Croniquita

Cuando el balón rueda en el Plan

Un arquero llegó a acariciar la gloria, pero se dejó tentar por el alcohol; como dice el cliché de los comentaristas deportivos: “le faltó el centavo para el peso”. Décadas después, la vida le ha dado una segunda oportunidad, pero en el Plan 3000 hay otros casos menos afortunados, mientras el balón sigue rodando en esta barriada cruceña.
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:05

Rocío Lloret Céspedes

Aquel día, Wilson Negrete conoció la gloria. Aquel día, hace casi 40 años, atajó goles y su equipo dio la vuelta olímpica. Aquel día, un domingo de julio de 1979, Santa Ana de Yacuma (Beni) celebraba su fiesta patronal. Aquel día, corrió dinero, alcohol y comida. Aquel día, Wilson Negrete selló su suerte.

“Ese día ganamos el campeonato y ahí empecé a beber. Veinte días duró la fiesta. Mucha plata corría en ese pueblo. Había banda, amplificador, cerveza. A mí me veían y, paj, me ponían un papelito en la mano. Cuando miraba, eran 20, 50, 100 dólares de lo que aportaba la gente”.

El joven arquero llegó a Santa Ana en una avioneta de Roberto Suárez Gómez el denominado “rey de la cocaína”. Él mismo lo mandó llevar a su pueblo, anoticiado de su habilidad para atrapar balones. 

De buena estatura, delgado y manos grandes, a los 19 años estaba listo para jugar a nivel profesional. Para él, era la oportunidad que la vida le presentaba después de años de sufrimiento, de dormir en las calles siendo un niño y de tener que trabajar pese a su corta edad. 

El joven arquero llegó a Santa Ana en una avioneta de Roberto Suárez Gómez el denominado “rey de la cocaína”.

Y fue nada menos que Víctor Agustín Ugarte, considerado el mejor futbolista boliviano entre las décadas del 40 y 60, quien ya retirado lo vio y no dudó en llevárselo a La Paz para que jugara en Chaco Petrolero, que por entonces estaba en la Liga. 

Hay una veintena de canchas en el Plan, representan la esperanza de un futuro mejor para varios niño.

Era la gloria y el golero había comenzado a tocarla aquel domingo en su natal Beni, la tierra que dejó a los diez años, cuando su madre viuda decidió iniciar otra vida en Oruro, con su nueva pareja y sus tres hijos a cuestas.

“Allá, mucha huasca era. Con palo, con manguera, con lo que pillaba me daba. Un día le agarré la mano y le dije: ‘por favor, mamá, ya no me pegue, porque le voy a responder’. Me miró y me sacó de la casa. Yo pensé que se le iba a pasar, me fui a la esquina y ahí me quedé esperando a que me llame pa almorzar. Vino la cena, nada, ocho, nueve de la noche. Cuando acordé, las luces de la casa, pum-pum-pum, se apagaron”. 

Esa fue la última vez que Wilson supo de su familia. Tras dos semanas de dormir en la calle, cubierto con cartones y el cuerpo de su perro Jack, se fue a Cochabamba y, meses después, a Santa Cruz. Trabajó como mesero, ayudante de cocina y albañil, mientras que en sus ratos libres entrenaba solo o iba a ver a los jugadores de Real Santa Cruz.

Un día le agarré la mano y le dije: ‘por favor, mamá, ya no me pegue, porque le voy a responder’. Me miró y me sacó de la casa.

Ya joven y con un empleo estable que consiguió gracias al balompié, regresó a Beni de visita, pero se quedó varios años. “A la semana que llegué, debuté y ganamos. Contenta era la gente, no pues, me hice famoso. Me convocaron a la (selección) sub 19, ya me quería un equipo, otro, me ofrecían trabajo, plata. Era el mejor arquero del Beni y ahí conocí a la madre de mis tres hijos”.

Diez años después de haber partido de Oruro, casado y con dos niños, el guardameta retornó como la flamante contratación de San José. Ese día, su madre le pidió perdón. “‘Yo te dije que estaba vivo’, le dijo mi padrastro”.

