CRÓNICA

Una abuela pro aborto

Rumbo a la catedral, se diría que esta señora mayor de canas blancas estaba lista para entonar salmos y rezos. En cambio fumó cigarrillos negros, alzó pancartas y junto a otras mujeres a voz en cuello gritó algo. ¿Qué fue?
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:11

Nathalie Iriarte Villavicencio

 

En algunas imágenes de Facebook, Lupe tiene la apariencia afable de cualquier abuelita sesentona y mira embobada a su nieto de dos años. Y en otras aparece menos azucarada, casi gritando, con el rostro enojado, con gesto de sermón de abuela.

Una de la últimas fotos que le hicieron cabreada corresponde a la mañana del 28 de mayo de 2015. Aquel día, Lupe Pérez —cabello corto y cano, manos cubiertas de pecas, rostro con arrugas— caminaba por la plaza principal de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Iba a paso rápido hacia la catedral. Parecía una doña a punto de entrar a misa para cantar salmos y repetir rezos compradores de redención. Pero no lo era.

Ilustración de Andrea Linares / DGR-UCB

Cuando llegó a las escaleras de entrada de la iglesia, se sentó y hurgó su bolso. Buscaba algo. La viejita canosa sacó un cigarrillo negro y lo fumó mientras ese algo llegaba. Unos minutos después, varias mujeres se unieron a ella en las escalinatas. Todas la saludaban como reportándose, como esperando una voz de mando. Cuando se juntaron más de quince, Lupe les animó a sacar las pancartas y carteles que ocultaban en sus carteras. Todas se pusieron de pie con los brazos mirando al cielo y Lupe —con acento mitad cubano mitad del oriente boliviano— comenzó a gritar a voz en cuello:

—¿Qué queremos?

—¡Aborto seguro! ¡Despenaliza mi decisión! —respondieron todas al unísono.

Los gritos y las pancartas hicieron voltear cabezas.

La abuelita de aspecto inocente no había ido a la iglesia a cantar salmos, sino a pedir la despenalización del aborto en Bolivia.

El coro que se escuchó aquella mañana en las puertas de la catedral no repetía ni un avemaría ni un padrenuestro. “Saquen sus rosarios de nuestros ovarios”, “yo aborto, tú abortas, todas abortamos”, “mi cuerpo, mi decisión”, decía.

Ilustración de Ana Belen
Sanabria Tovar / DGR-UCB

(...) mi aspecto me da el beneficio de la duda. Algunas al verme dicen: “esta señora llena de canas seguramente me va hablar de la moral y las buenas costumbres”. Pero luego me escuchan hablando de sexo por placer, de aborto y de romper con el patriarcado y deben decir: “Dios mío, esta vieja impúdica de dónde coño salió”.

—Yo nací en La Habana en 1953. Soy una adulta mayor asumidísima. Pero ya tú sabes: mi aspecto me da el beneficio de la duda. Algunas al verme dicen: “esta señora llena de canas seguramente me va hablar de la moral y las buenas costumbres”. Pero luego me escuchan hablando de sexo por placer, de aborto y de romper con el patriarcado y deben decir: “Dios mío, esta vieja impúdica de dónde coño salió”.

Lupe ríe a carcajadas. Está sentada en una silla de plástico en el patio de una casona antigua del centro de la ciudad, en la sede de la organización feminista que preside desde hace tres años: el Colectivo Rebeldía.

El Colectivo Rebeldía es una de las dos organizaciones feministas más importantes del país. Lleva años impulsando el debate en torno a la despenalización del aborto; cuenta con nueve mujeres y un solo hombre como equipo fijo; tiene al menos un  centenar  de  voluntarias que ocasionalmente se adhiere a sus actividades; y sus áreas de acción, además de la despenalización del aborto, incluyen temas como la diversidad sexual, el VIH, la violencia contra la mujer y los derechos sexuales. Para Lupe, la decisión sobre el cuerpo de la mujer no puede dejarse a la Iglesia o a los grupos conservadores y moralistas. Y menos aún, en un país como Bolivia, con tasas altísimas de mortalidad materna.

En 2010, Bolivia ocupaba el segundo lugar del ranking de mortalidad materna de América del Sur —detrás de Guyana—. Aquel año fallecieron 180 mujeres por cada 100.000 embarazos y, según el Colectivo Rebeldía, entre el 20 y el 30 por ciento de esas muertes estuvo asociada a abortos ilegales.

