Elecciones

El ser nacional

Una sociedad fragmentada, millones de caracteres, de visiones de mundo que a veces se rozan y muchas se repelen, una juntucha caótica… y de repente, el conflicto político-social para agravarlo todo. Hasta eso podíamos tolerar, pero nadie estaba preparado para el efecto Wuham. Y esto, entre otras cosas, hace que nos preguntemos: ¿habrá alguna estadística sobre la cantidad de suicidios durante el encierro?
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:07

Óscar García

 

El gran paraguas de este mundo

El hado propicio, la máscara de piedra, el chulupi envalentonao, el humano trancapechito de bronce, la mosquita patriótica y la santificada amante del happening, cuya traducción al castellano sería “un algo que pasa” y cuya traducción al aymara no existe como evento, sino como verbo.

El Plattini boliviano, el sombrero borsalino, la señora Isabel con su mantón de Manila. Una bandera azul y estrellada, con los suficientes metros como para dar de comer a doce mil chinos en fila india. Las condecoraciones que aguardan asoleándose después de 1935, a la diestra de los apis morados, ahí, al lado del viento intrépido y sin pudor. Las patillas liberadoras de Bolívar creciendo en la Casa de la Libertad y esperando con la paciencia de Job que algún día se haga presente, vía licitación internacional, un barbero pintor, oficio que sería altamente preciado junto a los entrenadores de aparicionismo en las minúsculas pantallas que cubren más que el polvo y que la tierra de las tumbas, las tradicionales.

La tumba sin nombre, pero con flores siemprevivas, la abstinencia de los santos de hoy que fueron los san pedro de oro del ayer, la señorita achachairú cuya incursión en la política le sirvió para llevar en alto el nombre de su fraternidad, el misterioso amauta que no pudo adivinar que un día como hoy, un camión Volvo sin frenos le iría a quitar justo la habilidad para mirar la vida en hierbas y en hojas de cuadernos cuadriculados, usados. El sol de Pando, único, empoderado, otro sol, por supuesto, testigo de las aguas de Pando.

De hambre no se muere y no, por ventura, gracias a los funcionarios de turno cuyo plato de comida, suculento, por cierto, proviene de los bolsillos de quienes hacen alcanzar un diminuto arroz para toda una familia / Ilustración de Jhon Capuma estudiante DGR UCB.

Del charango cincelado en las manos de la sirena al sonoro en una bajada de la calle Linares de Llallagua, de las tertulias con café de oro a los agachaditos de cualquier mercado que tenga macarrones por peso y aromas imperecederos que acompañan no hasta el último suspiro, sino hasta la última escucha. Oímos primero, antes del grito primigenio, escuchamos antes de la muerte. De la Masacre de Yañes, de Gabriel René Moreno, a los días en los que el silencio renació y a los de hoy en día, en los que el estruendo ha cubierto todas las posibles paces.

Las polleras con patada voladora y las que suben a lo alto de las montañas sin mayor propósito que el de subir, aunque se dice que, por estas tierras, solo si se ha llegado a lo alto de las montañas se ve un horizonte. Los pies en abarca, las Abarcas del tiempo, la piel quemada por la inclemencia y la tostada en cama solar con dos objetivos distintos, disociados, distópicos. La primera piel, un testimonio que crece, la segunda, un deseo hecho mascarita, del color al que se le suele dar campo, para que no te roce.

Las polleras con patada voladora y las que suben a lo alto de las montañas sin mayor propósito que el de subir, aunque se dice que, por estas tierras, solo si se ha llegado a lo alto de las montañas se ve un horizonte.

Los vecinos chistosos que explican al pobre damnificado cómo es que se quemó su casa, cómo es que su mascota murió en realidad. Los vecinos que adoptan la paternidad de los indefensos sin casa y en orfandad, con una sinapsis en la mano y en la otra un trozo de media luna para que obedientemente coman, se agachen, laman y eventualmente se saquen una foto producida para la tapa del “Ranking de las Masacres” y se venda en los cafés más primorosos en los que se reúnen, ya sea el neoanarquismo capitalista o el neoliberalismo socialista o el socialismo del hombre esquizofrénico del siglo XXI o, por último, un grupo de flexitarianos que acaban de descubrir que, al ser sapiens, comen de todo.

