Confesiones / Itinerario desordenado

El testamento de María

¿Alguna vez imaginamos a María luego de la muerte de Jesús? El autor irlándes Colm Tóibín sí y nos trae una magistral novela al respecto.
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:02

Carmen Beatriz Ruiz Prada

“Estuve allí. Hui antes del final, pero si quieren testigos, yo lo soy y se los digo ahora, cuando afirman que redimió al mundo, que no valió la pena. No valió la pena”. Con esta dura frase testimonial arranca la novela-monólogo El testamento de María, del premiado periodista y escritor irlandés Colm Tóibín (Ennicorthy, Irlanda, 1955) publicada en 2012.  

Muchos años después de la muerte de su hijo, al que ha dejado de mencionar por su nombre, exiliada de su natal Nazareth y de los luctuosos acontecimientos de Jerusalén, María, sola, anciana y desconfiada, vive en una soledad vigilada y espera que junto con la muerte llegue el liberador olvido del dolor que presenció y sufrió, porque “la memoria forma parte de mi cuerpo, como la sangre y los huesos”. 

"El testamento de María" es la novena novela de Colm Tóibín.

Muchos años después de la muerte de su hijo, al que ha dejado de mencionar por su nombre, exiliada de su natal Nazareth y de los luctuosos acontecimientos de Jerusalén, María, sola, anciana y desconfiada, vive en una soledad vigilada

Pero María no solo quiere olvido, quiere mucho más. “Si es posible convertir el agua en vino y resucitar a los muertos, entonces quiero que el tiempo retroceda”. Un deseo que jamás le será cumplido. Esta madre doliente solo cuenta con su propia memoria, con ese voraz “apetito de catástrofes” para recrear y revisar, minuciosamente, una y otra vez, los acontecimientos que vio llegar y ocurrir y desaparecer para ser contados de un modo distinto a lo que su dolor de madre recuerda. Donde unos ven transfiguraciones y milagros, ella rememora convulsa imaginación; donde otros mencionan la apasionada entrega de los seguidores, ella ve ingenuidad y cálculo. Sin embargo, ni su descarnada memoria ni la visión interesada de los otros cambiará los resultados: su hijo muerto y crucificado, su vida estéril y acongojada, “Lo que vi me había vuelto salvaje y nada ha podido cambiarlo. Lo que vi a la luz del día me trastornó y no hay oscuridad que logre aplacar o mitigar lo que me hizo”. 

Adaptación teatral de "El testamento de María".

Después de la crucifixión y las revueltas, María se retira en soledad, lejos de los lugares de esos acontecimientos. Reacia a toda conversación y vecindad, cuida un pequeño huerto y unas cuantas cabras en medio de un paisaje agreste que no logra distraerla de sus cavilaciones. Le basta muy poco para vivir, en cambio, la habitan innumerables recuerdos. Los va desgranando en un intenso soliloquio que observa sin piedad los últimos, turbulentos, años de su hijo. En la misma medida, la ternura la desborda cuando recuerda la infancia de ese niño que parió, amamantó y cuidó con la sorprendida lucidez de la maternidad. La que habla es una madre que no logra perdonar a otros el dolor y la muerte infligidos a su hijo, ni perdonarse a sí misma la incapacidad de haberlo detenido a tiempo. 

Después de la crucifixión y las revueltas, María se retira en soledad lejos de los lugares de esos acontecimientos. Reacia a toda conversación y vecindad, cuida un pequeño huerto y unas cuantas cabras en medio de un paisaje agreste que no logra distraerla de sus cavilaciones.

De desarraigo, desplazamiento y una mirada iconoclasta sobre los lugares comunes (hay quienes dirían, equivocadamente, “normales” de la vida), sabe y escribe mucho Colm Tóibín, quien, “(…) realmente lo pone muy difícil a la hora de instalarse en identidades monolíticas". Es constante el movimiento en este hombre que pronto se fue de casa —en su caso, apenas licenciarse en el University College de Dublín, para atracar en Barcelona, en los crepusculares y a la vez liberales (en las costumbres) últimos años del franquismo— y ya no puede volver a ella o no la encuentra en ningún sitio, porque quizá no exista eso que llamamos hogar. En cierto sentido, la homosexualidad es una forma de estar desubicado, de ser un apátrida, porque vas a contrapelo. Mientras todo el mundo construye una casa y la llena de gente, tú no estás haciendo eso (como se menciona en una nota sobre el autor en el diario español El Mundo).

El nervio de la novela no está en los datos de la trama, sino en el peso de la narración desde la perspectiva de María. La voz fría y directa no es la de una madre doliente, sino la de una rebelde al grupo de militantes que intentan asimilarla.  Es la voz de la razón en contra de la exaltación de la fe y del discurso ciego que esta proclama. 

María está convencida de que Jesús creó un personaje alimentado por el fanatismo y la ilusión de un grupo de jóvenes que, partiendo de la rebelión contra el poder romano, terminaron construyendo una religión. Es la narradora y personaje principal del relato, construido al modo de las mujeres fuertes e independientes que pueblan la obra de Tóibín. José, el marido, es una sombra que se recuerda con amor y nostalgia de un tiempo pasado de rutina y seguridad. Jesús es el hijo que trocó su juventud y el anonimato de un probable futuro como artesano por las turbulencias de un poder autoasumido: ser el hijo de Dios. 

El autor irlandés, Colm Tóibín.

Tóibín ha escrito las novelas The Master (2004), Brooklyn (2009, que fue llevada al cine y nominada al Óscar), Nora Webster (2014), Brooklyn un nuevo hogar (2015), Regreso a Montauk (2017), entre más de cuarenta títulos; cabe destacar en su obra la recopilación de ensayos Nuevas maneras de matar a tu madre (2012), donde aborda sus mundos íntimos, sus íconos literarios con sus propios demonios, con humor, acidez y provocaciones. Como su vida nómada, la escritura de este irlandés rebelde e iconoclasta es audaz y controversial. Sin duda vale la pena sumergirse en el mundo Tóibín.

 

  • Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social, profesión que ejerce en las áreas de desarrollo rural y derechos humanos. Escribe historias de vida y narrativa.

 

 

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