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El capitán de los ‘Chiquilín linlines’ de la escuela de fútbol Turbión 83 tiene siete años y mide un metro diez. Delgado como un alfiler, su diminuto cuerpo se pierde en el uniforme para entrenar.

–Yo soy el capitán, ¿no profe?

–Sí, claro, mijo, usté es el capitán.

En diciembre de 2016, el capitán era solo un chico al que apodan “Brandon”, nadie sabe bien por qué. Cierto día su madre mandó a preguntar si podían recibirlo, preocupada porque llegaba tarde a casa y andaba en malos pasos. 

Wilson Negrete, el fundador y entrenador de la escuela, aceptó. “¿A vos te gusta jugar?”, preguntó y el chiquillo dijo, “sí”. Entonces escogió su mejor balón y lo puso a rodar a sus pies. Después de verlo feliz, le propuso ser el capitán de la categoría Sub 10, a cambio de que no volviera a portarse mal.

Por esta escuela, situada en la urbanización Paraíso del Plan, pasaron varios chicos como “Brandon”, provenientes de hogares pobres, familias desintegradas, víctimas de violencia o todos esos problemas a la vez. La mayoría sueña con jugar a nivel profesional, pero, a medida que van creciendo, terminan en ligas barriales, donde –si son buenos– les pagan por jugar.

Para el profe, talento hay, pero falta igualdad de oportunidades. “Hay chicos que no tienen para comer, y si no tienen para comer, no se les puede exigir que entrenen bien”. 

Por esta escuela, situada en la urbanización Paraíso del Plan, pasaron varios chicos como “Brandon”, provenientes de hogares pobres, familias desintegradas, víctimas de violencia o todos esos problemas a la vez.

No hace mucho, un alumno de ocho años murió por una rara enfermedad. “Era un jugadorazo”, recuerda. Sus padres llegaron del occidente, con la idea de trabajar y ahorrar. Para hacerlo, dejaban a sus dos hijos solos, con diez bolivianos para la comida, pero en lugar de comprar almuerzo, ellos se iban a la venta y escogían golosinas. 

Un día, al varoncito le dio una fiebre que nadie lograba bajar. Los papás gastaron en hospitales los 14 mil bolivianos que habían reunido y su hijo murió parapléjico, tras una punción lumbar.

Wilson Negrete recuerda los nombres de todos los niños que ha formado en su escuela de fútbol.

Negrete conoce con precisión los nombres de los más de 170 alumnos que entrenan en distintos turnos y categorías. “Por eso instalé mi oficina, para saber más de cada uno. Porque enseñar fútbol no es nomás tomar la pelota y hacerlos correr. Hay muchachos que están tranquilos, pero otros, no”.

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Henry Becerra es un mediocampista famoso en el Plan. De prominente estatura, moreno y un físico bien trabajado, le dicen “Chapa”, porque de pequeño “era chaparro” y lo comparaban con el doctor Chapatín. 

Nacido en Montero, su familia llegó a vivir a la ciudadela cuando él era un bebé. Creció jugando fútbol en la calle, estuvo en la escuela de la Fundación Hombres Nuevos y, allá por 2002, con menos de 20 años, empezó a entrenar en Turbión 83. Quienes lo vieron, aseguran que tenía mucho potencial. Por eso siempre integraba equipos de ligas barriales, empresariales e incluso lo llevaban a campeonatos en otros departamentos. 

En una ocasión, el DT argentino Norberto Kekes lo quiso para su equipo, Aurora, pero los directivos le pidieron el cien por ciento de su pase. A cambio, le ofrecieron alojamiento, comida y un sueldo de 600 dólares. En la negociación, “Chapa” se dio cuenta que de ese monto para él solo quedaban 100 dólares, así que un día huyó del hospedaje donde lo tenían. A los 24 años, resignado, decidió estudiar Turismo y, ahora con 33, emigró a España.

Negrete dice que su pupilo tuvo otra oportunidad de jugar en primera, pero antes de probarse en Wilstermann aceptó ir a un pueblo altiplánico “y se hizo pomada el tobillo”.

Gracias a su habilidad para atrapar balones estuvo a punto de tocar la gloria.