El pájaro dividido, el que aparece por lo general en las alturas, en las nieblas, acercando una mitad y luego la otra para exponer cierta esperanza desde el vuelo. El pájaro mitad blanco y mitad negro. El que trae buena suerte, el del buen augurio. Al que se debe saludar “buen día, maría…” por asuntos que se relacionan con el sincretismo, pero son otros asuntos. El pájaro al que se respeta porque en él está sintetizado el pensamiento andino, el que a lo mejor es un deseo idílico en estos días del capital y lo binario haciendo metástasis en las entrañas del mundo. El pájaro adulto, cuya suerte de polluelo es mala suerte y se lo debe espantar, apedrear, botar, escupir, maldecir, ni pensar en saludar. El pájaro que es bueno de adulto y malo de polluelo, porque es de un color indefinido, grisáceo, marrón, quién sabe, y de adulto, mitad negro y mitad blanco. El Allkamari, el pájaro de los contrarios complementarios, el que enseña.

La loma santa, la que está por allá, más allá del territorio que siempre se inunda. Allá, donde el agua no puede alcanzar y se puede respirar y sembrar y escuchar cómo los trinos perseveran y se bifurcan sin pausa. La loma santa es un espacio y un tiempo añorado, empecinadamente añorado, porque hay en ella un motor que en las ciudades ha agotado su engranaje motivador. En la loma santa hay paz. No habrá, hay, en presente deseado. Hay árboles intactos y sombra, hay feroces jaguares que no molestan a nadie si nadie los molesta, están por ahí ocupados de sus asuntos, tan irrespetados y venidos a menos desde que el territorio de unos es el negocio de otros y lo cambian a veces por un puesto, a veces por un caballo. La loma santa está esperando, pero no es seguro que espere otra eternidad.

Hay árboles intactos y sombra, hay feroces jaguares que no molestan a nadie si nadie los molesta, están por ahí ocupados de sus asuntos, tan irrespetados y venidos a menos desde que el territorio de unos es el negocio de otros y lo cambian a veces por un puesto, a veces por un caballo.

La banderita, el plantón, la pizarra que da a una ventana sin vidrio desde donde se mira pasar todas las heredades como en un universo estático que no se expande. La “mamá come torta” en lugares en los que las tortas son oca dulce, yuca en todas sus formas y un solo de quinua en la mayor soledad de la línea Chipaya, que termina en la redondez del mundo. Ahí donde un terraplanista ve el borde de una piscina sin fin, porque justamente se saltó la parte de la banderita y el plantón y la pizarra. La profesora que es raras veces profesora en las comunidades, donde, por definición, debe haber “el profesor”, que enseña desde su cuaderno amarillado las vocales y, en la última década, las privacidades inventadas del penúltimo inquilino de palacio tostado. La profesora es para las ciudades, así como el mote al fricasé, gourmet o no. Se aprende la tabla del seis, se hace un herbolario con lo que hay en los sitios inhóspitos y en los sitios exuberantes, no se sabe qué elegir. Pero es igual para todos. Se mide las formas de construir conocimiento haciendo que se acumule información para ser sometida a sendos concursos de competencia, en los que, a menudo, se califica a los peces por su capacidad de subir a los árboles. Así llegan las personas al cuarto de existencia, a lidiar con la aspereza de las sociedades que rinden, que tienen que rendir, porque, sino, se las lleva la corriente. La corriente principal.

La profesora que es raras veces profesora en las comunidades, donde, por definición, debe haber “el profesor”, que enseña desde su cuaderno amarillado las vocales y, en la última década, las privacidades inventadas del penúltimo inquilino de palacio tostado.

