Crónica

En la otra orilla. Del periodismo al poder

Hace 41 años, Ana María Romero tuvo que tomar una decisión difícil: abandonar las filas del periodismo (si es que tal cosa es posible) para integrarse al bando de los protagonistas de la noticia. El contexto histórico de esa época despierta un déjà vu: parece que después de casi medio siglo, seguimos repitiendo los mismos errores. Cualquier parecido con la actual coyuntura, no es mera coincidencia.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:07

Ana María Romero de Campero

 

“No es el mejor momento para ofrecerle un ministerio a una dama, pero sé que usted es una mujer valiente”, me dijo el Presidente Walter Guevara Arze en nuestra entrevista. Había hablado ya tres veces con el Canciller Gustavo Fernández, que no se daba por vencido ante mi negativa para aceptar el cargo. En verdad, me era difícil cruzar a la acera del frente, dejar mi carrera periodística. 

Pero Fernández sabía de mi pasión por el mar. Había cubierto las negociaciones Banzer-Pinochet con viajes a Santiago y Lima. Conocía el tema en sus múltiples facetas. Era tal mi pasión por la causa marítima que los colegas me habían bautizado como Ana Mar. Por eso, su argumento principal giró en torno a la Asamblea de la OEA que se avecinaba y a la necesidad de cubrir el estratégico flanco informativo. Se esperaba la llegada de muchos corresponsales. Sería una tarea difícil, pero digna de acometerse, me dijo. 

Ilustración de Andrea Linares / estudiante DGR UCB

Era tal mi pasión por la causa marítima que los colegas me habían bautizado como Ana Mar.

Otro desafío no menos importante era el de cumplir el mandato que el Congreso le había impuesto a este gobierno transitorio: presidir comicios presidenciales libres de toda sospecha de fraude o favoritismo. 

Era evidente que esa criatura frágil que era la democracia requería de mucho cuidado para sobrevivir. Había estallado en Trinidad la primera evidencia de que algunos militares no se resignaban a permanecer en sus cuarteles y querían terminar por la fuerza con el “experimento democrático” de los civiles. 

Como corresponsal internacional, había seguido minuto a minuto ese acontecimiento. El brote aparentemente aislado parecía parte de una conspiración mucho mayor que no había alcanzado a cuajar del todo. Así me lo reveló el Presidente en la reunión que sostuvimos esa noche. 

Ilustración de Jhon Capuma / estudiante DGR UCB.

Otro desafío no menos importante era el de cumplir el mandato que el Congreso le había impuesto a este gobierno transitorio: presidir comicios presidenciales libres de toda sospecha de fraude o favoritismo. 

Cuando fui a Palacio para hablar con Guevara, estaba prácticamente decidida a darle mi “sí”, aunque con una ligera condición: la de participar en el gobierno siempre que este pudiera asegurar la realización de elecciones libres de toda influencia. Quería creer en que era posible conducir unos comicios sin mancha y así se lo manifesté. En las elecciones de 1978, el fraude fue tan escandaloso que tuvieron que anularse, y en las de 1979 se había avanzado algo con la papeleta multicolor y multisigno, aunque, en la fase de los escrutinios, lo ganado en las urnas se evaporaba por la anulación de mesas. Él me respondió que ese era un reto difícil, pero que estaba seguro que podríamos cumplirlo. 

Quería creer en que era posible conducir unos comicios sin mancha y así se lo manifesté. En las elecciones de 1978, el fraude fue tan escandaloso que tuvieron que anularse.

Desde que Guevara juró a la presidencia no había cesado de buscar un acuerdo político que sustentara su gestión, pues sabía que un Ejecutivo débil tenía pocas posibilidades de supervivencia. “No puedo asegurarle que no voy a conformar un gabinete político en el futuro, porque estoy empeñado precisamente en eso. Lo que sí puedo garantizarle a usted es que su despacho se mantendrá con ese carácter de equidistancia que requiere un proceso como este. Los medios del Estado serán neutros en la campaña política y eso queda en sus manos...”. Acepté colaborarlo y acordamos que estaría en Palacio al día siguiente para la posesión del gabinete. 

