No quiero votar / CARTELERA

domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Lourdes Reynaga

“No quiero votar, no quiero votar, no quiero votar”, aunque quizás lo más apropiado al contexto sería “no quiero salir”. La primera repetición es el único pensamiento coherente que me asalta en la mañana dominical. Y no es que realmente me preocupe salir y encontrarme de frente con un virus asesino que me ataque (oh, wait, eso ya pasó), o que tema que mi voto desencadene un apocalipsis en los que dinosaurios nazis que escupen fuego dominen las calles y avenidas de la ciudad. En realidad, no sabría explicar mi apatía, el rechazo generalizado que invade mi cuerpecito hermoso. Solo quiero hacerme bolita dentro de mi cama, con la peluda y ronroneante compañía de mis gatitos y ver televisión un rato antes de volver a adormilarme.

“No quiero votar, no quiero votar, no quiero votar”, aunque quizás lo más apropiado al contexto sería “no quiero salir”.

Pero no debo hacerlo, recuerdo entonces mi deber ciudadano, la profunda lucha de muchas mujeres que se sacrificaron para que yo ganase un derecho que ahora quiero obviar (y entonces recuerdo que tengo que cobrar un cheque en el banco y sin el cartoncito de sufragio no podré hacerlo) y decido inspirarme para salir. Y qué mejor que hacerlo con Iron Jawed Angels (Katja von Garnier, 2004 - Disponible en Netflix), una de las películas en las que Hilary Swank explotó al máximo sus capacidades actorales. Básicamente, se trata de una película acerca de sufragistas; de dos bandos, el de las sufragistas que hacen las cosas “como se debe” y el grupo que las hace “como no se debe”, vaya usté a saber cuál es cuál. El punto es que, además de las soberbias actuaciones de las mujeres en cuestión (Swank, Anjelica Houston y Frances O’Connor), esa película debe tener la mejor y más perfecta versión de “Will the circle be unbroken” (la canción de Nitty Gritty Dirt Band), con un acompañamiento de imágenes tan brutal que, si no salen corriendo a votar, algo malo habita en sus corazones.

Básicamente, se trata de una película acerca de sufragistas; de dos bandos, el de las sufragistas que hacen las cosas “como se debe” y el grupo que las hace “como no se debe”, vaya usté a saber cuál es cuál.

Claro que mi lado perezoso no está dispuesto a ceder tan fácilmente. Es terco el condenado y me susurra al oído (justo cuando ya voy calzando mis botines de caminata): “pero, vieja, pensala… ¿por quién vas a votar?, ¿por miau 1, miau 2 o miau 3? Si fueran mejores opciones… todavía...”. Y algo de razón tiene y no se lo puedo negar, si los candidatos parecen salidos de Oh, brother, Where art thou? (Joel e Ethan Coen, 2000 - Disponible en Netflix).

O sea, está el gordito poco popular que ha perdido la credibilidad del electorado, la promesa (no tan) juvenil que no es más que el líder de un grupo de fanáticos de capuchas blancas que desprecia profundamente todo lo que no sea de tono miel o más claro… “¿Te suena?” parece decirme mi lado flojo, acurrucándose en un rinconcito de mi cama mientras me invita a acompañarlo. Y sí, es cierto que la película de los Coen trata más bien de un preso que huye de su encierro para evitar que su exesposa se case con otro, pero no es menos cierto que en el recorrido que sigue y persigue, se atraviesan otras historias y personajes tan increíbles y maravillosos que logran perdurar en la memoria de los espectadores por un buen tiempo; entre ellos estos candidatos trabajados desde el humor más desopilante y que aun así, podrían adecuarse a casi cualquier realidad. Eso sin mencionar la sublime banda sonora, que en cada pieza nos hace pensar que así deben sonar los ángeles en el cielo… O capaz no, o capaz solo suenan así en una versión muy particular del paraíso…

...está el gordito poco popular que ha perdido la credibilidad del electorado, la promesa (no tan) juvenil que no es más que el líder de un grupo de fanáticos de capuchas blancas que desprecia profundamente todo lo que no sea de tono miel o más claro… “¿Te suena?”

Seré una buena ciudadana, lo he decidido. Me levantaré, iré a mi recinto y depositaré mi voto en la urna correspondiente. No me detendré más, no lo pensaré más. Iré tan rápido como mi asma y el barbijo me lo permitan y solo al regresar, solo entonces (con la conciencia tranquila que da el deber cumplido), pondré la última película; el que es, sin duda, uno de mis documentales favoritos sobre Bolivia: Our Brand is crisis (Rachel Boynton, 2005). Que dicen que se ocupa del tema electoral, pero que a mí siempre me ha parecido más sobre lo abigarrados, diversos y jodidos que somos los bolivianos.

 

  • Lourdes Reynaga es escritora, crítica literaria y profesora de tiempo completo. Amante del buen chocolate y orureña de vocación, habita en la ciudad maravilla del mundo junto a sus seis hijos "muy amados en los que deposita todas sus complacencias" (sí, tiene seis gatos).

 

 


   

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