Donde come uno, comen tres, tres y medio. De hambre no se muere, y no –por ventura– gracias a los funcionarios de turno, cuyo plato de comida –suculento, por cierto– proviene de los bolsillos de quienes hacen alcanzar un diminuto arroz para toda una familia, a veces, batallando contra una hormiga por la miga que saltó del pan para ir a dar al piso de tierra, al de cerámica, al de ladrillo, al piso con huella. De hambre no se muere, de hambre se inventa y se reinventa. Al francés gallo al vino tinto, en los años en los que se hizo un París en miniatura en la ciudad blanca, se lo hizo qoqo de pollo, con chicha en lugar de vino. Claro, sin el poder antioxidante, pero con el poder de la dinámica de cultura apropiada que no tiene un efecto directo en el organismo, sino en la construcción simbólica. De hambre se combina, se lustra el ají, se hace brillar un manojo de cilantro, de granada, de lujma ácida, de cangrejitos jugando oculta oculta en medio de la lentitud envidiable. Se hace picantes de todo, hasta el sospechoso picante de huevo que suele acompañar a los dolientes detrás de una procesión que va de un punto en cruz a otro punto en cruz, que no es igual al punto cruz, porque en el primer caso se llora de morado por un orden inventado que sostiene con frecuencia las normalidades más perversas o las más sublimes, y en el segundo caso, se teje, urdimbre y trama, pequeños tapetes destinados a la preservación del mobiliario y los barnices. Los picantes no pertenecen a nadie más que a las personas, y estas a los territorios, y estos a las regiones. Los picantes difieren entre sí como difieren los apodos y las melodías del habla. Como difieren las expresiones de asombro y de rabia. No hay picante consensuado, siempre son o aplaudidos o vilipendiados. No se le puede poner una guarnición a la quete. Hay que saber y eso se aprende después de haber comprendido que una manera de respetarse y de amarse está en la valoración de los picantes múltiples y agradecidos.

Vestiditos rosados, pantaloncitos de bayeta, camisa a cuadros para leñadores híbridos, sombreros apropiados que un día fueron para caballeros del siglo XIX y terminaron en la cabeza de mujeres del mismo siglo como una marca que otra vez, simbólica, es más un ornamento y un precio y un prestigio. Mantitas tornasol, mantitas de vicuña, tipois de seda brillante, ajsus de extremada belleza, chuspitas para sociología, bolsas con el nombre de una ciudad desconocida como Viena, como Roma, como París en aguacero, para salir a lucir una noche en la que vuelvan los excesos luminosos y las parpadeantes suma de pieles para perpetuar la especie sin motivo. Pero con glamour y toda clase de flujos compartidos. Zapatitos de charol, abarquitas de goma de llanta reciclada, toda clase de zapatillas deportivas hechas por manos chinas para pies latinos, para patapilas, para el alcance de cualquier bolsillo. Poleras con estampados que se llevan como sello personal, imperialista, neoliberal, metalero, feminista, alfarero, viajante, maquillada empoderada, zapatista en medio de la pampa. Todas, poleras, remeras, polos, lo que sea, como una bandera de la máquina de hacer plata con los deseos de los colectivos convencidos de que, en verdad, deciden –en las ciudades, ante todo– sobre sus compras y sus ventas.

Los más diversos oficios. Aquellos que se ejercen con las manos, aquellos que se hacen con la palabra o con las más raras abstracciones. Aquellos que importan y los que no sirven en apariencia para nada. Los oficios del bosque, los oficios de la alcantarilla. Los que transcurren en medio de la noche y el humo y terminan en el consultorio sórdido de un sospechoso galeno, cuya luz se entrecorta y la persiana de su única ventana tiene polvo desde la época en la que transitaba un tranvía en la calle 6 de Agosto de La Paz. Oficios irreconciliables como teatristas y crítica pretenciosa con más citas que sustancia. Oficios complementarios y contrarios como los del ratero con cuchillo y el internista de urgencias, que deberían conformar una asociación accidental o, al menos, un organigrama en el que se desglose la vida y la muerte como cosa de la noche. La lavandera, el vendedor de warawas, la experta en empanadas con nombre de ciudad del extranjero, el expendedor de somó y el parrillero de pescados frescos. El tocador de caña, el espantador de la lluvia de arañas en el Chaco. El que le saca leche al árbol de caucho. El que desde un escritorio hace imposible toda fluidez de los papeles, la licenciada que en siete años de universidad pública, privada y de la vida, aprendió con creces a decir “no se puede, es la norma, pero…”. El conductor de vehículos peligrosos y el conductor de programas peligrosos en peligrosos medios que debían estar mejor en la profunda web o en memorables escenas de alguna película de culto de David Lynch. Las tejedoras de seres fantásticos que suben desde una cueva en el acantilado de Maragua.

Oficios complementarios y contrarios como los del ratero con cuchillo y el internista de urgencias / Ilustración de Luciana Noriega estudiante DGR UCB.