Creo que es importante explicar por qué me costó tanto aceptar un ministerio. Esto, que es fácil de comprender para la gente de prensa, podría sonar a presunción para el resto. Una de las cualidades del buen periodista es su distancia frente al poder, cualquiera que este sea. 

El 11 de octubre de 1979 se produce la primera recomposición del gobierno del Presidente Walter Guevara Arze con la incorporación de cuatro nuevos ministros. Ana Mar pasa de la orilla de los periodistas, a la de los entrevistados.

Sumida en esas cavilaciones, llegué a Presencia en busca de los amigos. En primer lugar, tenía que comunicar la decisión a nuestro Director, Huáscar Cajías, quien, al oír lo que venía a decirle, me miró larga y fijamente, levantó sus pobladas cejas y se limitó a emitir un esotérico “Hummmmm...”. Sin esperar a que terminara mi relato, el Jefe de Redacción, Mario Maldonado, me lanzó un “no se lo aconsejo, Anita”. 

En la puerta encontré a Monseñor Juan Quirós, Director del suplemento Presencia Literaria, y cuando le conté que al día siguiente juraría como Ministra, exclamó con su tradicional franqueza: “Ni te felicito, ni me alegro...”. 

Ya en la sala de redacción, alguien sin ninguna piedad me trató de “gubernista”. Una barrera empezaba a levantarse con quienes habían sido hasta ese momento mis compañeros de trabajo, haciéndome ver que debería pagar un alto precio por la experiencia de ver el gobierno por dentro. 

El día de la toma de posesión del gabinete estuve puntual. Fernando, mi marido, me había dado un consejo que valía oro: “Recuerda, Anita, un ministro no es un yes man, o en tu caso, una yes woman. Si no estás de acuerdo en algo, lo dices, defiendes tu punto de vista y no firmas nada que no hubieras leído primero y en lo cual creas que tienes alguna observación que hacer”. 

En el hall del Palacio estaban los miembros del gabinete anterior más los cuatro nuevos ministros que se le iban a incorporar: el general Julio Herrera, en la cartera de Defensa, el jurista René Canelas como flamante ministro de Bienestar Social, el diputado democristiano Oscar Bonifaz en Minería, y yo en la Secretaría de Prensa e Informaciones de la Presidencia. Un edecán vino a pedirnos que subiéramos al Despacho. Esperábamos a que el Presidente Guevara se desocupara, ignorantes de lo que se estila en estas circunstancias, cuando hicieron su ingreso los diputados Guillermo Bedregal (del MNR-H), Luis Ossio Sanjinés (PDC) y Óscar Zamora Medinacelli (PC-ML). 

Un día inolvidable: Ana María y su hija Natalia luego de la posesión ministerial.

Fernando, mi marido, me había dado un consejo que valía oro: “Recuerda, Anita, un ministro no es un yes man, o en tu caso, una yes woman. Si no estás de acuerdo en algo, lo dices, defiendes tu punto de vista y no firmas nada que no hubieras leído primero y en lo cual creas que tienes alguna observación que hacer”.

Luego de saludarme, el primero me dio la noticia de que nuestra posesión podría postergarse hasta el lunes siguiente o “tal vez indefinidamente...”. “¿Por qué?”, le pregunté sorprendida. “Es que somos nosotros los que vamos a entrar”, respondió. “¿Quiénes?”, insistí, porque el asunto me sonaba a poco serio. Con su típico gesto de suficiencia, levantando la cabeza y echándola para atrás, Bedregal me espetó: “La Alianza... nosotros vamos a ser ministros”. 

No creía posible que Guevara nos hiciera pasar semejante papelón, pero las palabras de Bedregal surtieron efecto. Me envolvió una sensación de contrariedad. Las minucias del poder, las aves rapaces que se disputan sus favores, hacen que mucha gente honorable se abstenga de participar en el gobierno. No había jurado al cargo y ya empezaba a arrepentirme por la debilidad que había tenido. 

