CARTA A UN FÉNIX

El teatro que merecemos

Pobrísimo. Así se mira el teatro nacional desde una lente pesimista. ¿Hay excepciones? ¿Es posible algo de optimismo?
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:12

Mabel Franco

Parafraseando un dicho que puede alcanzar connotaciones crueles, tal vez tendría sentido afirmar que cada pueblo tiene el teatro que se merece.

Desde una lente pesimista, habría que considerar que el 2019 –como los últimos diez años, al menos-, las obras producidas en el país y con cierta resonancia más allá de la localidad de origen, responden al concepto de teatro pobrísimo: inversiones de producción mínimas, creaciones de pequeño formato concebidas para espacios igualmente  pequeños, con aspiraciones de llegar a 40 espectadores por función con suerte, con temporadas cortas –si se puede llamar temporada a presentaciones de dos o tres días continuos como máximo-, y con escasas posibilidades de llegar a otros puntos del país y mucho menos a los grandes festivales internacionales.

Hay excepciones, claro, pero eso son.

A nivel de escenarios públicos de La Paz, el Teatro municipal de Cámara –con una capacidad máxima de 100 espectadores- se ha convertido en el refugio para la actividad teatral. Estadísticamente, este arte ocupa el primer lugar en este teatro, por encima de otras manifestaciones escénicas, aunque la cantidad puede ser engañosa si se considera que junto a estrenos de grupos de oficio se mezclan los ejercicios de taller y los primeros pasos de elencos amateur que si convocan público es a los familiares y amigos de los debutantes.

En el otro extremo, es decir en el escenario Alberto Saavedra Pérez y sus 600 butacas, casi no hay teatro. O los grupos no producen obras como para este espacio o, cuando se animan, el público no alcanza ni para ocupar la octava parte de su capacidad.  ¿Hay excepciones? No, en 2019 hubo una sola excepción: el teatro de Talía Producciones, con la reposición de una obra de Raúl Salmón, La calle del pecado (1944), aunque su temporada de tres días –excepcional para este arte y este escenario- no haya sido tan exitosa en cuanto a público.

Así las cosas, cómo evitar el desánimo. 

Por suerte, las cosas pueden abordarse desde distintas perspectivas. La optimista nos dirá que al menos el teatro en Bolivia –ése que se merece el público- le hace exitosamente el quite al teatro meramente comercial, ése de figuras de moda y contenidos triviales que toma al espectador sólo como una excusa para generar dinero. 

Los grupos de teatro en el país libran intensa batalla para reinventarse y reinventar formas de decir desde un escenario. Son personas que resisten, que hacen teatro contra todo pronóstico. Sobre todo contra la indiferencia del grueso de los potenciales espectadores que, entonces, restan con su ausencia a la mirada crítica, exigente, que podría redundar en el crecimiento de la movida, en su profesionalismo.

Que el teatro en Bolivia es de insistencia, de persistencia, lo prueba un detalle nada menor: las siete obras que fueron elegidas entre las mejores que se vieron en La Paz en 2019, y que formaron el festival municipal Escénica, son de grupos que están explorando en su estética desde hace tiempo, nada de improvisaciones. Y todas son de dramaturgia propia, de preguntarse como grupo sobre temas íntimos o públicos y de ensayar respuestas que equilibran contenido con estética. 

Se puede ser pesimista u optimista. Yo elijo lo último, también por terquedad y resistencia, a la espera, eso sí, de tiempos mejores para hacedores y espectadores.
 

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