Confesiones / Tinta china

De brujas y calderas humeantes

En un aquelarre bastante particular, para exorcizar demonios personales y fantasmas del pasado, estas brujas consolidaron lazos afectivos y solidarios. Quizás esta experiencia les sirva a todas quienes quieren averiguar cómo hacer conjuros para liberarse de cargas negativas.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:02

Roxana Pinelo

 

Eran las 10 de la noche del 31 octubre de 2008 cuando salí de casa, invitada a un lugar especial, al parecer con una impronta diferente. En aquel entonces, recién cambiaba mi estado civil de casada a divorciada –o soltera, digo yo, como sello personal de rebeldía– y todavía me era muy difícil asimilar el embate del cambio. Sin embargo, esa misma sensación de vuelco de campana que sentía en ese momento, me ayudó a aceptar la invitación sin dudarlo. Me había convertido en una buscadora, en el mejor sentido de la palabra, porque, en aquella dramática etapa, la vida me había dejado sin respuestas. Por lo tanto, como trabajo para acelerar mi recuperación, estaba abierta a toda posibilidad que permitiera volver a juntar las piezas desparramadas en el camino.

Una amiga con la que trabajé en proyectos sobre la mujer me extendió la invitación en medio de insistentes recordatorios. Tienes que ir, cuidado que te pierdas este evento, conocerás brujas sanadoras, me advertía una y otra vez. Mujeres que curan las heridas con palabras y esencias mágicas. Mujeres que escuchan y que te transportan por mundos de hechizos y de ilusión. Mujeres solidarias que comprenden tus estados de ánimo. Brujas de carne y hueso, agregó sonriente.

Octubre, mes de las brujas, decía la invitación. Es hora de que las conozcas, recalcaba misteriosamente. ¿Tengo que ir disfrazada?, pregunté un par de veces. ¿A qué te refieres?, replicó con cierto tono de molestia. A que si tengo que ir de negro y verrugas en la frente para estar a tono, pregunté con absoluta sinceridad. El silencio me hizo una seña, advirtiendo que estaba metiendo la pata y que era mejor dejarse llevar por la corriente.

Tienes que ir, cuidado que te pierdas este evento, conocerás brujas sanadoras, me advertía una y otra vez.

En esa época, ya no me servían las noches en vela, ni la voz de las amigas, ni siquiera los afectos ni catarsis escritas. Mi búsqueda era absolutamente personal e indeclinable y, echando mano a ese espíritu que cada quien talla como puede, estaba decidida a no dejarme vencer por nada ni nadie. Así que cojeando del alma, me miré al espejo para tapar dos enormes ojeras que recordaban la dificultad inicial de una nueva etapa después de 25 años de matrimonio. Quizás me sirva para la reunión, dije en voz alta, mejor no las oculto. Muy a mi pesar, me sentía insegura, como cuando una se acerca a lo desconocido aferrada a estructuras mentales desgastadas con el paso del tiempo.

Solemos imaginar brujas aterradoras, pero el sentido del término es distinto en esta historia, tiene que ver más con la posibilidad de conjurar las malas experiencias mediante la sororidad.

Al llegar al lugar de la reunión, mi amiga y yo subimos en silencio hasta el piso seis de un edificio en la ciudad de La Paz. Y al abrir la puerta, un extraño olor a incienso me saludó de entrada. En cada una de las sillas, alrededor de una mesa cubierta con un mantel de aguayo, siete alegres mujeres reían a carcajadas. Aún conservo en la memoria fotográfica del alma una postal de esa primera impresión que me sorprendió de inicio. De diferentes edades, tan comunes y silvestres como yo, una de ellas, la más joven, dueña de casa, se acercó a saludarme. Así que tú eres Roxana, ven que te presento a las amigas. Una a una se levantaron de los asientos para estrechar mis manos. En seguida sentí calidez generosa, brotando sincera.

...estaba decidida a no dejarme vencer por nada ni nadie. Así que cojeando del alma, me miré al espejo para tapar dos enormes ojeras que recordaban la dificultad inicial de una nueva etapa después de 25 años de matrimonio.

Durante la siguiente media hora, miraba de rato en rato a la amiga que me había llevado, esperando alguna ceremonia que diera por inaugurada cierto tipo de sesión especial y específica. Pero solo había música suave, caipiriñas, sangría y cervezas personales. Alcé una intentando controlar la ansiedad, y entonces una de ellas, quizás la mayor, dio la bienvenida al aquelarre. ¿Perdón?, pregunté. En un momento lo explico, me aseguró, risueña.