Bajé a saludar a las colegas del Círculo de Mujeres Periodistas que habían ido al Palacio a presenciar la ceremonia y compartir esos momentos. Estaba departiendo con Gelsina D'Onatto, Berta Alexander, Carmen de la Vega, Aida Albarracín y Mary Larrieu cuando una de ellas advirtió que Bedregal y sus acompañantes bajaban apresuradamente las escalinatas. A los pocos minutos, hizo su aparición el Presidente Guevara, flanqueado por sus edecanes y mis futuros colegas de gabinete. Mientras se pronunciaban los discursos de rigor, me enteré que la gestión de la AMNR [Alianza Movimiento Nacionalista Revolucionario] –tan a última hora– había fracasado. ¿Por qué? No lo sabíamos. 

Las minucias del poder, las aves rapaces que se disputan sus favores, hacen que mucha gente honorable se abstenga de participar en el gobierno. No había jurado al cargo y ya empezaba a arrepentirme por la debilidad que había tenido. 

Ese 11 de octubre de 1979 –fecha que poco después sería declarada Día de la Mujer Boliviana en conmemoración al nacimiento de Adela Zamudio– fue especial en muchos aspectos. Había jurado no solo cumplir, sino hacer cumplir la Constitución. No era algo que pudiera tomarse a la ligera. Era una grave responsabilidad la que asumía. Pedí a Dios que me diera fuerzas para estar a la altura de las circunstancias. 

llustración de Ana Belén Sanabria / estudiante DGR UCB.

El aparecer al otro lado de las cámaras de televisión como protagonista, y no como testigo presencial de un acto, me incomodaba. Pero eso no era todo. Era la única mujer en el gabinete. A un corresponsal extranjero, que le preguntó si mi incorporación tenía algo que ver con la fecha, Guevara le dijo que no, que no había reparado en mi género cuando decidió invitarme. Así de francote era él. Las mujeres éramos lunares en las funciones de Estado. Hacía diez años que no juraba una como ministra. La primera había sido Alcira Espinoza, que en 1969 integró el gabinete de Luis Adolfo Siles Salinas en la cartera de Trabajo. 

Si el poder me era distante como periodista, me resultaba mucho más ajeno como mujer. El mundo vivía bajo una sociedad patriarcal. No podía imaginar, por ejemplo, a ninguna mujer presidiendo un gobierno de facto. Era impensable ver a una congénere mandando al exilio a sus compatriotas, o perdiendo el sueño, utilizando cualquier estratagema, por llegar al gobierno. Tendrá que llegar el día, me dije, en que la sociedad cambie. Y para eso era necesario que hubiese mujeres opinando, decidiendo las políticas de Estado, influyendo en las grandes decisiones de la humanidad. Era preciso ir abriendo ese camino. 

Ilustración de Regina Gómez / estudiante DGR UCB.

Ese 11 de octubre de 1979 –fecha que poco después sería declarada Día de la Mujer Boliviana en conmemoración al nacimiento de Adela Zamudio– fue especial en muchos aspectos. Había jurado no solo cumplir, sino hacer cumplir la Constitución. No era algo que pudiera tomarse a la ligera. Era una grave responsabilidad la que asumía.

En la noche, asistí a un cóctel en el que el dueño de casa dejó bien en claro que me había invitado “antes de que fuera ministra”. El senador Benjamín Miguel, de la Democracia Cristiana, comentaba al padre José Gramunt, Director de Radio Fides, sobre una posible salida constitucional para las elecciones de mayo próximo. Especulaba sobre la teoría de que sería innecesario convocarlas, pues al no haber renunciado a su postulación presidencial ni Víctor Paz ni Hernán Siles Zuazo, el 6 de agosto de 1980, cuando debía concluir el mandato de Guevara, podría reabrirse la votación en el propio Congreso. “La Constitución establece que debe votarse hasta que uno de los dos resulte elegido...”, sostenía. Era un punto de vista interesante, pero que no compartía. 

Allá me crucé nuevamente con Guillermo Bedregal, quien, sin darme tiempo a reaccionar y esbozando una extraña sonrisa, me dijo: “Espero que la pega le dure”. Estaba lejos de sospechar lo que sus palabras presagiaban. Pero la verdad es que, en ese momento, me tenían sin cuidado. 