La justicia y sus operadores. Toman café al frente de los ciento y un mil bufetes y oficinas y, eventualmente, toman sultana con la clientela, para, por supuesto, discutir el caso, en ningún caso para arreglar el caso de forma más expedita y aceitada como se pensaría en una patria cuya justicia, primero la del Estado y luego la de la sociedad civil, estuviera tan venida a menos que ni siquiera una inscripción de recién nacido es confiable. Ni un certificado de nacimiento. El Estado hace juicios a diestra y siniestra, sin avisar, con o sin motivo, con o sin peso legal. Es otra forma de recaudar fondos o de hacerse de bienes que no se sabe si se rematan o se reparten. Nunca salen avisos o edictos que se refieran a que los bienes de una ciudadana a la que se le endilgó una deuda considerable hayan sido rematados, o peor, repartidos entre la fiscal Mancilla, el juez Pinto, el tinterillo Zamudio y el chofer tupiceño. La justicia y su creciente tendencia a hacer venias a los mesianismos del momento para tener mayores ingresos a cambio de favorecimientos, personales, de logias, de partidos, de familias, de asuntos de lecho, de pura rabia. La justicia, tan famosa en la región, tan prestigiada como la más corrompida y la más lenta, la que tiene en la estatua de la Señora Justicia una frutilla en la balanza. Pero hace mal, destroza personas y entornos, desaparece bienes materiales, comete crímenes, incita al suicidio, encierra a quienes no debe –con frecuencia–, libera a los grandes ladrones –también con frecuencia–, a los monstruos con los que tienen pesadillas las niñas, a los asesinos encubiertos, a los candidatos al olvido, a los prófugos de todos los tiempos.

La justicia y sus operadores. Toman café al frente de los ciento y un mil bufetes y oficinas y, eventualmente, toman sultana con la clientela, para, por supuesto, discutir el caso, en ningún caso para arreglar el caso de forma más expedita y aceitada...

La salud pendiendo de un hilo, en un péndulo que se mece encima del cráter encendido de un volcán a punto de la erupción. La salud agonizando.

Todo que se parezca a bosque, ardiendo; todo territorio que potencialmente huela a humo será pastizal, agropropiedad privada. Todo lugar sospechoso de albergar a animales no pensantes e inocentes, ardiendo. Toda extensa llanura verde, ardiendo. Todo bolsillo agroindustrial, babeando de orgullo nacional. Toda vaca a ser sacrificada, para enviar su cadáver a las cocinas chinas, a las bocas chinas que, de no saber ya qué comerse, se empiezan a comer a los países empobrecidos al extremo por sus propios habitantes y por sus líderes salidos de una novela de Miguel Ángel Asturias, con suerte.

Los curas, los escarlatas, las monjas de los claustros, las monjitas que hacen dulces de toda clase y los venden ocultas detrás de una ventanita desde la que se huele una extraña humedad y se escucha a veces la voz de un padre llamando a rebato. Se les dice padre y no deberían tener la más mínima idea de lo que se trata. A una madrecita se le dice madrecita, y cuanto más experimentada en abusar a sus colegas, madre. Los pastores, los que se llenan la boca de convulsiones y de representaciones escénicas con personajes pagados, mal, pero pagados. Los pastores, los que cambiarían a su progenie por un puñado de dólares. Los fieles, las que rezan, las que se persignan a la puerta del cielo, los que se pellizcan cuando ven un par de monjas. Quienes creen en las santas pingüinas.

Los fieles, las que rezan, las que se persignan a la puerta del cielo, los que se pellizcan cuando ven un par de monjas. Quienes creen en las santas pingüinas.

Hasta aquí, una parte ínfima del tejido social, cultural, sistémico, abigarrado, de una patria atribulada y abollada como basurero de lata. Hasta aquí, entidades desproporcionadas y dispersas que solo pueden articularse en el campo simbólico. Como símbolos, productos simbólicos y sistemas simbólicos. Vale decir, y en el mismo orden, palabras o cuadros, narrativas literarias o teorías científicas, y como sistemas simbólicos, matemáticas o lenguaje. Nelson Gooldman concibe como símbolo toda entidad (material o abstracta) que pueda denotar o referirse a otra entidad. Así, cualquier elemento, una roca, una palabra, una prenda, una acción colectiva, la gestualidad –siempre que se empleen para representar cierta clase de información– se convierten en símbolos con la capacidad de transmitir significados, estados de ánimo, sentimientos y más. De manera que todo lo que configura este extenso paraguas que hace a la patria son símbolos o, en cualquier momento, propensos a convertirse en uno. A veces forzados y farsescos, a veces necesarios, con frecuencia planeados y con resultados chistosos, por decir algo. Los símbolos y los sistemas simbólicos alcanzan su máxima utilidad cuando entran en el diseño de productos simbólicos como historias, obras de teatro, rituales…

