Mineros cooperativistas corriendo al lado de buses en movimiento, asemejándose a “escudos humanos”, mientras ya se mencionaba en la prensa nacional  las muertes de dos mineros, a causa de una supuesta emboscada. Eso ocurría el domingo 10 de noviembre de 2019: una caravana de mineros había partido de Potosí rumbo a La Paz, teniendo como principal punto del pliego petitorio la renuncia de Evo Morales a la Presidencia. 

“Buen día, ¿saben si alguno de sus compañeros ha ido a la ciudad de La Paz, en el grupo que pide la renuncia de Morales?”, pregunté en el chat de alumnos de la materia de Derecho Autonómico de la Universidad Católica de Tarija. La pregunta fue formulada en un tono maternal, de preocupación y angustia (soy docente de la materia), luego de ver una noticia viralizada que hablaba de un posible enfrentamiento en el camino entre Oruro y la Paz, en el que viajaba un grupo de mineros y al que se habían unido jóvenes tarijeños. La respuesta  fue positiva.  En alguno de los buses estaba Mauricio Ruiz, mi alumno de 21 años y presidente de la Carrera de Derecho. 

Entonces, la noticia cobró rostro, la angustia por saber de ellos tenía nombre y apellido. Para Mauricio, la travesía rumbo a la ciudad de La Paz había iniciado muchos días antes; él, al igual que miles de personas, habían decidido salir a las calles a bloquear, exigiendo en primer lugar la convocatoria a nuevas elecciones y posteriormente la renuncia del entonces presidente Evo Morales. El panorama iba cambiando en cuestión de horas, la crisis se hacía más profunda, por lo que la estrategia de los movimientos cívicos y mineros giró entorno a la necesidad de acudir a la ciudad de La Paz para sumar esfuerzos y concentrarlos en la sede de gobierno para pedir a una sola voz: la renuncia irrevocable del entonces mandatario de Estado. 

Sumándose al llamado y siguiendo con la dinámica de lo que caracterizó los conflictos suscitados a partir del 20 de octubre,  desde Tarija se hizo una convocatoria para viajar a la ciudad de La Paz . Una vez más, la manera masiva de comunicarse era haciendo uso de Internet. 

Mauricio, por su parte, había tomado en soledad una decisión aparentemente irrevocable, entendiendo que era imprescindible asistir y unirse físicamente a una lucha colectiva. Horas antes de partir decidió hablar con su abuela y su madre. “Sabía que tenía que hacer algo más, es por ello que sólo comuniqué la decisión a mi familia, minimicé cualquier posibilidad de peligro para no preocupar a mi abuela, quien ya es mayor, y a mi mami. Fue una despedida emotiva pero rápida, para que todo fuera más llevadero”, afirma.

Corría por esos días la incertidumbre por cualquier posible escenario. Los días habían empezado a ser contados a partir de la convocatoria del Comité Cívico de Santa Cruz para bloquear calles; y es por ello que se hacía necesario, de tanto en tanto, recurrir al calendario para verificar día y fecha.  Luego de revisarlo, un  viernes 8 de noviembre de 2019 partieron jóvenes desde Tarija, firmando previamente un documento consensuado expresando su libre determinación sin coacción de ningún tipo, sino la voluntad de hacer lo que consideraban lo correcto. 

La partida sería bajo el telón de una noche calurosa, teñida por la angustia de los que se quedaban y la ansiedad de quienes partían. Sentado en el bus, Mauricio pensaba en la probabilidad de no volver, en que había salido sin más que el apuro por recobrar lo que no quería perder: la democracia y la posibilidad de mejores días. Fue en medio de ese ambiente de bulla, charlas y risas nerviosas  cuando pensó que se embarcaban rumbo a una “conquista”, aunque no tuvieran estrategia. Así fue como partieron 25 personas, mujeres y hombres que oscilaban entre los 20 y 36 años, que habían entendido que el viaje que emprendían era cuanto les tocaba vivir como parte de un todo mucho más grande. 

 Acompañar a los mineros de Potosí rumbo a La Paz, fue la gran experiencia de estos jóvenes tarijeños.

Llegaron a Potosí al amanecer, donde fueron recibidos cual héroes. Mauricio explica que las sonrisas de quienes viajaban en la delegación tarijeña brotaba desde lo más profundo: “nos recibieron como si fuéramos familiares, como la tía que te recibe al volver de un viaje, con una calidez inexplicable. Incluso a la hora de despedirnos, había llanto en los ojos de mujeres y hombres, expresando gratitud a sus mineros y a nosotros”, cuenta. 

El bus tarijeño había partido sin organización, movido solo por el deseo de llegar a destino. Fue en Potosí que el pasillo del bus se llenó de frazadas y víveres donados por los vecinos. De acuerdo al relato de Mauricio, partieron alrededor de 60 flotas con una energía que desbordaba los sentidos. “Fue un momento en el que nos sentimos acompañados, despedidos por el anhelo del pueblo potosino, sentíamos que nos fundíamos como un todo; latíamos de manera sincronizada. Los mineros nos hicieron saber y sentir que estábamos ahí como compañeros de lucha. Jamás nos trataron como jovenzuelos sin experiencia, al contrario, estábamos ahí en condición de iguales. ¿Nos protegerían? ¡si!, pero debíamos dar batalla”. 

