"El fútbol es otra homosexualidad tapada" / CARTELERA

domingo, 29 de noviembre de 2020 · 00:00

Lourdes Reynaga

 

“El fútbol es otra homosexualidad tapada / Como el box, la política y el vino”, escribió el chileno Lemebel, con esa irreverencia tan propia de sus crónicas y textos (prosi)poéticos, con el activismo a flor de piel. Probablemente Emir Kusturica no conocía esa cita en el momento en que se decide a rodar un documental acerca de Diego Armando Maradona –El Pelusa, El Barrilete Cósmico, Diegol, D10S–, y nunca sabremos si la hubiera ignorado o si hubiera aprovechado las palabras del chileno para insertar un guiño en el rodaje.

En los últimos días, la muerte del ídolo argentino ha retornado su vida, sus logros profesionales y sus cuestionables conductas personales a la mesa de discusión y esto ha hecho que volver a ver Maradona by Kusturica (2017) sea una casi obligación para buena parte de la población seguidora del deporte favorito de masas y multitudes.

–Pero, a ver, es que no entiendo… O sea, es que no me va ni me viene, honestamente me da igual –La Mar bebe de su soda con ese aire de seguridad que sabe imponerse en las discusiones.

–Bueh. En un país repleto de fanáticos del fútbol no es tan extraño que sea noticia de primera plana…

–No sé, che, es que es como un tipo más, un buen deportista, pero y qué…

Y leo en su tono algo que de vez en cuando reaparece, que parece susurrarme al oído que, pese a nuestra amistad, a las cosas compartidas y vividas en mutua complicidad, seguimos siendo habitantes de dimensiones diferentes (diríase paralelas) en un multiverso enorme y que quizás es solamente una cierta distancia generacional.

Quiero hablarle de la dimensión simbólica de la mano de Dios, del contexto en que Argentina derrota a Inglaterra en el único terreno en el que podía hacerlo en ese momento, en todo lo que representó ese partido. No en vano Kusturica lo recrea como el enfrentamiento entre una figura de Maradona dibujada, versus las caricaturas de miembros de la realeza inglesa; no en vano las repeticiones de los partidos de Maradona tienen como soundtrack el “God save the Queen” de los Sex Pistols. Y es que por donde se vea, el documental de Kusturica exuda anarquía e irreverencia (quizás unas cansadas y hasta pasadas de moda para un mundo en donde “progre” y “zurdo” han devenido en insultos). 

Quiero hablarle de la dimensión simbólica de la mano de Dios, del contexto en que Argentina derrota a Inglaterra en el único terreno en el que podía hacerlo en ese momento, en todo lo que representó ese partido.

Quiero contarle acerca de los procesos sociales y de la construcción de comunidades a partir de los eventos futbolísticos. De las dinámicas económicas y sociales que se desarrollan en los mismos y que están configurando un nuevo horizonte a estudiar por las ciencias sociales, pero de pronto, todas esas interpretaciones y lecturas sesudas, académicas, se me antojan insuficientes. Porque la única explicación posible y válida en este aspecto, el único enunciado que emerge en mi mente con la contundencia que solamente tienen las verdades irrefutables es: “Si no lo sientes, no lo entiendes”.

Kusturica y Maradona durante el rodaje del documental.

Es que explicar una pasión es imposible, lo supo Roland Barthes cuando quiso hacerlo con el discurso amoroso, lo supo Lemebel en la carta que le escribe al Subcomandante Marcos. La pasión puede inspirarse y contagiarse, imitarse o reproducirse, es la clave del arte, pero no puede explicarse.

Le queda también claro a Francella, personaje de la película El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009). Y aunque esta historia va por otro lado –la resolución de un crimen brutal en el que participa un hombre que va esquivando a la justicia–, el ingrediente clave en la (primera) cacería del culpable, tiene que ver con la pasión. Como dice el propio Francella, amigo del eventual investigador: “El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios, pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín, no puede cambiar de pasión”. 

El cebo entonces está definido. Los representantes de la justicia ya tienen una pista, y, aunque los argumentos no parecen del todo convincentes, la persecución en el estadio revela que el criminal no ha podido huir de aquello que verdaderamente le apasiona. Tal como un animal sediento, ha tenido que presentarse en el encuentro y verlo, emocionarse, sufrir, con lo que sucede a varios metros de donde se encuentra. Porque, aunque no se explique a sí mismo su forma de actuar, está en el partido, en las bancas de la hinchada de su equipo, siguiendo lo que sucede, festejando los goles, dejando que lo invada la sensación que los hinchas conocemos tan bien, de que toda nuestra vida se está jugando frente a nuestros ojos, en el movimiento de la pericia de los pies de alguien a quien ni siquiera logramos ver con claridad. Pero está, existe y lo sabemos, y lo seguimos y, por un momento, ya no somos parte de una multitud, sino somos uno con ella y comprendemos la catarsis y la dimensión simbólica y le damos un nuevo sentido al nosotros mayestático (aunque no racionalicemos nada de eso en ese momento) porque, en el instante del triunfo, nuestro vecino en la cancha no es ya un desconocido, no es el que tiene una postura política opuesta, no es el que nos ha quitado la posibilidad de comprar el último sándwich en el descanso, es nuestro hermano de sufrimientos y de alegrías, de emociones compartidas, es el que abrazamos cuando suena el silbato final y nos sabemos campeones y nuestras gargantas se desgarran al mismo tiempo en los mismos gritos celebratorios, porque finalmente nuestra naturaleza animal ha emergido y nos ha dejado en paz con el universo… Y sabemos, muy adentro, que la pasión ha vencido al razonamiento e incluso al lenguaje.

Pues sí, no es que quiera espoilear la película, pero la primera cacería del criminal sucede durante un partido de Racing, equipo del que es hincha. Habrá otras más a lo largo de la historia, y en el documental de Kusturica habrá otras lecturas de los lados perfectos e imperfectos de Maradona; habrá momentos en los que el documentalista se engolosine y se contagie de la pasión del futbolista y termine haciendo dialogar imágenes de sus películas con las historias que éste le narra. 

“El fútbol es otra homosexualidad tapada”, dijo Lemebel, comprendiendo que, al definirlo de esa forma, lo estaba asimilando también como parte de su identidad. Y solamente alguien que comprende lo desgarrador de una pasión, puede equipararla a algo que configura su propia identidad. 

Por cierto, ya que estamos en esto, vean Fuertes (Salazar y Traverso, 2019), la película en que se muestra cómo jugadores e hinchas de The Strongest se unieron a la Guerra del Chaco.

 

  • Lourdes Reynaga es escritora, crítica literaria y profesora a tiempo completo. Amante del buen chocolate y orureña de vocación, habita en la ciudad maravilla del mundo junto a sus seis hijos "muy amados, en los que deposita todas sus complacencias" (sí, tiene seis gatos).

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