Así, viviendo entre universos simbólicos y entre imposturas y entre diversidades que lejos de rozarse se repelen como aceite y agua, los años y los escenarios pasan dejando marcas en los cuerpos y en las paredes. Sellos en las puertas y cruces en los cementerios y pilas de papeles en los ministerios, en los del desconocimiento, en los del hambre, en los de la hostia, en los ministerios de los misterios. Pasan las gentes por el lado de las gentes, se empujan, se alertan, se miran de reojo. Pasan los policías, pasan los petardos que revientan y los que se hacen pis en el tronco de un árbol o en el escudo de un teniente. Pasan de un bando a otro, de pronto, los uniformes. Un día defendiendo lo indefendible, al día siguiente, defendiendo la fuente laboral.

La verdad sobre la acción, en manos de un malabarista

Pasó –otra vez y no será la última– que cambió el sitio en el que se sentaba un caudillo a recibir buenas noticias recién elaboradas para su menú, a otro sitio menos mullido y producido para verse pintoresco y empobrecido. Cambió otra vez y después de 21 días y de 21 gramos en gentes desafortunadas estando en el momento equivocado, en la patria equivocada, el lugar y el tiempo de un poder real y de mil poderes simbólicos. Cambiaron las carreteras detenidas por las ciudades detenidas. El montón de piedras por una silla, una pita y una muñeca.

La orfandad en estado de fuego, en estado de negación y en el de ira, todo confundido y todo junto / Ilustración de Belén Miranda estudiante DGR UCB.

Devino entonces la orfandad. La orfandad es más terrible que el relato, la orfandad que se convierte en ira y la ira en acción y la acción en desastre. La orfandad sin vuelta, la que ocurre en las peores condiciones porque el abandono es voluntario y cruel. El abandono es un cálculo. Se abandona cargando en la espalda todo lo que sea posible llevarse, menos a la prole. A la multitud no se la lleva, se la abandona para que llore donde pueda y ponga cruces donde mejor le parezca. La orfandad se convierte, independientemente de su lugar, en un plano audiovisual, en una escena grotesca de cine bizarro. Nos explican los hechos. El ser nacional se convierte en un aula atestada de idiotas que deben escuchar atentamente las cosas que le pasan en la casa. Usted no ha comido esta mañana un queso. Ha comido un hueso. Dicen. Repiten. Lo vuelven a repetir. Tantas veces que, a la medida del ministro de la propaganda alemana de la guerra, se vuelve un discurso, no una interpretación. El sujeto a cargo, un porteño de oficio desconocido, entrega al viento y a sus medios confiables, un informe. En la recepción del hotel de muchas estrellas en el que duermen y comen como si nunca hubieran comido, los piqueteros reciben otro informe, anónimo, de un ciudadano local:

El ser nacional se convierte en un aula atestada de idiotas que deben escuchar atentamente las cosas que le pasan en la casa. Usted no ha comido esta mañana un queso. Ha comido un hueso. Dicen. Repiten. Lo vuelven a repetir. Tantas veces que, a la medida del ministro de la propaganda alemana de la guerra, se vuelve un discurso, no una interpretación.

La Paz, 29 de noviembre de 2019

Informe.

De: un ciudadano boliviano

A: Juan Grabois y otros 39 súbditos argentinos de escaso coeficiente mental.

 

Señor Grabois, después de dos minutos de lectura de su discurso elemental, le informo, respecto a usted y la relación con su país e historia:

Que Rosas es su ideal de estadista.

Que lo de Mitre y Alsina fue golpe, para privilegiar a sus tatarabuelos (los suyos), no así a los de miles de pobres que habitan lejos, en sus provincias.

Que tienen en Uruburu y Agustín Justo a sus mentores en asuntos de fraudes y golpes de Estado.

Que el peronismo fue, es y será la mejor forma, a pesar del esfuerzo de Videla, del fascismo en América del sur.

Que el fiscal Nisman fue asesinado.

Que Maradona no es dios, apenas un exfutbolista adicto. Buen jugador, claro, después de Pelé.

Que el gol de mano ante Inglaterra fue un fraude, cosa que les enseñó a normalizar la trampa, lo trucho, lo delincuencial. Un orgullo patriótico.

Que Cortazar se hizo francés.

Que la pizza es italiana y el truco un juego de naipes español.

