Premio Nacional de Crónica

Joder lo público

Las maricas habitan la ciudad de diferentes maneras, y en la noche, impulsadas por el deseo y el desafío a la norma heterosexual, se apropian del cine porno; un espacio exclusivo para “heterosexuales”. Un modo sedicioso de interpelar a la sociedad intolerante; ¡hey aquí estamos! Y estamos jodiendo tu espacio público, Pase usted a la última fila de asientos de la sala del cine porno.
domingo, 20 de diciembre de 2020 · 00:05

Joder lo público

Los cruisers del cine XXX

 

Este texto es finalista del Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela

 

Roberto Condori Carita

Quizás el cine nunca más volvió a ocupar el lugar que tuvo en sus años de gloria; después de la televisión, el video  arrendado, el cine por cable, las salas quedaron vacías o algunas sirven para otras urgencias del cuerpo sodomita  que ensaya sus acrobacias sexuales en la oscuridad grumosa de alguna sala céntrica. Ahí Nadie va a ver la película, porque otra película más real se vive en los asientos. Si no fuera por esos lugares donde la cartelera de karatecoito es una excusa, ya no quedarían esos enormes teatros decorados como tortas y que hoy algunos son templos evangélicos o discotecas. Así la modernidad arrasa sin contemplaciones con la fílmica memoria urbana. 

Pedro Lemebel

 

Martes 7 de noviembre de 2019 

—Hola. ¿Hay joda en el cine porno? 

—Depende de uno. 

—Quisiera conocer el lugar. ¿Tú siempre vas ahí? 

—Alguna vez. 

—Dale, yo a veces hago ligue en los baños, al cine XXX nunca fui… 

—Es buen lugar ese cine para ligar, uno va para eso. 

—¿Qué día es bueno ir ahí? 

—Varía, no hay fijos. Era viernes y lunes, pero ahora ya no. 

—¿Ahí se puede coger?

—Claro. 

—Suena interesante… 

—Es, yo hice varios tríos allí… 

—Tengo que ir y te cuento cómo me va… 

—Claro. Me toco en los asientos y me manosean o me hacen oral… después sexo en el baño.

—Imagino que pasa eso cuando está vacío… 

—Pasa siempre, depende de uno. 

—Bien, iré la siguiente semana. 

—Me parece bien. 

(Conversación transcrita de Rubén y yo) 

 

Viernes 10 de noviembre de 2019 

“Es mejor ligar aquí, es más directo, no es tanta vuelta”. Corto y preciso, mientras se sube el pantalón en uno de los baños del cine; fueron menos de cinco minutos de “otro entretenimiento” más real que sucede en estos lugares. En la sala, el sonido de la película porno heterosexual anuncia que también llegó al clímax. No se trata de una secta religiosa, ni de un club de fanáticos del cine, ni de un club exclusivo de Hollywood, sino de homosexuales que dan vida al “cine XXX” (se deja en reserva el nombre y la ubicación de este cine para evitar exponer este espacio a conservadores homofóbicos). El ingreso cuesta 10 bolivianos; el tiquete de entrada dice “actividades de cinematografía y otras de entretenimiento” y esta última palabra es la que insinúa que más allá de la película triple equis puede haber otras formas de “entretenimiento” y los cruisers lo saben. 

Cruising como acto de rebeldía 

Cruisers son quienes practican el cruising. En el ambiente homosexual, es la práctica de buscar una pareja sexual en un lugar público; por lo general, de manera anónima, ocasional y para una sola vez, afirma Wikipedia. La mariconada de la ciudad de La Paz aún no se apropió de parques o plazas como en las grandes capitales de México o Argentina; pero ahí están los asientos traseros de los cines pornográficos, o de este cine, para ser más precisos. Es el único que se resiste al avance de las tecnologías de la comunicación; sus antecesores, el Papillón y el Murillo (todos de una misma estirpe), no corrieron con la misma suerte, aunque con seguridad las salas oscuras de estos cines extintos también eran testigos del sexo exprés. 

Cruisers son quienes practican el cruising. En el ambiente homosexual, es la práctica de buscar una pareja sexual en un lugar público; por lo general, de manera anónima, ocasional y para una sola vez...