Ilustración de Andrea Linares / DGR - UCB

Según Lupe —y su agrupación—, la despenalización del aborto ayudaría a disminuir estas cifras de manera considerable. En Uruguay, señala Lupe, desde que se permite la interrupción del embarazo hasta la duodécima semana de gestación, la mortalidad por esta causa ha desaparecido por completo.

En 2010, Bolivia ocupaba el segundo lugar del ranking de mortalidad materna de América del Sur. Aquel año fallecieron 180 mujeres por cada 100.000 embarazos y, según el Colectivo Rebeldía, entre el 20 y el 30 por ciento de esas muertes estuvo asociada a abortos ilegales.

—Conocí a Lupe hace unos 10 años. Yo la veía como a un bicho raro. En mi comunidad, la gente decía: “ya viene la vieja amachada”, “ya llegó la lesbiana”, “seguro que esa mujer es así porque no tiene ni marido ni hijos”. Al principio, hasta yo pensaba eso, pero luego supe que Lupe tenía marido y un hijo. De a poco, ella nos fue enseñando cosas relacionadas con la defensa de la mujer, a nosotras, que no conocíamos las palabras vinculadas al feminismo: orgasmo, ovarios, aborto legal.

Eva se ríe al recordar sus primeros encuentros con Lupe. Su sonrisa es franca, enorme. Carece de cuatro dientes  frontales. Y dice  que  se  considera  una mujer fuerte, una “rebelde”, pero una al verla piensa todo lo contrario. De cerca es una mujer pequeña —apenas llega el metro cincuenta de estatura— que tiene los rasgos ampulosos de las indígenas chiquitanas.

A los nueve años, Eva fue regalada por su familia a una mujer que la llevó a Brasil para trabajar como empleada doméstica. A los 19 años, volvió a su comunidad para reencontrarse con su gente. Desde entonces, cerca de un pueblo llamado San José de Chiquitos, ha recibido  capacitaciones constantes a cargo del Colectivo Rebeldía y se ha convertido en una de las líderes indígenas más importantes de este movimiento en defensa de la mujer que trata  de promover la despenalización del aborto en Bolivia.

Ilustración de Ana Belén /
DGR-UCB

 A los nueve años, Eva fue regalada por su familia  a una mujer que la llevó a Brasil para trabajar como empleada doméstica. A los 19 años, volvió a su comunidad (…) y se ha convertido en una de las líderes indígenas más importantes de este movimiento en defensa de la mujer que trata  de promover la despenalización del aborto en Bolivia.

Son las tres de la tarde de un lunes 11 de mayo y Lupe y Eva están juntas en el Centro de la Cultura Plurinacional de Santa Cruz de la Sierra para dar una ponencia sobre la sexualidad de la mujer indígena. Para venir hasta aquí, Eva  salió  de  su  comunidad de 15 casitas temprano y tuvo que viajar alrededor de dos horas por un camino de tierra y más de seis horas en coche por la carretera.

A veces, Lupe también recuerda cómo fueron los primeros encuentros con Eva:

—Eva tiene dos hijos de hombres distintos que no se responsabilizaron de ellos. Cuando la conocí, yo estaba capacitando (a los miembros) de algunas comunidades sobre violencia, sobre relaciones de género y sobre uso de preservativos. Allá la gente tenía la idea de que el preservativo era únicamente para las prostitutas y nadie quería utilizarlo. 

Pero comenzaron a temer al VIH porque los hombres salían a buscar mujeres de La Piñata, el prostíbulo de San José, el pueblo “grande” más cercano. Antes de que apareciera Lupe, las mujeres no conocían la palabra orgasmo y nadie sabía nombrar sus órganos reproductivos. Hoy, en cambio, Eva es una experta en impartir charlas sobre sexualidad, da asesoría a menores de edad que cargan con embarazos no deseados tras haber sido violadas y es una de las principales promotoras de la despenalización del aborto.

—Para nosotras, el aborto siempre ha existido —explica—, pero nadie va a un médico a hacérselo. Eso es muy caro y no tenemos hospitales. Los métodos de aborto entre las indígenas chiquitanas pueden ser: enojar al marido para que te pegue una paliza y se salga el niño; treparte al árbol más alto que encontrás y lanzarte de ahí, el golpe te hace malparir fijo; tomarte unas raíces amargas que te hacen vomitar y tener diarrea hasta que abortás; o alzar cosas pesadas para que el esfuerzo haga que se desprenda el muchacho. El problema es que todas esas cosas hacen que las mujeres se enfermen, se quiebren un brazo o una pierna o se mueran.