Que el mundial del 78 lo ganó su gobierno, no su equipo.

Que sus ciudades fueron fundadas por inmigrantes provenientes del Alto Perú, Asunción y Santiago.

Que su puerto, Buenos Aires, floreció por el comercio de la plata potosina y otros productos, fuera de su país.

Que su profundidad política es proporcional a su vedetismo.

Que da lo mismo, para su elemental nivel, una investigación o una joda de Tinelli.

Que Macedonio Fernández debe estar apuntando el bochorno suyo, para otro escrito genial, desde un lugar digno, que ustedes ignoran.

Que el mejor asado no es argentino.

Que el vino chileno es de lejos, mejor que el de Mendoza.

Es cuanto le informo, por el momento. Hay más, este tomó tres minutos.

Después y otra vez, la orfandad en estado de fuego, en estado de negación y en el de ira, todo confundido y todo junto, comienza en pocos días a juntar cruces y a pasear cajas y dolor en medio de las calles uniformadas y silenciosas como una cámara anecoica. Todos han huido, casi. Han quedado los fusibles.

Y luego…

El incidente Wuham

Cuando parecía abrirse una puerta debajo de los escombros, los chinos nos mandaron al encierro con una minúscula proteína hecha simbólicamente, un bicho.

El panorama se puso así, un poco así:

Cuando vuelvan los estruendos, de un día al otro, no sé qué es lo que vaya a ocurrir. En estos días en los que día y noche, a más de luz y oscuridad, no tienen grandes diferencias, estoy llegando a pensar que el día y la noche son, o eran, básicamente la diferencia entre el sonido y el silencio. No hay gran diferencia ahora, salvo esto de estar despierto un tiempo y dormido el otro. Podría hacerse en cualquier orden, no sería muy diferente. Es todo silencio. Como si de pronto hubiéramos vuelto, por justicia, a ser una sociedad aural. Aprendimos a la fuerza a volver a escuchar. A prestar atención a la nada, ahí afuera.

No nos habíamos percatado de que un canto, el de un pájaro silenciado, ahora fuera un sonido preciado, esperado. Una señal y no una del cielo. Una de aquí. Porque estuvo siempre, envuelto, el canto, de tanto, acallado por tanto.

En estos días en los que día y noche, a más de luz y oscuridad, no tienen grandes diferencias, estoy llegando a pensar que el día y la noche son, o eran, básicamente la diferencia entre el sonido y el silencio. No hay gran diferencia ahora, salvo esto de estar despierto un tiempo y dormido el otro. Podría hacerse en cualquier orden, no sería muy diferente.

Ha llovido desde temprano, en la mañana. Ha llovido hasta entrada la noche. El frío ha destinado a las personas a sus sitios más íntimos. Ha logrado el abrazo personal, interno. El que hace que los huesos propios se sientan como próximos, helados, al principio ajenos. El frío ha mandado a unos a dormir, como animal herido en su hábitat, a improvisadas madrigueras hechas en las casas y en los patios, en el interior de un vehículo con luz de abandono, en medio del agua.

En el supermercado, el día de su carnet, a las siete de la mañana, un hombre con máscara de acrílico cubriendo todo su rostro, hace su paso veloz por los estantes, tomando todo lo que encuentra. Se fija cada tres frascos de qué se trata, lee apenas la etiqueta, hace un gesto levantando un poco el hombro derecho y lo avienta al carro. Toma, en el sector de los vegetales, todo. Pregunta antes, levantando una bolsa con cilantro, ¿esto es romero verdad? No. Le contesta un cliente. Ah bueno, responde y suma el cilantro al carro. En los lácteos, dos de cada cosa.

Artículos de limpieza, todos. Trapitos, paños, desinfectantes, pulidores de madera, aromatizadores a la hora de planchar. Todo.

Cuando pasa por las bebidas, no se inmuta, no mira, no osa levantar nada. Se persigna. Se nota su religiosidad empática. Se lleva todo el pan del supermercado.

Hay gente sola, quieta, callada, pensando en quién sabe qué mientras espera algo que no va a pasar. Gente incomunicada / Ilustración de Ana Belén Sanabria / estudiante DGR UCB.

No es que el gato ya no sepa qué más hacer. Observa nomás a la señora caminando de un lado a otro de la sala y no ejercitando, caminando con un dejo de ansiedad. El gato mira, mueve la cabeza en la misma dirección en la que la señora camina, sin ir a ninguna parte, durante varios minutos. Muchos.