Los cruisers que asisten a este lugar no saben que lo son. “Yo solo voy a joder”, dice Enrique. Se enteró de la existencia de este lugar por un amigo, hace dos años. Muchos como él están en el clóset y prefieren la oscuridad que ofrece la sala. Estos cuerpos  —algunos viejos y solitarios, a diferencia de la relativa juventud de Enrique— hacen activismo desde su individualidad, impulsados por el deseo no heteronormado. A ellos les interesa más la práctica que la teoría; ellos utilizan las manos, no para levantar carteles; ellos utilizan la boca, no para presumir sus dotes de oralidad en los medios de comunicación; ellos resignifican el espacio público controlado por la heteronormatividad, se desentienden de la higienización del movimiento arcoíris que considera negativa su praxis del placer in situ. Ellos joden la tranquilidad de quienes solo son usuarios pasivos del espacio público. Según el investigador Luis Alonso Rojas, “estos cruisers no se conforman con ser simples usuarios, son sujetos sociales formados por el cuerpo y el sentimiento. Estos sujetos sociales tienen la capacidad de crear nuevas estructuras, incluso a partir de las previamente establecidas, y transgredir lo antes aceptado para innovar”. Así, el derecho de uso del espacio público para la práctica de sexo anónimo desestabiliza la tranquilidad del sistema heterosexual. El quehacer de los cruisers es una práctica más que atenta contra esta ideología. En síntesis, son ellos quienes joden el espacio público, porque para ellos, como para mí, joder es un placer. 

Cine porno 

La fachada antigua de este cine triple equis está gris y envejecida, da cuenta de que el tiempo fue implacable con ella, pero el deseo se mantuvo latente en su interior, y es que este cine, según sus dueños, tiene más de 15 años. Sus carteles también son viejos, parecen fotografías de portadas de películas pornográficas de los años setenta (más cautas, menos explícitas, más discretas) inmortalizadas en cuadros con marcos de  madera y cubiertas con vidrio, cual reliquias; están colgados a ambos lados del antiguo portón de más de dos metros de altura. En el letrero principal hay una mujer semidesnuda que parece haberse quedado en los años noventa. La cartelera, la puerta y el letrero principal forman una cruz ante la cual se persignan más de una beata o un beato. Casi nadie lee la cartelera con detenimiento por temor a ser visto como pervertido; alguno que otro hombre progre se atreve a darle una mirada, pero de pasada. A pesar de lo llamativo de esta cruz del deseo, muchas veces pasa desapercibida. 

La cartelera, la puerta y el letrero principal forman una cruz ante la cual se persignan más de una beata o un beato. Casi nadie lee la cartelera con detenimiento por temor a ser visto como pervertido; alguno que otro hombre progre se atreve a darle una mirada, pero de pasada.

Este cine porno está ubicado en uno de los tantos callejones de la ciudad de La Paz; si uno va a la función de matiné, se encontrará con dos vendedoras de fruta instaladas en  ambos lados del ingreso principal. Sobre sus pequeñas mesas de madera asentadas sobre la acera, estas señoras ofrecen un montón de plátanos de todas las variedades y tamaños, y no, no es casualidad. El color amarillo vivo de sus chiwiñas y el color vivo de  la fruta contrasta con la fachada gris y poco seductora del cine. Pero al entrar, el panorama cambia, todo cobra vida, como un Moulin Rouge marginal del tercer mundo. Sobre la pared del pasillo rosado fucsia cuelga un banner negro de plástico que, en estilizadas y grandes letras rojas, dice “Cine XXX”; más abajo y en tamaño pequeño están las reglas: Matiné hrs. 15:00 a 18:00, Tanda 18:30 a 22:30”, “Prohibido el ingreso de bebidas alcohólicas o  en estado de ebriedad”, “Solo para mayores de 18 años (ingreso con C.I.)”, “Prohibido fumar”. Estas son las condiciones para ingresar al mundo habitado por los cruisers.

La tanda empieza puntual a las 18:30, se apagan las luces y empiezan a rodar la misma secuencia de películas pornográficas de la matiné. La magia del viernes y la seducción de la noche parecen propiciar este lleno casi total de la sala del cine.