A la luz de las velas que fueron encendiendo sin perder la sonrisa, nos sentamos en círculo y una a una contaron sus historias, como quien hace hora, pensé. Las cinco historias que me precedieron me dieron un fuerte golpe en el corazón. Eran testimonios de vidas bastante complicadas, por momentos incluso violentas y, sin embargo, ellas podían compartirlas sin un ápice de dolor, angustia o resentimiento. Aida tomaba la palabra y pedía silencio, como forma de respeto, después de cada relato. Y recordó su propia historia, dura e inconcebible. La pérdida de su hija en circunstancias –en ese entonces– todavía no esclarecidas. Tenía 21 años cuando la encontraron muerta con evidentes signos de violencia, dijo. Y ya son cinco años con sus noches que pido justicia, pero nunca venganza, confesó. Mis oídos no daban crédito a lo que escuchaba. Estaba frente a una mujer argentina que confesaba su profundo pesar, sostenida por las manos de dos mujeres que la escuchaban en silencio. Sus grandes ojos negros se clavaban en los míos como pidiendo mi solidaridad. Rehuí su mirada varias veces. Su historia de vida puso mi piel de gallina y, anhelante, miré hacia la puerta esperando que las brujas sanadoras entraran de una buena vez. Serían ellas las que se encargarían de calmar su dolor. Qué podría decirle yo desde el mío, ahora leve y desdibujado, pensaba.

Las cinco historias que me precedieron me dieron un fuerte golpe en el corazón. Eran testimonios de vidas bastante complicadas, por momentos incluso violentas y, sin embargo, ellas podían compartirlas sin un ápice de dolor, angustia o resentimiento.

Me preguntaron si quería compartir algo, pero no pude hacerlo. Mi historia se quedó atorada en mi garganta a pesar de mis esfuerzos y jalones, así que esa noche callé, y ellas comprendieron. Confieso que miré hacia la puerta pensando que las brujas llegarían quizás con algún manto negro o señal en la cara. Creí que a lo mejor apagarían las luces y abrirían ventanas para mirar la luna y realizar conjuros y hechizos, pero nadie se movía, y menos llegaba. Aida habló de las antepasadas, a quienes tildaron de brujas y de quienes había leído en libros de historia. Habló de sanación, de luz y sororidad. Y sin que nada lo anticipara, sus palabras acariciaron mi alma, intentando sanar mis heridas. Una sensación de libertad me abrazó por la espalda. Me sentía cómoda y reconfortada y, de manera casi instantánea, sucumbí a la fuerza de la confianza.

En los cuentos antiguos, las brujas usan las manos para envenenar. Pero hay brujas que dan la mano franca a las amigas, para ayudarlas a salir de un mal momento.

Las observé una por una. Ahí estaba Aurora, discreta y con el cabello corto e impecable, recuperándose de un inesperado cáncer de mama; Belén, de ojos claros y redondos como dos faros de ruta, víctima de una brutal historia de abuso infantil; Helena, imponente y exuberante, enfrentando una querella injusta a punto de dejarla sin recursos económicos; Gladys, enigmática y de apariencia frágil a pesar de la pollera, aún convaleciente por la muerte de su hijo debido a una grave enfermedad; Mirta, de cabellos largos y personalidad arrolladora, desde el vértigo de una vida de desenfreno, con consecuencias devastadoras por el abuso del alcohol; y Jocelyn, plácida y llena de energía, viviendo una vida tan tranquila como agua de tanque, decía con algún dejo de nostalgia. Lo mío es vivir para aprender, aclaró más de una vez, porque nunca me pasó nada grave. En las conversaciones, no hubo juicios de valor, ni indirectas de medio lado, mucho menos recomendaciones o consejos.

Aida habló de las antepasadas, a quienes tildaron de brujas y de quienes había leído en libros de historia. Habló de sanación, de luz y sororidad. Y sin que nada lo anticipara, sus palabras acariciaron mi alma, intentando sanar mis heridas.

Para mi sorpresa, Aida entró con una caldera humeante y ocho tazas y me miró sonriendo. Las brujas somos nosotras, dijo entre risas, mientras el resto aplaudía, disfrutando mi asombro. ¿Brujas aquellas mujeres tan parecidas a mí? ¿Dónde quedaba la oscuridad, las escobas, el velo de misterio, las arañas y los telares? Aida me tomó de la mano y me pidió que me levantara de mi asiento. En esta noche especial, queremos darte la bienvenida a nuestro aquelarre, nombrándote flamante nueva bruja. Instintivamente me solté y aparté mi mano. ¿Bruja yo? Bruja tú, ¿o acaso no eres sanadora caminante?, me contestaron palmoteando y riendo, desmitificando y barriendo estereotipos y prejuicios.

Doce años más tarde, con una de ellas residiendo en su país de origen y otra que partió físicamente de este mundo, el recuerdo de aquella memorable noche me remite a los efectos benéficos de la sororidad, a la belleza de la amistad sincera entre mujeres, a nuestra sabiduría y capacidad sanadora, a los dones individuales y de grupo, al poder de la intuición, a la sensibilidad femenina, al sello individual, a las diferentes maneras de ejercer nuestros derechos y roles, y a la diversidad de nuestro género.

...el recuerdo de aquella memorable noche me remite a los efectos benéficos de la sororidad, a la belleza de la amistad sincera entre mujeres, a nuestra sabiduría y capacidad sanadora, a los dones individuales y de grupo

Así que, durante los próximos años, hay que recordar cada día que las mujeres somos parte de todos los procesos y que, hoy más que nunca, es imprescindible desarrollar capacidades y fortalecer liderazgos, estrechando lazos, fundamentalmente entre nosotras, desde cada lugar y perspectiva, sin discriminación de ningún tipo.

 

  • Roxana Pinelo Navarro es chukuta chuquisaqueña, amante de la buena vibra, lectura y conversa.

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