Crónica

Las agallas de los antílopes

Damas 955 fue uno de los mayores actos de valentía del Movimiento San Isidro. Juntos, hambrientos y con miedo en busca del sueño mayor. Desde hoy la historia contará sus batallas perdidas hasta alcanzar la libertad de Cuba.
domingo, 13 de diciembre de 2020 · 00:05

Texto y fotos

Katherine Bisquet

Para Esteban, Maykel, Iliana, Luis Manuel, Anyell,

Jorge Luis, Adrián, Omara, Yasser, Carlos Manuel, Anamely, Oscar, Osmani y Abu

Durante el acuartelamiento, especulábamos a cada rato sobre cuándo nos iban a meter el de pinga, o de qué manera nos lo iban a meter. El de pinga era la manera en que Omara, en su vaticinio, había bautizado lo que iba a pasar con nosotros, ese lo que podía ser cualquier cosa. Pero dentro de las infinitas mutaciones que sufría en nuestras cabezas ese cualquier cosa, lo único que teníamos claro era que invariablemente significaría el final de aquellos días y noches en Damas 955.

He vuelto a mirar las imágenes y los videos una y otra vez. «He soñado con antílopes: sobre el plano policromático se desplazaban y eran felices y eran libres», dice Juan Carlos Flores en un poema. Creo que todo esto lo he soñado. Solo me siento confundida debido a la larga duración de este sueño. No he parado de soñar. Nada de esto es real. Es difícil a estas alturas discernir lo que es o no real. Porque en este lugar los delirios más bestiales se ensillan con destreza sobre el sentido común, y la realidad más dura se repliega en una burbuja delirante con la que jugamos como muchachos. Sea como fuere, he soñado con hambrientos: sobre el plano limitado por cuatro paredes embarradas de cal se desplazaban de un lado a otro repletos de libertad.

Rostros y escenas de las personas que se mantuvieron acuarteladas en la sede del MSI / Fotos Katherine Bisquet

No sé por dónde empezar a contar las cosas. Se me escapan los acontecimientos, como en los sueños, y solo me queda una sensación imprecisa. He intentado ser lo más exacta que he podido mientras ordeno una bitácora de aquellos días. Pero no habrá bitácora ni relato posible. Hablaré aquí de lo que creemos y de lo que creímos. Y sobre todo de lo que sentimos, esa visión apabullante, esa sacudida feliz que ya nos transfiguró.

Mientras trato de juntar con dificultad algunas palabras aquí, a esta hora de la madrugada, porque la verdad es que ya no puedo seguir aguantando ni estos recuerdos, ni estas fotografías, ni este video de el de pinga, Camila ve el acto de repudio que le hicieron ayer a Iliana. Escucho los gritos de la masa enardecida y el horror llega hasta aquí como un tufo que recuerdo con nitidez y que ya va a estar en mi cabeza de por vida. Enseguida salta la voz de Iliana por encima de los chillidos: «Sí, que se vayan», responde en un contrarrepudio al coro que reza las mismas frases de siempre: «Que se vayan los mercenarios, los gusanos, los vende patria». Esas voces hambrientas, pienso, esos hambrientos de vida, de luces. La tía de Iliana ha comenzado a echarles arroz en el suelo, el arroz preciso de la cuota de abastecimientos del mes, el mismo que hemos servido durante tanto tiempo, que hemos contado, que hemos aceptado. La tía lo ofrece a la horda de hambrientos: «Ustedes lo que tienen es hambre», grita Iliana. Entonces sonríe y yo sonrío también dentro del espanto. Soltamos al unísono una gran carcajada, porque solo se puede responder así ante una línea tan genial que espeta Iliana con frescura: «Dile a la Revolución que les ponga dientes».  

Con qué dientes viene esta gente a arrebatarle a uno la alegría y las ganas de vivir. Con qué dientes vienen a arrancarte de tu país, de tu lugar, de tu familia, de tu casa, de tu cuerpo. Con qué dientes.

Rostros y escenas de las personas que se mantuvieron acuarteladas en la sede del MSI / Fotos Katherine Bisquet

Recuerdo los guantes de goma de las mujeres policías llamadas «Marianas» que me sujetaron por los brazos para sacarme del país que creamos, de aquella casa, de aquella familia. Recuerdo el olor a esterilización en los disfraces de sanidad de aquellas fuerzas represivas. Recuerdo los cuerpos robustos moviéndose como bestias azoradas en un pequeño cuadrilátero, saltando una sobre otra con la torpeza del que intenta respirar. No parecían capaces de pertenecer, ni siquiera de sobrevivir en aquel territorio. Porque aquello era como vivir dentro de una botella llena de agua. Una realidad que se escapa de la lógica de las soluciones. Vivíamos dentro de una botella llena de agua con apenas tiempo para pensar. Y pensar, allí, significaba lo mismo que respirar.

Queríamos la libertad a toda costa. Y para eso no se podía nadar. Habíamos decido no hacerlo. Estar estáticos hasta el fin y no comer hasta el fin. Era, contra todo pronóstico, la única manera segura de avanzar. Un ejercicio para el que nos hemos ido preparando en realidad durante muchas décadas. Pero esta vez llevaríamos los padecimientos al extremo de su vida, no de la vida nuestra, sino de la enfermedad. Queríamos evitar el aire que ha oxigenado por tanto tiempo el letargo de la opresión.

Rostros y escenas de las personas que se mantuvieron acuarteladas en la sede del MSI / Fotos Katherine Bisquet

Y rompieron la puerta, por donde entraron las primeras burbujas. Quebraron la resistencia de nuestros pulmones sumergidos. Nos arrastraron hacia la intemperie llena de desconocidos, de gente que gritaba, de luces, sirenas y olor a calle. Nuestras cabezas expuestas a los aullidos de la noche.

De pronto el carro jaula comenzó a moverse, y yo empecé a temblar. No sabía quién estaba allí. No supe hasta muy tarde que cargaba con los nueve hombres. Nueve de aquellos peces.

Luego muchos se preguntaron cómo sobreviviría esa especie fuera de su hábitat. Pero mientras se lo preguntaban iban descubriendo en ellos mismos, aquí y allá, rasgos comunes. Rasgos obstruidos y por eso olvidados, pero exactos y poderosos como una agalla que se abre de golpe.

 

  • Esta crónica fue publicada originalmente en la revista El estornudo. Alergias crónicas el miércoles 9 de diciembre de 2020. Su publicación en revista Rascacielos ha sido autorizada.

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