A Moscú, con amor / CARTELERA

domingo, 22 de noviembre de 2020 · 00:00

Mar Buendía

Hace exactamente un año, un viernes 22, Moscú llegó a mi vida. No había planeado tener un gato aunque los amaba desde siempre y ni siquiera había pensado muy bien cómo se transformaría mi vida con un felino en casa. Pero a veces el universo se abre paso y decide por uno, ya luego todo encuentra un orden.

Nuestro primer encuentro fue como la aparición de Leonardo DiCaprio en The Great Gatsby (Baz Luhrmann, 2013). Un día antes, cuando una amiga me ofreció adoptarlo, ya empezábamos a hablar de él. A imaginarlo, a tejer rumores sobre lo que sería su vida conmigo, hasta que la noche siguiente finalmente apareció: un pequeño tigre llorón y precioso. Sí, también hubo fuegos artificiales en nuestro encuentro; el momento en que lo abracé por primera vez nuestros corazones latieron y nos supimos perfectos el uno para el otro. Perfectos como Gatsby y Daisy, en versión madre e hijo, aunque también fugaces como ellos.

“El amor es una cuestión de tiempo” dice Tony Leung encarnando al escritor de ficción en 2046 (Wong Kar-Wai, 2004), pero con Moscú fue instantáneo. Al igual que el protagonista cantonés yo tenía que escribir por trabajo y aunque no estaba sola en la habitación de un hotel como Chow Mo-wan, también pensaba en el amor. En los amores imposibles, el destiempo del amor y la capacidad de amar a un ser que no es de nuestra misma naturaleza.

Moscú me ganó. Me robó por completo el corazón y mi único mundo fue él. Lo sabía, todos los que me siguen en Facebook e Instagram lo sabían. Era un gato especial, en todo sentido. Decía “mamá”, comía lo mismo que yo y amaba pasear alzado por las calles. Dormía con música, pegado a mi cuello. Era mi “carta de tránsito”, aquella que Ilsa y Rick en Casablanca (Michael Curtiz, 1942) no llegaron a utilizar juntos. Su lengua tibia y rasposa en las mañanas bien podría haber sido el segundo beso más famoso del cine. Y así cada día.

Lo vi crecer y convertirse en el perfecto compañero. No era un extraterrestre como E.T. (Steven Spielberg, 1982) pero fuimos dos criaturas sin nada en común que convivieron once meses en catastrófica armonía. Felices, hasta el 1 de septiembre cuando la frase “Nos estamos muriendo” no aludió a un niño y un alien, sino a un gato y su humana. A las 3:48 mi Moscú dejó su forma física y partió hacia las estrellas, no en una bicicleta, pero definitivamente con la luna de compañera.

A Ilsa Lund (Casablanca) le quedó París, a mí, aunque ya no esté, siempre me quedará Moscú.

 

  • Mar Buendía es la afortunada humana que recibió al mejor ser de luz del universo. Hoy, tratando de comprender los designios de ese universo, adoptó a Berlín y Toulouse, siempre teniendo a Moscú como estrella estelar.

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