Al lado de la entrada está la boletería, una ventanilla de cristal de 50 por 50 centímetros, con una apertura arqueada al centro para que el administrador reciba los 10 bolivianos y, a cambio, entregue un boleto aburrido que no promete nada. La boletería es una de las partes más importantes del ingreso al cine, sus colores rosado y blanco la distinguen de los demás elementos; el piso es blanco, con figuras negras que forman un mosaico; más a la izquierda hay un sillón viejo de cuero negro de imitación; en frente de este sillón está el umbral del ingreso a este mundo, una pareja de portones negros abatibles —solo uno se abre—, pero, ojo, hay una prohibición más: “Prohibido pararse en la puerta”, dice el cartelito de papel pegado sobre una de las puertas. 

—¿Y por qué te parabas en la puerta? 

—Es que estaba lleno, además ahí se puede conseguir joda… 

—¿Cómo? 

—Puedes tocarles y ponerte por delante de los que están parados ahí en la puerta… 

Dice llamarse Adrián. Lo vi por primera vez parado en la puerta de la sala del cine; afirma que vino como dos veces, sin embargo, no le creo, porque lo vi exhibiendo sus mejores dotes de cruiser dentro de la sala, “es más que seguro que encuentre sexo ahí". Para él, este espacio es un lugar de escape ante la presión homofóbica de su familia. 

Es viernes y el reloj marca las cuatro de la tarde; la burocracia universitaria atrasó mi inicio en esta aventura dentro del cine pornográfico. Hace una hora empezó la matiné. Apresurado compro la entrada y me dirijo hacia la puerta y… puf…

Oscuridad y sexo explícito 

La visión periférica se oscurece y en frente una pantalla penetra las pupilas poco dilatadas con sexo heterosexual explícito. 

Desde la última fila hay una vista panorámica de este juego de miradas.

Después de un par de minutos se logra distinguir las pocas almas que están sentadas en las primeras filas de la sala, pero a la izquierda de la puerta, en la última fila, no hay espacio para nadie más, todo está ocupado. El fuerte olor a cigarro y las miradas de todos te dan la bienvenida a lo que parece ser el segundo círculo del infierno: la lujuria. Me siento como Dante sin Virgilio. Aquí la lujuria mira a quien entra. Aquí están el Semirámide, la Loca, el Dido, el Viejo, la Cleopatra, el Feo, la Helena, el Aquiles, el París, el Tristán, el Gordo, el Paolo Malatesta y la Francesca de Rimini. Todos ellos sentados en la fila de atrás y algunos parados en la puerta. 

Miradas calientes 

Pasó casi media hora de estadía en este averno lascivo y no parece haber diversión ni comportamientos exóticos de los cuales jactarse y aprender. A medida que pasan los  minutos, más personas van llegando, y son hombres maduros de unos 40 años en adelante, señores de todo oficio: oficinistas de traje, tinterillos con documentos bajo el brazo, obreros con cuerpos morenos y robustos cargados de sus mochilas, parroquianos y viejos canosos que con su paso lento tardan más en acomodarse en las butacas. Proletarios y clasemedieros se entremezclan impulsados por un deseo común.

Atrás, a nadie le importa la película, los latidos y las miradas se condensan en este ambiente.  Mientras avanza la noche, atrás faltan las manos para acariciar, rozar, tocar y masturbar.

De repente, uno se va hacia el baño, de inmediato otro va tras su rastro; la mujer que le hacía sexo oral al protagonista de la película se queda chica, porque esos dos, por unos segundos, se roban la atención de quienes están a mi lado. Dos espacios en la última fila quedan libres para ser habitados y me dirijo hacia uno de ellos antes que otro me lo capuje. Desde ahí puede verse otra película más real en 4D. Se siente olores corporales que se neutralizan con el humo del cigarrillo, manos que rozan primero la rodilla y van subiendo hasta llegar a la entrepierna, es toda una travesía donde cada centímetro es un espacio ganado y ofrecido como ofrenda a la mirada de Eros. 

De repente, uno se va hacia el baño, de inmediato otro va tras su rastro; la mujer que le hacía sexo oral al protagonista de la película se queda chica, porque esos dos, por unos segundos, se roban la atención de quienes están a mi lado.

