Croniquita

Humo sobre el Equi

Un destino azaroso, con cierta dosis de tragedia, marca la historia del Equinoccio, templo del rock boliviano. Con casi tres décadas de existencia, este boliche sopocachino ha sido el refugio de músicos y melómanos, quienes no aceptan la idea de que todos los recuerdos queden reducidos a cenizas. El fuego puede haber devorado el escenario, pero la música sigue allí. ¿Quiénes se suman al pogo?
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:05

Marco Basualdo

 

Domingo 4 de octubre, muy temprano y con apertura de feis. Entre comentarios, esquelas, chistes e imágenes para la banalidad, detuve el cursor en un par de fotos de un lugar que reconocí y que, al parecer, había sufrido una tragedia. Y sí, tal cual, después de husmear entre esas líneas, pude advertir, junto a otros tantos personajes virtuales, que el alto voltaje le había jugado una mala pasada a una de las sedes de nuestro rock. La info descrita decía que muy cerca de la medianoche del sábado, el Equi, el templo paceño –y quizá boliviano– del ruidoso género, ardió. Muchos preguntaban las causas, los pormenores; de inmediato también se sumaban las muestras de solidaridad para con el boliche que, por casi tres décadas, inyectó de música a las noches de la hoyada. Se trataba de un ingrato acontecimiento que movió los sentimientos de quienes, en algún momento, cruzaron su portal. Entonces ese incendio, más que quemar recuerdos, los avivó.

Se trataba de un ingrato acontecimiento que movió los sentimientos de quienes, en algún momento, cruzaron su portal. Entonces ese incendio, más que quemar recuerdos, los avivó.

Trato de hacer memoria, pero no recuerdo exactamente cuándo fue que visité por primera vez el lugar. El Sopocachi de fin de siglo brindaba un abanico de oportunidades para el entretenimiento; la explosión de los pubs se apoderó de aquel barrio, para que la bohemia escupiera lo suyo en arte y, sobre todo, rock del crudo. Las calles de esa tradicional barriada eran, para mí, parte de una ruta en busca de noche a mediados de los 90s; y en uno de esos paseos, el ruido infernal desde el segundo piso de una residencia, sobre la Belisario Salinas, fue el imán que me atrajo hacia el metal.

Los mejores grupos y solistas nacionales se han subido al escenario del Equi.

El Sopocachi de fin de siglo brindaba un abanico de oportunidades para el entretenimiento; la explosión de los pubs se apoderó de aquel barrio, para que la bohemia escupiera lo suyo en arte y, sobre todo, rock del crudo.

“Equinoccio” se llamaba el lugar, y se había mudado allí desde la calle Cañada Strongest, donde el periodista Ricardo Zelaya fundó el boliche en 1992, sin un norte muy bien definido en materia de música, pero sí concreto a la hora de instituirse como un refugio para los artistas locales. El Equi de la Belisario era una guarida de luces, trago y mucho rock, donde muchos tuvimos la oportunidad de presenciar a algunos grupos de futuro prometedor, como fueron los de La Blusera, posteriormente Atajo, o un reencuentro inolvidable entre los Lou Kass Rodrigo Villegas y Martín Joffré para una memorable zapada.

El Equi empezaba a ser un lugar de culto para rockeros hasta que, en abril del 2000, se viviría una primera tragedia que marcaría la crónica maligna de este pub; el piso donde se apiñaba el rock se vino abajo por unos fatales trabajos de remodelación en la planta inferior. “Fue un lunes. Pero el sábado, cuando tocaba el Grillo Villegas, ya empezamos a sentir que la casa se movía, y por suerte no pasó nada. Quien me avisó del accidente fue el músico de Octavia Ricardo Sasaki, que vivía cerca. Cuando llegué al lugar, todo estaba derrumbado, los equipos del Grillo entre la tierra, en fin…”, recuerda Zelaya.  Como consecuencia, el Equi se debía mudar. Y así fue.

Todos esperamos que festejos como el de los 27 años del Equi se repitan pronto.

El Equi empezaba a ser un lugar de culto para rockeros hasta que, en abril del 2000, se viviría una primera tragedia que marcaría la crónica maligna de este pub; el piso donde se apiñaba el rock se vino abajo por unos fatales trabajos de remodelación en la planta inferior.

Justo como bienvenida al nuevo milenio, la nueva casa del rock iba a instalarse sobre la avenida Sánchez Lima, con la infraestructura de una ex churrasquería que cobijaría a las más grandes bandas bolivianas de las últimas décadas (Octavia, Llegas, Hate, etc.) y a un puñado de las mejores agrupaciones y solistas que llegaron al país (David Lebón, Nito Mestre, Santiago Feliú, Guillermo Vadalá, Los Tetas, Luciano Napolitano, Vox Dei, entre muchos otros), quienes actuaron para un público sin dudas selecto.

Y los personajes del boliche también empezaron a ser como sus pilares. Uno de ellos, el periodista Ricardo Bajo, recuerda la primera tocada de los argentinos Attaque 77 en 2001. “El mayor pogo (baile punkero que consiste en empujarse y pegarse con los codos), el más famoso y productivo porque ‘en allá’ se dieron de codazos y brincos lo más selecto de la escena punkie colla y del resto de Bolivia. Al baile más salvaje cayeron de a poquito los músicos de Scoria, los 3.18 que quedaron todos bien ‘chinos’, los Tuberculosos, los Anarkotizados, los Pantano, los Llawar, los Autorev… De aquellos polvos nacieron más tarde las Muñecas Rotas, los Surfing Wagner, los Supay y tantos y tantos chicos y chicas demenciales y acelerados. Años más tarde, los Attaque volvieron a la ciudad, pero ya eran famosos y tocaron en escenarios más decentes que aquellos pocos metros cuadrados del mítico Equi de cambio de siglo”.

