Debatir es cosa seria

Páginas honestas / ESPECIAL

Dos bibliófilos se enfrascan en una inusual discusión de cantina. Más inusual resulta la forma en la que se decide quién ganó el debate.
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:03
Este texto es resultado de la invitación a nuestros lectores "Debatir es cosa seria".

Libros viejos y libros "chafas"

Páginas honestas

Óscar Córdova Sánchez

 

Noche acéfala, frío quebradizo y miles de argumentos marcaban el espacio subterráneo del bar chispeante de gritos, bailes y olores. Ambiente apto para poder intercambiar ideas que, posteriormente, quizá llegarían a ser defendidas en una praxis violenta. Ricardinsky y yo nos dirigimos a probar, una vez más, el "elixir de los dioses". El tema a analizar aquel sábado: libros viejos y libros "chafas" (aquellos fotocopiados, clonados, imitados, plagiados). Amena charla para muchos, odiosa para los bailarines arrítmicos que hacían tronar el piso.

Para este debate y futura discusión, cada uno trajo un libro preferido por el otro. El ganador se llevaría ambos libros y pagaría el trago amargo, ardiente y delicioso. Con un k'aj empezamos el debate poco antes de medianoche. ¿Y el juez imparcial que definiría al ganador? Sería escogido entre la muchedumbre danzante.

–Yo, a través del tiempo, reconozco los libros útiles e inútiles que se expenden en varios puntos invisibles de la ciudad. Los secretos se guardan mejor en el bolsillo de otros, viejo. Servite, pues. ¡Salud!

El tema a analizar aquel sábado: libros viejos y libros "chafas" (aquellos fotocopiados, clonados, imitados, plagiados). Amena charla para muchos, odiosa para los bailarines arrítmicos que hacían tronar el piso.

Ricardinsky, en tono elevado y exponiendo sus puntos, nombraba a cada escritor, poeta y, alguno que otro, docente universitario, llamándoles adversarios honestos y obsoletos. Explicaba detalladamente el tráfico de libros viejos alzando la voz y sus manos, esperando la atención de aquellos hombres y mujeres que empezaban a insultar y bailar grotescamente en cualquier dirección, sin dirigir la vista hacia nuestra mesa. Expuso muchos argumentos para justificar la venta de librillos viejos, como: la firma, que le daba valor más elevado, primeras ediciones, colecciones, tomos, diarios, panfletos... es decir, la osadía que había que demostrar al buscar esos tesoros. Además, enumeraba los lugares donde los conseguía: Mercado Lanza, Barrio Chino, las rieles de la Feria 16 de Julio, anticuarios de la Linares, la Ceja, San Pedro y otros lugares que todavía trato de acordarme. Admirable la sinceridad de un hombre de 60 años.

Siempre se puede hallar "tesoros" en las librerías de viejo. / Imagen de Lynn Greyling en Pixabay.

Ricardinsky expuso muchos argumentos para justificar la venta de librillos viejos, como: la firma, que le daba valor más elevado, primeras ediciones, colecciones, tomos, diarios, panfletos... es decir, la osadía que había que demostrar al buscar esos tesoros.

–Ricardinsky, estás borracho y, como siempre, equivocado –replicaba yo, con decisión y seguridad. Así, empezaba mi turno de exponer mi posición. Mi argumento se basaba en que la adquisición de libros, de fotocopiadoras o librerías, sintetizaba la importancia de los libros difíciles de encontrar; libros académicos que eran caros, pero que, gracias a la fotocopiadora, reducían su precio y así llegaban a más gente. Mencioné la utilidad de imprimir archivos PDF y librillos que ni siquiera llegaban al país en su versión original. Y así mi argumentación discurrió también por otros aspectos, como ferias del libro, derecho universal a la lectura, etc.

El caso es que, con el paso de las copas, nuestras ideas empezaban a deformarse.

Era la una de la mañana, no había dinero y los libros seguían en nuestros bolsillos anchos. Antes de agarrarnos a golpes, llamé a la mesera. Aceptamos que ella podía ser la juez imparcial. El veredicto lo dio ella: besó ambos libros y eligió al que, según su percepción, tenía mejor aroma y sabor. Y Ricardinsky sonrió victorioso.

Antes de agarrarnos a golpes, llamé a la mesera. Aceptamos que ella podía ser la juez imparcial.

–Oscarito, los objetos viejos están llenos de vivencia y utilidad.

Cumplí el trato, pagué el servicio del bar y, también, pagué las puteadas de mi mamá por no contestar el celular. Ricardisnky obtuvo doble premio. El último lo obtuvo por un libro.

 

  • Óscar Córdova es es estudiante de medicina y gestor cultural en NEXOS Bolivia.

 

 

 

 

 

 

 


   

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