La mirada juega un papel determinante en el accionar de los cruisers, algunos autores lo denominan rituales de funcionamiento. “El cruiser responde a códigos y normas de comportamiento que se generan antes y después del acto sexual, como el anonimato y un conjunto gestos, de ritualidades que construyen una perspectiva diferente de la espacialidad. El cruising es una práctica espacial que se genera por corporeidad”, afirma Luis Alonso Rojas. La teoría es aburrida, la práctica hace al maestro y el novato cruiser aprende mientras mira cómo miran los demás. Aquí las miradas, que tienen como soporte el cuerpo, definen si calientan o escarchan la libido. Desde la última fila hay una vista panorámica de este juego de miradas. Un “señor” trajeado, bien parecido, mira al de su lado que aparenta  ser ejecutivo de alguna empresa importante; la barba y la calvicie primaria delatan el largo paso de ambos por esta vida. Mientras uno mira la pantalla, el otro le mira el perfil y luego a la inversa, hasta que ambos coinciden en una rauda mirada; después uno mira la rodilla del otro y este le corresponde mirándole también la rodilla. La teoría sufre una metamorfosis convirtiéndose en realidad. Se presenta ante mis ojos esta obra de arte viviente, una perfecta y bella transición entre la etapa selectiva (cuando ocurre la aceptación del acompañante) y la del contacto físico (la genitalización).

Cuando esta escena casual y fugaz se desarrolla, hay fuego de miradas en ambos flancos; dos hombres maduros esperan una mirada mía como respuesta. Más al fondo, un hombre de unos 60 años mira la escena, mientras le masturban el flácido miembro; su pudor lo obliga a taparse con su maletín, pero el brazo inquieto de su compañero casual delata su accionar; este luce contento de lo que él le ofrece. En ambos flancos hay viejos que me miran y yo me miro en ellos. 

Son casi las seis de la tarde y los de atrás estamos enajenados de lo que pasa en la pantalla gigante. La matiné llega a su inevitable ocaso; para algunos esclavos fugaces del deseo, las miradas no fueron suficientes, no hubo buena faena para ellos esta tarde, quizá la tanda que se viene en media hora sea más productiva. Termina la película y se encienden las luces, algunos se apresuran en salir, otros se quedan a probar suerte en la siguiente proyección. Nos miramos las caras, la luz delata nuestras imperfecciones: algunos son viejos, otros gordos; unos somos morenos, otros indígenas, pobres, afeminados, cuerpos nada atractivos para la cultura gay. Uno de los viejos se pone a leer el periódico del día y le da una ojeada mientras el otro (igual viejo, moreno e indígena), que trae puesto un sombrero al estilo Indiana Jones, saca su celular y pone en altavoz una canción de Isabel Pantoja; de repente lo llaman y contesta, al parecer es su hija. Hay de todo por este lado.

Termina la película y se encienden las luces. Nos miramos las caras, la luz delata nuestras imperfecciones: algunos son viejos, otros gordos; unos somos morenos, otros indígenas, pobres, afeminados, cuerpos nada atractivos para la cultura gay.

La luz de la sala nos hace de nuevo personas comunes y corrientes, mientras esperamos la siguiente función para desatar nuestras habilidades de joder este espacio. 

El administrador emerge de la boletería rumbo a la sala del cine para preparar la función de tanda. Me apresuro en irme más adelante para que no me vea atrás, junto a los otros; va hacia la puerta que dice “Salida de emergencia” y de ahí levanta la escoba y el basurero para limpiarlos pasillos que separan las siete filas de asientos que hay en el cine. Al llegar a la fila de atrás, pregunta “¿ustedes son de la tanda?... ya terminó la matiné”, pero nadie le responde y él sigue con su tarea. Antes de limpiar los baños, despotrica con los que nos quedamos: “por favor, van a cuidar los baños, la otra vez habían dejado condones en el jalador, cómo van a ser así, si ven algo raro en el baño me avisan para que ya no les deje entrar”. Un silencio cómplice hace que esta prohibición del administrador nuevamente quede en el limbo. Entra al baño y solo él sabe con qué escena se habrá encontrado, solo se resigna a decir “qué cochinos, che”; sus palabras quedan obsoletas como el letrero que dice “Prohibido fumar”, cuando el humo del cigarro es parte intrínseca del paisaje en este lugar. 

