Confesiones / Itinerario desordenado

Internet fantasma

Cuando las personas mueren, seres queridos o amigos, sus contactos permanecen en nuestros celulares. Siempre queda la costumbre de enviarles un mensaje un correo, una cadenita de WhatsApp. ¿Por qué no los eliminamos? Quizá porque guardamos la esperanza de una última llamada.
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:04

Carmen Beatriz Ruiz

Hoy mi teléfono me mostró entre los contactos el nombre de mi hermana muerta hace varios meses. Me dio un vuelco el corazón. Primero, pensé que ella me estaba llamando, y me ilusioné. Luego… Recordé. Pensé que lo más sensato era pulsar “eliminar”, pero la misma palabra me dio escalofrío y decidí dejar el enlace. Después de todo, ¿acaso yo no la recuerdo varias veces al día y me sorprendo camino al teléfono para llamarla? –¿Cómo estás, qué novedades?–. Un par de anécdotas de sus nietos y algún chisme familiar bastaban para sabernos cerca.

Pero, no es solo el teléfono. Mi correo electrónico se está poblando de gente muerta cuyos contactos tampoco borro. No quiero echar más tierra que la que sus cuerpos ya recibieron. Prefiero imaginarme un mundo paralelo donde mis muertos están en un estado inefable de paz, mirando cómo los vivos nos debatimos en las prisas y las incertidumbres del diario vivir. Quizá tampoco los borro porque espero que, desde donde estén, me ayuden a perderle miedo a la muerte.

Mi correo electrónico se está poblando de gente muerta cuyos contactos tampoco borro. No quiero echar más tierra que la que sus cuerpos ya recibieron.

A medida que pasa el tiempo me voy convenciendo de que el cuento de la sabiduría de la vejez consiste, básicamente, en que vas acumulando muertos y los consiguientes dolores de sus pérdidas. Con esa acumulación te vuelves llorona o cínica. Cada pérdida es un hueco en la rutina, en los afectos, en las relaciones y en la memoria. Con cada muerto cerramos unos cajones de la memoria y abrimos otros, recreando e inventando recuerdos. Y es que, enterrando sucesivamente a los seres queridos… ¿quién no se hace sabio?

En nuestros dispositivos están, como fantasmas, los contactos de seres queridos que han fallecido.

Con esa acumulación te vuelves llorona o cínica. Cada pérdida es un hueco en la rutina, en los afectos, en las relaciones y en la memoria.

En épocas pasadas, antes del torbellino de la revolución de las comunicaciones, junto con los recuerdos acumulábamos fotografías. Los álbumes y las paredes iban poblándose de sonrientes rostros de familiares, amistades y grupos en los que se mezclaban seres queridos con ilustres desconocidos. Recorrer esas páginas o esos marcos era una inmersión en el pasado, con sus amores, resentimientos, descubrimientos y a veces hasta rencores. En blanco y negro o en colores, nuestra historia, inmovilizada en el papel de las fotografías, nos hablaba.

En cambio, en estos nuevos tiempos que pronto dejarán de ser nuevos, hay ausentes temporales y eternos que siguen rondando en los intangibles espacios de internet. La forma en que se hacen estos registros se simplifica cada día, facilitando su rutina por un número cada vez mayor de usuarios. Ah, pero una cosa es el esfuerzo ligero, el piquete rápido para “añadir” y otra distinta “eliminar”.

La mayoría de las veces, “añadir” suma y establece vínculos para mandar o recibir chistes opas, pensamientos trillados, oraciones que no quieres, innumerables fotos de hijitos, nietitos y mascotas y, quizá, solo algunas veces y en el mejor de los casos, información interesante. Es un acto alegre y desprevenido, casi como un “buenos días” en el vecindario. Parece inofensivo, pero no sabes en qué te estás metiendo.

En cambio, en estos nuevos tiempos que pronto dejarán de ser nuevos, hay ausentes temporales y eternos que siguen rondando en los intangibles espacios de internet.

Antes, una cámara servía para registrar memorias; hoy en día, en la nube están nuestros más preciados recuerdos.

Pero pulsar “eliminar” es un acto negativo, una tirada de puerta en las narices o una paletada de tierra sobre el ataúd. Eliminar a alguien de las redes puede ser un acto agresivo o infinitamente triste. Porque es rompimiento, porque supone decir adiós sin vuelta atrás. Es como regalar la ropa del ser amado que murió. Es aceptar que murió. Y como cuesta tanto, no podemos evitar que en las redes en las que participamos vivan también nuestros muertos.

De ese modo, antes del teclazo fatídico, estamos condenados a la fugaz alegría de ver en la lista del WhatsApp o en el registro del Facebook el nombre y la foto de quien ya no es de este mundo, pero sigue siendo del nuestro… y recordar que ya no está, que su propio nombre es un fantasma. ¿Leerán los fantasmas los mensajes de internet?

...pulsar “eliminar” es un acto negativo, una tirada de puerta en las narices o una paletada de tierra sobre el ataúd. Eliminar a alguien de las redes puede ser un acto agresivo o infinitamente triste.

Así es que sigo teniendo en el WhatsApp los teléfonos de mis hermanos y de queridos amigos muertos; también están en la lista del correo electrónico y, de rato en rato, me aparecen en el Facebook, burlando el dichoso algoritmo de selección. Decidí que no borraría a ninguno. Quién sabe, quizá algún rato mis muertos me llamen o me escriban.

 

  • Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social, profesión que ejerce en las áreas de desarrollo rural y derechos humanos. Escribe historias de vida y narrativa.

 

 


   

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