Eva tiene terror a esos métodos “tradicionales” y también a Dios. La etnia chiquitana fue evangelizada hace más de 400 años por curas católicos españoles y sus miembros tienen todavía una relación fuerte con la Iglesia. Para muchas mujeres chiquitanas, por ejemplo, el aborto es un pecado gravísimo y no debería ser legal. Para Eva, sin embargo, la muerte de una madre es un pecado mayor, y por eso defiende el aborto.

—Yo trabajaba como pedagoga, mi área era la educación para la equidad y la educación no sexista —rememora Lupe.

Lupe llegó a Bolivia en 1995 porque se había casado con un boliviano en La Habana y su pareja quería volver a su tierra. Comenzó a trabajar como maestra en la Universidad Católica Boliviana. Era muy respetada en su área, pero la Iglesia católica no aceptaba a docentes pro aborto entre sus maestras. Con el tiempo, ganó visibilidad como militante feminista del Colectivo Rebeldía y se quedó sin trabajo por culpa de “la causa”.

Ilustración de Luciana Noriega
/ DGR - UCB

—Me echaron por malcriada. No por lo que hacía dentro de clases, sino porque les molestaba lo que hacía fuera de clases. Decían que yo era muy mal ejemplo para los alumnos.

Lupe se indignó. Nunca había recibido quejas por su rendimiento y no acababa de entender que la palabra aborto fuera “mala palabra” para la Iglesia. Cuando la despidieron, era una de las pocas mujeres que hablaba de despenalización del aborto en la televisión boliviana, y la punta de lanza de una campaña a favor de la interrupción del embarazo que se inició en 1996.

—Mi militancia se volvió (después) más personal, y desde adentro. Yo venía de un lugar donde la interrupción de un embarazo era una decisión de la mujer. En Cuba uno elige. Cuando vine a vivir a Bolivia, me di cuenta de que aquí estaría en conflicto si tenía un embarazo no deseado. Aquí tendría que entrar en un circuito de criminalidad y de ilegalidad. En Cuba eso no es así.

Lupe recuerda que en Cuba, cuando una mujer se entera de que está embarazada, lo primero que el médico le dice es: “¿Lo va tener?”. Por eso no concibe que en Bolivia no le dejen decidir legalmente sobre su cuerpo.

Cada 27 de mayo Bolivia celebra el Día de la Madre. La fecha fue elegida para recordar la batalla de La Coronilla, un combate que tuvo lugar en 1812, durante la Guerra de la Independencia. La historia cuenta que los soldados realistas  vencieron a los locales y que luego asesinaron a unas 30 mujeres que se habían atrincherado en Cochabamba en un último intento por defender una ciudad que se había quedado sin soldados.

Ilustración de Luciana Noriega
/ DGR - UCB

Lupe cree  que  celebrar  este  día  es  una  burla para la mujer boliviana. Este año la abuelita sesentona tuvo la oportunidad de asistir al típico agasajo para las madres que organizaba la guardería donde estaba su nieto, pero se rehusó. Y en lugar de festejar refunfuñó durante varias horas mientras vaciaba una cajetilla de cigarros negros y publicaba sus pensamientos en Facebook:

“Estoy podrida de esta porquería de las madres. Unos tarados convirtieron esta fecha en un pretexto para meternos el patriarcado en la mente con el cuento de que solo servimos si somos madres. Las heroínas de la Coronilla no eran solo madres, eran mujeres y punto”.

Su post fue un fracaso absoluto: apenas consiguió unos cuantos “me gusta”.

Aquel día los estados más populares de Facebook no hablaban ni de la mortalidad materna ni de la interrupción del embarazo. Aquel día contenían fotografías de madres e hijos sonrientes que posaban para la cámara.

 

  • Nathalie Iriarte Villavicencio es periodista. Publica en revistas de Bolivia, México, España y EEUU. Fue finalista del Premio Gabriel García Márquez 2015, becaria del Gobierno de EEUU en el programa IVLP en Periodismo de Investigación y obtuvo la Beca Gabo de Periodismo Cultural en 2017.

  • Este texto fue publicado originalmente en el libro Latinoamérica se mueve. Crónicas sobre activistas, Hivos  Latinoamérica, 2016.


 

 

 


   

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