Esas ofertas, que suelen hacer comerciantes u otros empresarios que se dedican a organizar campeonatos, muchas veces hacen perder la cabeza a los más jóvenes. Así, antes de terminar de formarse deciden integrar equipos pequeños y dejan los estudios. Cuando se dan cuenta, ya tienen más de 20 años y no los llaman con la misma frecuencia, porque para este deporte buscan más a chicos de 15 a 18 años.

Negrete dice que su pupilo tuvo otra oportunidad de jugar en primera, pero antes de probarse en Wilstermann aceptó ir a un pueblo altiplánico “y se hizo pomada el tobillo”.

Jesús Becerra Fernández (29), por ejemplo, juega como arquero en ligas zonales desde los 15 años. Es primo de “Chapa” y a esa edad le pagaban 50 o 100 bolivianos por partido, ahora puede llegar a cobrar hasta 350 en un fin de semana. En su caso, intentó sin éxito entrar a la Asociación Cruceña de Fútbol (ACF). Con más de 20 años, estudió una carrera técnica y ahora trabaja en una farmaceútica.

Cuando se pregunta a los vecinos por jugadores que hayan salido del Plan, mencionan a tres: Wilder “Gato” Zabala y los hermanos Gilbert y William Álvarez. Estos últimos son hijos del exsubalcalde Jesús Álvarez, y fueron becados en la Academia Tahuichi Aguilera. Erick, el hijo mayor del profe Negrete, quien ahora juega en Suecia, es otro destacado deportista. 

Cuando se pregunta a los vecinos por jugadores que hayan salido del Plan, mencionan a tres: Wilder “Gato” Zabala y los hermanos Gilbert y William Álvarez.

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Hace unos años, un estudio reveló que los habitantes del Plan Tres Mil “son pobres, pero no extremadamente pobres” y que la inmigración anual es del 11 por ciento. De esa cifra, un 45 por ciento llega del interior del país y se dedica al comercio, pero también hay profesionales y técnicos. Muchos de ellos ven en esta zona la oportunidad de tener un techo propio a un precio accesible. 

Los fines de semana, buena parte de esa gente acude a una de las 20 canchas que hay en el distrito, ya sea para jugar o ver un partido. Estos campeonatos tienen pases de jugadores y los equipos pagan por participar, para pagarle al árbitro e incluso multas por tarjetas roja o amarilla. El premio suele ser un torillo, pero casi siempre, al cabo de los 90 minutos, otra fiesta con alcohol surge en los alrededores. “A veces no les pagan nada, pero los chicos van por jugar, ahí se vuelven fumatéricos, borrachos... Por eso, yo cuando veo a uno de mis alumnos mal, conmigo es chau”, asegura Negrete.


Wilson ayuda a chicos de escasos recursos, mediante el deporte pretende alejarlos de “malos pasos”.

Él sabe bien lo fácil que es caer en el alcohol cuando se es un buen futbolista. Lo experimentó aquel día que salió campeón en Santa Ana, cuando no había cumplido ni los 20. Años después, ya retirado, en 1990, llegó al Plan y volvió a trabajar como albañil. Al terminar su jornada semanal, lo llevaban a atajar goles en los barrios y, de ahí, a los bares que había por el lugar. Perdió a su esposa y se quedó solo con su hijo mayor.

Él sabe bien lo fácil que es caer en el alcohol cuando se es un buen futbolista. Lo experimentó aquel día que salió campeón en Santa Ana...

Conocer a Dios –dice– lo sacó de ese mundo y recuperó a su familia, pero usa su historia para concienciar a sus pupilos. Muchos de ellos “son malagradecidos”, pero los más, lo recuerdan con cariño, especialmente porque, cuando recién abrió la escuela, en 1994, los entrenaba sin cobrar, o pedía una cuota mínima para material. De hecho, hasta hace un par de años la mensualidad era 20 bolivianos; actualmente es 40. “Hay chicos que pasaron lo mismo que yo, (están) abandonados, y eso a mí me duele. Quiero hacer más, pero no hay, no puedo”, dice y no puede evitar llorar.

 

  • Rocío Lloret es periodista y editora jefe de La Región. Colabora con medios de prensa de Suecia y América Latina. Tallerista de la Fundación Gabo y parte del Programa Balboa para Jóvenes Periodistas Iberoamericanos.

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