Camina, como hace unos días en la calle. Sin rumbo, aunque con destino. No es igual. Iba a una oficina, hacía cosas de oficina. Guardar un lápiz, atender de mala gana a las personas, revisar con frecuencia el teléfono, hacer comentarios sobre el clima. Luego, salir y volver a saludar al gato.

La señora extraña su vida sin destino, pero con escritorio compartido.

En los periódicos, además de leerse sobre estadísticas de muertes variadas (se habla más, por supuesto, sobre muertes a causa del virus y no de otras, la obesidad, diabetes, golpes en la cabeza asestadas por un macho, atragantaciones, caídas en la ducha…), se habla, y con insistencia, sobre las grandes transformaciones a las que se debe reacomodar la humanidad. En verdad, las sociedades urbanas, con una incidencia abrumadora, en porcentaje. Dentro de estas transformaciones, aparece el mundo virtual como un vehículo transformador, comunicativo, acelerador de la producción, detonante creativo, herramienta emocional, descargador sexual, consejero de toda índole. Vale decir, dios.

En los periódicos, además de leerse sobre estadísticas de muertes variadas (se habla más, por supuesto, sobre muertes a causa del virus y no de otras, la obesidad, diabetes, golpes en la cabeza asestadas por un macho, atragantaciones, caídas en la ducha…), se habla, y con insistencia, sobre las grandes transformaciones a las que se debe reacomodar la humanidad.

Cada quien con la palabra final, la reflexión asertiva y las soluciones precisas. En la economía, en la salud y, por supuesto, en las artes. En este último campo es en el que con mayor peso de las obviedades se lee con bastante frecuencia sobre la próxima, si no la actual, nueva normalidad. Básicamente, se descubre, como se descubrió el fuego, que se trata de una mutación de las relaciones. De los cuerpos a la desaparición de estos como agentes de las expresiones. Del contacto al tacto, a la insonora tecla invisible desde el otro lado. Mutaciones en el con qué decir, no nuevas formas de decir.

No se pierde el sentido de los días, al menos así parece. Los domingos, da ganas de que sea domingo. Leer un periódico temprano, llevar el café a la cama, para nadie, por supuesto. Esas son cosas de otras gentes. Las personas solas se llevan el café a la cama por sí mismas, para sí. Se saludan, se dicen buen día y no contestan. Son a veces maleducadas consigo. Pero no se disputan campo, hay suficiente. Dejan que se enfríe el café o lo que hubiera sido caliente minutos antes. Detienen la marcha de los pensamientos cuando escuchan de pronto cantar a los pájaros que hace tiempo no lo hacían. Se frotan las manos, se disponen a empezar el día. ¿Qué día es hoy?, inquieren. No hay quién conteste.

Lo primero que se aprende en clase, en una suerte de carrera religiosa cuyo profeta está al frente, dispuesto a hacer el milagro de la transmisión de conocimiento, que no de saberes, es a saber dónde se compra las mejores chompas negras con cuello beatle. El resto es cosa de actitud, no de saberes.

Una vez por semana se hace una lista, seguramente lo hacen en muchos casos. Una lista para salir de compras el día que corresponda. De compras. Así se ha decidido desde los estados. Un día para aprovisionarse. No es un día para salir a caminar, o respirar, o mirar cómo crece un arbusto en la esquina. Es preciso salir, aprovisionarse y volver, y para ello es preciso tener una lista. Sin lista, quien salga estará en total desubicación y en pánico. Sin lista no hay paraíso. El mandato es salir a comprar. No salir a amar, amar a la acera, al banco de la plaza o cualquier otra cosa. De personas ni hablar. Las personas que se aman están por lo general sin haberse conocido aún, o si lo hicieron, ahora intentan escabullirse entre los muebles compartidos de una superficie de, con suerte, ciento dos metros cuadrados. Las personas que se aman al parecer son cada vez menos. A mayor posibilidad de estar sujetos a la propia explotación y sumirse en la nueva fe de creerse libres, mayor la confirmación de que el propósito en la vida es el de estar sujetos a nada.

Así, salir a comprar es un imperativo incuestionable. El único.

Las personas que se aman están por lo general sin haberse conocido aún, o si lo hicieron, ahora intentan escabullirse entre los muebles compartidos de una superficie de, con suerte, ciento dos metros cuadrados. Las personas que se aman al parecer son cada vez menos.

