Confesiones

Migrantes digitales y no digitales

De WhatsApp a Telegram, de Venezuela a Bolivia, las migraciones continúan. ¿Cuánto vale un fajo de billetes venezolanos? Lo que usted quiera, son solo "un recuerdo".
domingo, 1 de noviembre de 2020 · 00:02

Lucía Camerati

 

Hubo un día en el que muchos comenzaron a migrar digitalmente a Telegram, la “competencia” de WhatsApp que promete mucho. Allí es más fácil pasarse fotos, mandar audios y conservar documentos.

Hubo un día en el que todos nos sentimos incómodos porque algunas cosas no se pudieron hacer.

Antes de la pandemia, ellos estaban en todas partes. Esos migrantes no de aplicaciones, sino de países, de realidades. Recuerdo que en un lugar de comida rápida no me había dado cuenta del alboroto que sucedía en una mesa un poco más allá. Una de las responsables había estado discutiendo con dos niños venezolanos que conversaban con una pareja de clientes.

Antes de la pandemia, ellos estaban en todas partes. Esos migrantes no de aplicaciones, sino de países, de realidades.

La chica les había dicho: “Por favor, chicos, no pueden molestar a los señores, please. Tienen que salir”.

El pan de cada día, podríamos pensar. Pero la respuesta de Cleyder, uno de los niños, fue la siguiente: “¡¿Cómo que please, cómo que please, se dice ‘por favor’. Usted se cree de otro país o me está diciendo pis?! Se dice por-fa-vor. ¡Hábleme en español!".

¿Se dan cuenta del capital cultural que hay en las calles? Me puse a conversar con ellos durante media hora, ya afuera del lugar, y esos niños hablaban con un léxico, con una soltura y elocuencia envidiables. Nada que ver con nuestros convenidos prejuicios. Los niños sujetaban los fajos de dinero venezolano para regalar a las personas que les daban lo que sea; ni siquiera lo estaban vendiendo, lo cambiaban por lo que sea. "Es como un recuerdo”, me decían.

La migración venezolana ha ido en aumento y es más visible en las ciudades del eje troncal del país / Fotografía de archivo, Página Siete.

¿Se dan cuenta del capital cultural que hay en las calles? Me puse a conversar con ellos durante media hora, ya afuera del lugar, y esos niños hablaban con un léxico, con una soltura y elocuencia envidiables. Nada que ver con nuestros convenidos prejuicios.

Vivían en El Alto –quizás aún siguen allí– y todos los días bajaban al centro de la ciudad. Más allá de pedirte una ayuda a cambio de aquellos billetes sin valor, regalaban una conversación inolvidable. Estuvieron en Ecuador, en Perú y en Bolivia.

Uno de ellos me dijo, mostrándome un billete boliviano: “¿Te imaginas que todo en mi país se arregle? Iríamos allá, regalaríamos estos billetes y diríamos: Oiga yo soy un niño boliviano, auténticamente boliviano, las cosas están mal en mi país”.

Al dejarlos, un amigo me escribía que en esa época, con las caídas de una y otra plataforma, la gente es nomás migrante digital. Cómo es la vida, ¿no? Estamos viajando más que nunca. Cambiando de un lado a otro, desprendiéndonos del encierro, ¿qué será de Cleyder y del otro pequeño?

 

  • Lucía Camerati es confundida de rostro cada vez, pero sabe esconderse bajo el pretexto de homenajear a Pessoa. Cada que puede hace dietas ayurvedas. El año pasado aprendió a nadar. Le encanta husmear en las bibliotecas de las personas.

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