Las mujeres éramos lunares en las funciones de Estado. Hacía diez años que no juraba una como ministra. La primera había sido Alcira Espinoza, que en 1969 integró el gabinete de Luis Adolfo Siles Salinas en la cartera de Trabajo. 

El fin de semana lo dediqué a conocer en qué consistía el ministerio. Además del consejo que me había dado mi marido, mucha gente amiga se había encargado de ponerme en guardia contra las roscas burocráticas y sobre la necesidad de poner el máximo cuidado en todo lo referente al problema económico-administrativo. 

Mi debut en la administración pública me dejó la sensación de que cambiar las cosas podría tomar un tiempo y mucha firmeza. Al fin de cuentas, era todo un sistema que se había ido armando en años de regímenes militares el que habría que ajustar a los nuevos tiempos. 

Entre las medidas que me proponía llevar adelante figuraba que la información oficial fluyera libremente, y esto implicaba un cambio de mentalidad en los encargados de los departamentos de relaciones públicas del gobierno. Había que abrir de par en par las ventanas y las mentes para que ingrese fresco, revitalizante, el aire renovador de la democracia. 

Ya le había anunciado al Presidente Guevara que una de las primeras cosas que haría luego de posesionarme sería suprimir el editorial que se leía en forma previa al telenoticioso en el Canal Estatal de Televisión. Esa era una herencia que no condecía con los nuevos tiempos y contra la cual había protestado en su momento el Círculo de Mujeres Periodistas. Una vez conquistada la democracia, el televidente no tenía por qué soportar cada noche unas filípicas que supuestamente interpretaban la opinión del gobierno, y cuya redacción de corte fascistoide chocaba con el léxico de respetuoso pluralismo que debía caracterizar a la democracia. No sin dificultad, pues nadie sabía darme razón de su procedencia, descubrí que esos editoriales eran resabios de la dictadura y los hacía algún escribidor contratado por la Sección de Inteligencia del Ejército, que, en ese entonces, tenía sus oficinas en el Ministerio del Interior. 

Ilustración de Luciana Noriega / estudiante DGR UCB.

Mi debut en la administración pública me dejó la sensación de que cambiar las cosas podría tomar un tiempo y mucha firmeza. Al fin de cuentas, era todo un sistema que se había ido armando en años de regímenes militares el que habría que ajustar a los nuevos tiempos. 

Si un gobierno quiere influir, tiene mil maneras de hacerlo. La más simple de ellas es actuando con transparencia y manteniendo una política de total apertura hacia los medios de comunicación social y el pueblo. No hay que perder de vista que un funcionario del Estado no es más que un administrador eventual de la cosa pública. No es su propietario, como muchos creen. 

Tenía una serie de ideas para poner en práctica. Una de ellas era la de alentar, desde la Secretaría, una verdadera política de comunicación. En una investigación que realicé para la Universidad Católica años antes, había podido constatar la desvertebración que existía en esta materia en nuestro país. Las ciudades del llamado “eje central” tenían muchas más posibilidades de influir y hacerse oír que las que se encuentran en la periferia. Creía necesario estudiar en qué forma podía dotarse a cada capital de departamento, e incluso de provincia, de canales a través de los cuales su población pudiera participar directamente en el gran debate democrático que se había abierto. Consideraba importante que los medios estatales de comunicación se colocaran al margen de las disputas partidarias. Una infinidad de ideas bullían en mi cabeza. 

Ya me lo había advertido Mariano Baptista [Ministro de Educación] el día del juramento: “Lo bueno de estar en el gobierno es que te propones algo y lo puedes plasmar en realidad, dejas de tirar piedritas a la ventana intentando ser escuchado...”. 

 

  • Este texto es parte del libro Ni todos ni tan santos, de Ana María Romero de Campero, publicado originalmente en 1996, y que a fin de año será reeditado por Editorial 3600.

  • Ana María Romero de Campero fue periodista, escritora, activista, primera Defensora del Pueblo de Bolivia y presidenta del Senado de Bolivia.

 

 


   

12
3