Al volver de compras, las listas continúan. Hay una para distintas actividades. Levantarse, hacer desayuno, sortear a quién toca. Limpiar la casa, arreglar cosas. Sentarse a compartir una película de acción o un drama de amor. Luego, establecer una tregua y que cada quien haga lo que quiera. Vale decir, cada quien frente a una pantalla mínima, pretendiendo establecer comunicación y llenando las conexiones del cerebro con información hasta el punto de perder toda capacidad analítica. Luego, más tarde, en la lista dice juntarse a tomar el té y hablar de cosas que se ha leído. Vale decir, comentarios de comentarios de comentarios, en las redes.

Toda apariencia de hermosura, todo un culto al cuerpo, resulta de esta nueva sociedad urbana –sin importar ya la diversidad, salvo las diferencias que las particularidades culturales establecen–, de la nueva construcción del yo, en un yo sin sustancia mayor que la imagen retornada en falsedad. La fotografía extraída del momento. Escindida del tiempo. La imagen que construye una otra realidad aparente, para subir a lo alto de la nueva hostia, un like. De eso están hechas las redes, antes y ahora. Ahora multiplicadas, con nerviosismo, con ataques de ansiedad. Inundadas de una sutil pornografía con la que se expone la emotividad y la vida privada como cerveza en un supermercado. Son los nuevos supermercados en los que no hay materialidad del objeto que se compra, se compra solo luz y onda sonora, pulcras ambas.

Del encierro al tapabocas y de este al tapa todo. Tapa muertos, tapa incendios, tapa cuentas, tapa infieles, tapa fracasos. Habría que elegir entre la extensa diversidad y los ombligos / Ilustración de Andrea Linares estudiante DGR UCB.

Cuando se desarrolló el sample para instrumentos musicales, los músicos intérpretes, instrumentistas, anunciaron su desaparición. No fue así. Ahora andan por ahí, todo virtuosismo, repitiendo modelos, pero rápido. Cuando el cine parecía que iba a terminar con las artes escénicas, no ocurrió. Comenzaron caminos más separados y de tanto en tanto, con ganas de tocarse, de rozarse y hacerse guiños. Es posible que, hoy por hoy, en lugar de pretender que sea todo como siempre, pero sin espacios compartidos, sin cuerpo, sin olor, sin la temperatura de las cercanías, sea más bien tiempo de pensar en otras formas en el arte, no en sus maneras de compartirse. De hecho, el teatro filmado no es teatro. El teatro leído no es teatro.

¿Habrá alguna estadística sobre la cantidad de suicidios durante el encierro? Hay un silencio extraño, como evasión del tema. Sería bueno saber algo al respecto. Es parte del comportamiento de la gente, la forma como enfrenta sus miedos y sus más bajos deseos. Las cosas con las que sueña, las que no cuenta a nadie. Que se quedan rondando los laterales de su andar y se convierten a veces en cuerpo, en cosa, en luminosidad que atraviesa los cuartos. El cuarto. Puesto que hay gente sola, quieta, callada, pensando en quién sabe qué mientras espera algo que no va a pasar. Gente incomunicada. ¿No son prácticamente muertas? Pasando las horas sin importancia alguna. Qué más da si son las 3 de la tarde o las 11 de la mañana. El tiempo es lo que sobra y su orden no influye de ninguna forma, en nada. Esa manera de estar vivos es también una forma de suicidio. Será por eso que no hay cuantificación sobre esta clase de muertes. Son, como dicta el sentido común, muertes naturales.

¿Habrá alguna estadística sobre la cantidad de suicidios durante el encierro? Hay un silencio extraño, como evasión del tema. Sería bueno saber algo al respecto. Es parte del comportamiento de la gente, la forma como enfrenta sus miedos y sus más bajos deseos.

Entre la pared y los deseos.

Del encierro al tapabocas y de éste al tapa todo. Tapa muertos, tapa incendios, tapa cuentas, tapa infieles, tapa fracasos. Habría que elegir entre la extensa diversidad y los ombligos. Habría que seducir a la complejidad para que la antigua binariedad sea un retrato en la casa solariega, en el campo abierto y en las ruinas que guardan secretos que se han convertido en simbología del folclore inmanente y concentrado. Habría que elegir cómo los invisibles hilos de un tejido hacen para cubrirse del espanto.

 

  • Oscar García es músico, compositor, productor musical; escribe y a veces dibuja.

 

 


   

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