El Marathon Rock concitaba el interés y participación activa de medios de prensa y periodistas.

Daniel Zegada, baterista integrante de innumerables bandas de jazz, rock, fusión, también cuenta una de las suyas. “Una vez me saqué los zapatos para tocar descalzo, y al terminar no encontré uno de ellos. Pensé que ya no lo encontraría. Dos horas después lo encontré detrás del escenario, fue muy chistoso”. Esta nueva morada serviría también de plataforma para uno de los eventos más importantes realizados en el país, el Marathon Rock, que tenía como fin motivar a los grupos a lanzarse al escenario, con un premio que prometía la producción, grabación y promoción de su obra. El rock nunca había estado tan mimado.

Una de sus habituales visitantes es la periodista y productora Peggy Martínez, en virtud a ello también nombrada jurado de dicho evento, y quien recuerda al Equi en todas sus facetas. “Cuando fui jurado, una vez tuve que dejar mi puesto a mi compañero de radio, porque la banda que tocaba estaba tan buena que me fui a hacer pogo”, dice con indisimulable sonrisa.

Esta nueva morada serviría también de plataforma para uno de los eventos más importantes realizados en el país, el Marathon Rock, que tenía como fin motivar a los grupos a lanzarse al escenario, con un premio que prometía la producción, grabación y promoción de su obra. El rock nunca había estado tan mimado.

Asimismo, el destacado bajista Alexander Iturralde, endorser de la marca Warwick, también tiene palabras de remembranza a la llamada casa del rock boliviano. “Recuerdo lo ocurrido en la primera Marathon Rock, había gente muy inquieta, inmensos talentos, bandas que, aunque entonces eran nuevas, pocos años después se encargarían de llevar el estandarte rockero alto. Quirquiña, Deszaire, Son Fusión, son solo algunos nombres, creo no equivocarme al afirmar que, durante esa primera Marathon, se estaba gestando uno de los puntos de inflexión más memorables del rock nacional, y sin el Equi esto no hubiese sido posible”.

Hacia fines de 2013, el Equi, convertido en leyenda, fue transferido a manos de los gestores culturales Limberth Alarcón y Diego Valdivia, quienes continuaron avivando la explosión rockera hasta la mal venida cuarentena por el Covid, que los dejó atados de manos, pero, aun así, determinados a salvaguardar esa su factoría de rock, con la actitud del guerrero de los dedos en cuernos. Así empezaron con una serie de ofertas, como su cerveza artesanal (rebautizada como Equichela), el Studio Equinoccio, el cual comprende una sala de ensayos para bandas, equipada con tres sets de grabación destinados a la producción audiovisual, además del Food & Rock, una alternativa de comida rápida con temática rockera vía delivery.

Limberth Alarcón no se rinde, con la ayuda de muchos amigos está planeando el retorno del Equi.

De alguna manera se estaba salvando el perjuicio. Hasta que se sufrió el lamentable hecho del primer fin de semana de octubre. “Los bomberos dijeron que se trató de una sobrecarga en la corriente, lo que ocasionó un corto circuito que dio inicio al fuego”, es la explicación que brinda Limberth. Todo con lamentables pérdidas. “El Equi ha venido reuniendo muchos objetos de valor histórico a lo largo de su existencia, acopiados por el mismo espacio o por obsequios de músicos que tocaron en su escenario; todo eso es una perdida tristemente irreparable, sin duda considerable, y su reposición significará un peso económico muy fuerte”.

Pero, pese a la mala racha, Limberth es optimista. Y con él se solidarizaron músicos y activistas rockeros para aportar con lo suyo a la redención de la catedral del rock nacional. Peggy Martínez, de La Otra Vereda, es quien convocó a varias agrupaciones de la movida paceña para una suerte de Telemaratón en pro del Equinoccio. “Se fueron sumando y llegamos a 30 bandas, hubo una gran respuesta y teníamos que fijar un límite. Todos le tienen mucho cariño al Equi”, dice la productora musical sobre los conciertos planificados para el 24, 25 y 26 de octubre, que serán transmitidos por las plataformas del pub y de la productora de Peggy.

Una sobrecarga pudo haber originado el fuego en el mítico boliche sopocachino.

“Todo esto reconforta el espíritu, y nos da fuerza saber que contamos con tanto apoyo; desde el domingo por la mañana que el celular no deja de sonar, de recibir mensajes de solidaridad; en mi cuenta tengo aun mensajes sin responder, pues son muchísimos, me disculpo por ello. También nacieron iniciativas espontáneas de amigos, se formaron grupos proponiendo actividades específicas, bandas que pusieron sus discos a la venta para donar lo recaudado, otros proponen talleres y que lo recaudado vaya para el Equi o hay quienes se contactan directamente para ofrecer materiales que puedan servirnos para la futura refacción… no hay palabras para tanta muestra de cariño”, cuenta Limberth, claramente emocionado por la actitud de los rockeros unidos bajo una sola bandera: levantar al Equi de esas cenizas.

 

  • Las fotografías son gentileza de los entrevistados.

  • Marco Basualdo es bonaerense, hijo de bolivianos. Como periodista, hizo del desarraigo uno de sus temas preferidos. Escribió Rock boliviano: Medio siglo, donde registra esa complicada aventura de los altos decibeles en el país.

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