La siguiente parada fue Uyuni, la noche del sábado 9 de noviembre. El grupo de Tarija sintió miedo por primera vez desde su partida. Frente a rumores de que se habría dinamitado el puente por el que los buses debían atravesar, tuvieron que tomar una ruta alternativa. “Bajamos de los buses de una manera distinta, apresurados, en busca de piedras. La adrenalina nos ponía en un estado de alerta, pues ya existía el rumor de posibles enfrentamientos”, indica Mauricio. Las frazadas que habían sido obsequio horas antes servirían en ese momento para cubrir las ventanas, dejando el interior en un silencio estremecedor. “Sin lugar a dudas fue la peor noche de mi vida”, dice Mauricio. 

A las 7 de la mañana del domingo 10 de noviembre, la caravana de buses llegó al municipio de Challapata del Departamento de Oruro. Los buses se detuvieron debido al bloqueo de la carretera con rocas, tierra y escombros. Al bajar de los buses  se percataron que el bloqueo había sido bien pensado, pues se encontraban en una carretera rodeada de dos cerros, desde los cuales un grupo de unas 50 personas empezó a disparar. 

“Yo nunca antes estuve en medio de tiros, o en una balacera. ¡Juro que pude sentir el recorrido de los proyectiles!”, afirma Mauricio. En ese momento se inicia la estampida, el caos inicial se apodera del grupo que logra refugiarse precariamente en laderas de la carretera. 

“!Pecho a tierra! ¡Pecho a tierra!”, gritaban los mineros. “Tirado en el piso, un minero se me acercó y puso su escudo (hecho a partir de un barril) delante de mío. No hubo más, el silencio y la respiración, su mirada profunda, fraternal”. El instante descrito fue interrumpido por el sonido y vibración de una bala, que había tocado la punta del escudo. “ ‘¡Tenía que volver a casa, tenía que volver!’, pensaba. Ahora comprendo la relatividad del tiempo en esos momentos por los que pasé” narra Mauricio. 

Luego de la balacera, Mauricio pudo llegar al bus, donde recobró el aire y pudo ver la situación de algunos de sus compañeros. “Gladys era de las mayores del grupo, mamá de dos hijos, ella estaba ahí justamente por ellos. Me asombró su coraje porque parecía una changa más; recuerdo que llevaba en la muñeca una bandana con un mensaje, era el constante recordatorio de la familia que la esperaba”. 

Juan José, otro de los jóvenes, también marcó a Mauricio. “Llevaba consigo un pequeño botiquín de primeros auxilios. Nos comentó que había hecho el servicio militar y allí había aprendido algunas acciones para socorrer. Juan José se movía agachado sin medir el peligro, con un acto de héroe; ahí estaba él en medio de los buses, ayudando. Fue en ese momento que me uní llevando agua a quienes pude”. 

En medio del caos, gritos y silencios, el grupo de Tarija recibe una mala noticia. “Es difícil saber la hora, la cronología exacta, pero en medio de la confusión nos enteramos que dos mineros habían muerto. Fue un momento intenso y duro para todos; sin embargo eso dio más coraje a los mineros. El miedo ya no paralizaba”. 

Eran las diez de la mañana y las noticias que recibían desde la ciudad de La Paz eran esporádicas, ya que la señal no era buena. Para esa hora, lo que pensaban era un frente de 50 personas, se duplicó; cuando vieron que sus atacantes descendían de los cerros, decidieron retroceder y girar en sentido contrario. 

El grupo regresó a Challapata con las gargantas secas y los corazones aún exaltados. Allí pudieron tomar contacto con familiares y amigos. Fue en ese momento cuando  recibí el mensaje de mi alumno Mauricio, confirmándome su presencia en el lugar y su estado de salud. 

“En Challapata un señor llamado Luis Sánchez nos invitó uno de los platos de comida más ricos que probé porque venía cargado de solidaridad”, expresa Mauricio emocionado . “Para ese entonces sabíamos que Evo había renunciado, lo cual era un alivio, pero aún no podíamos ni debíamos confiarnos de nada”. 

El retorno se dio luego de analizar el nuevo contexto del conflicto. El lunes 11 de noviembre el grupo regresó acompañado de la Policía Boliviana. En Potosí, el grupo de Tarija fue alojado en las instalaciones de la Universidad Tomás Frías. “Nuevamente nos recibieron como héroes, con servicio médico, comida, abrazos, con una disponibilidad de cobijarnos como muestra de un enorme GRACIAS”.

La salida de Potosí se dio en medio de banderas de Bolivia, de Potosí y Tarija, cánticos, aplausos y abrazos. Las y los jóvenes de Tarija habían partido como desconocidos y regresaban con nuevos y profundos lazos. “En lo personal, el viaje ha significado mucho. Allí profundicé mi relación con Dios, lo conocí verdaderamente. Conocí e hice muchos hermanos, entendí que hay mucho por qué luchar. Ha sido una experiencia transformadora”, culmina Mauricio con los ojos llenos de brillo por la emoción de vivir la experiencia nuevamente recordando lo ocurrido. 
 

 

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