La muerte no me sienta bien / CARTELERA

domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:00

Lourdes Reynaga

 

 

Hace unos días tuve una experiencia cercana a la muerte. Bueno, no tanto (aunque sí se sintió como tal), me extrajeron una muela. Sin embargo, en las dos horas que se prolongó mi sufrimiento por complicaciones debido a una infección recurrente, y mientras cuatro manos inmisericordes se disputaban el escaso espacio dentro de mi boca, tuve el tiempo para pensar en dos cosas. La primera, en lo apropiada que es a veces la imagen del dentista sádico que Steve Martin encarna en The little shop of horrors (Frank Oz, 1986). Y la segunda, que si realmente aquella fuera una experiencia cercana a la muerte, probablemente me tocaría, tal como reza la sabiduría popular, contemplar mi vida pasando en imágenes.

—O sea, ¿encima de que te mueres, tienes que soportar cine boliviano? —respondió veloz la vocecita de mi cabeza, más versada en memes que en lecturas, e incluso que en películas. 

Bueno, no niego que hay escenas de mi vida que parecen sacadas de películas bolivianas, como Las malcogidas (Denisse Arancibia, 2016); pero no porque me sienta identificada con la protagonista, una mujer que ha pasado parte de su vida sin experimentar un orgasmo y está decidida a conseguir uno. Sino porque, como toda gorda que se respete, he lanzado una serie puñetazos a la pared del baño de un boliche (true story).

O quizás Engaño a primera vista (Yecid Jr. y Johanan Benavides, 2016) porque, al igual que sus protagonistas, como todo nerd que se respete, he apostado una computadora a que podría conquistar a una belleza inalcanzable (not true story).

Como decía, no niego que hay escenas de películas bolivianas que me hacen identificarme con ellas y que parecen sacadas de mi vida (o viceversa). Pero si lo último que voy a hacer antes de abandonar este planeta definitivamente es ver una sucesión de imágenes, al estilo de una película, confieso que preferiría un cine boliviano algo diferente. Ni siquiera me voy a meter con los clásicos (crème de le crème): el primer Sanjinés, Agazzi, Eguino e incluso el Loayza de El corazón de Jesús (2003). Estoy pensando en algo más reciente, más del tipo Cuando los hombres quedan solos (Fernando Martínez, 2019) o Muralla (Gory Patiño, 2019) (más dramático, quizás). La primera película, porque el vínculo que se retrata en la historia del padre que se ve en la necesidad de hacerse cargo solo de sus dos hijos pequeños, me parece sublime. Así como el sentimiento fraterno que ambos hermanos desarrollan y que, eventualmente, se refleja en una nueva generación. Parece difícil pensar en vínculos familiares, paternos y fraternos cuando las vidas de los personajes están atravesadas por la dictadura que impera en el país, o por problemas como la migración, el abandono, el desamor, los secretos familiares y las masculinidades en conflicto. Y es difícil, pero no imposible, como demuestra Martínez. Es difícil y es también adecuado para repensar en ello hasta en el último momento. 

En cuanto a Muralla, más allá de que me seduzca la idea de un hombre abrumado porque el destino lo pone en la situación de decidir qué es capaz de hacer por salvar a su hijo (normalmente esta es la posición en que se pone a las mujeres); está el tema de la redención. La búsqueda de la redención después de haber cometido un crimen atroz, después de haber cruzado la frontera de lo imperdonable, después de comprender que solo un acto de igual valía podría darle algo de dignidad. Y como no quiero spoilear la película, aquí me detengo, pensando en Muralla y en su milagro secreto; pensando en las palabras adecuadas que no voy a decir y que me bailan en la lengua, por encima de la sangre que brota como convocada a mi boca. Y que va más allá de los fórceps que, triunfantes, sostienen frente a mis ojos, mi pieza dental. 

 

  • Nota: Todas las películas bolivianas mencionadas se encuentran disponibles en www.boliviacine.com para su alquiler.

  • Lourdes Reynaga es escritora, crítica literaria y profesora de tiempo completo. Amante del buen chocolate y orureña de vocación, habita en la ciudad maravilla del mundo junto a sus seis hijos "muy amados en los que deposita todas sus complacencias" (sí, tiene seis gatos).

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