Siempre en la noche ¿no es cuando los cruisers salen? 

La tanda empieza puntual a las 6:30, se apagan las luces y empiezan a rodar la misma secuencia de películas pornográficas de la matiné. Para quienes nos quedamos es momento de pescar o ser pescados, porque el río parece revuelto. La sala, que tiene una capacidad de 50 personas, de a poco se va llenando, la magia del viernes y la seducción de la noche parecen propiciar este lleno casi total. “El día que más gente hay es el viernes, está a reventar, sobre todo las filas de atrás; sinceramente me considero muy selectivo para eso de los tipos y he encontrado gente atractiva y hay muchos para escoger y coger... (se ríe)”. Es Fernando, tiene 25 años; él relata que los demás días, en el cine hay menos gente y más personas mayores de 40 años, por eso prefiere ir los viernes, cuando hay de todas las edades (changos, jóvenes, maduros y viejitos). “Si están buenones los maduritos, por qué no”, afirma. Hay hombres de todos los colores y sabores, “aunque lo más que he llegado es a permitir que me hagan sexo oral, muchas veces he estado a punto de penetrar a algunos, porque el lugar y el ambiente sexoso y vulgar se presta para eso”. 

La tanda empieza puntual a las 6:30, se apagan las luces y empiezan a rodar la misma secuencia de películas pornográficas de la matiné. Para quienes nos quedamos es momento de pescar o ser pescados, porque el río parece revuelto.

Atrás, a nadie le importa la película, los latidos y las miradas se condensan en este  ambiente. Mientras avanza la noche, atrás faltan las manos para acariciar, rozar, tocar y masturbar; otros se masturban a sí mismos, como haciendo una invitación para compartir su autocomplacencia. Por la noche, los cruisers salen; hay como 14 en las dos últimas filas: miran al de su lado, miran atrás, miran a quien acaba de llegar, después se levantan de sus butacas e intercambian lugares con otros para probar suerte, van y vienen del baño, salen de un baño y entran en otro como si hicieran una requisa para espiar a quienes desbordan su pasión en este lugar, que no es precisamente para cagar; algunos salen del baño en diez minutos y se acomodan a las filas de adelante como si nada hubiera pasado; poco tiempo después, se dan de baja, porque ya están satisfechos y se retiran del cine. Para otros, la libido persiste y desde adelante siguen mirando a quien entra al baño o si en las filas traseras hay algún lugar disponible. “Si quieres coger solo le tienes que hacer un gesto con la mirada indicando el baño y ahí cogen, simple”, dice Raúl, un cliente asiduo de este cine pornográfico. Sin embargo, no es tan fácil como Raúl lo pinta. “Efectivamente no son muy limpios, pero creo que no es necesario sentarte para disfrutar de tu estadía ahí, hay que moverse para los baños”. 

Los baños 

El morbo de mirar se desborda y desesperadamente busco otro agujero para ver un ángulo distinto de  este sexo en vivo; sin éxito, me conformo con la ranura que separa el piso de la puerta.

 

Los baños de este cine pornográfico son dos, uno al lado del otro; las puertas de ingreso están tapadas por unas cortinas rojas para que no dejen salir la luz que podría delatar a quienes están sentados cerca de ahí. Este espacio de 2x1 metros está dividido en dos ambientes: uno para miccionar y otro para lavarse las manos; pero los cruisers de la noche le dan otro uso. El espacio, independiente donde está el inodoro, es el lecho donde el  cruising se consuma y encuentra su realización. Como testigo inmediato está una pared; la mitad está cubierta de azulejos blancos y limpios, y en el resto, de color negro, no pasan desapercibidos los números de celulares escritos con color blanco. Los cruisers no perdonaron ningún espacio para dejar su legado en un anuncio y los números corren también por el tanque de agua y por el tubo que baja hacia el inodoro, mientras en la letrina el orín descansa en paz. Las profundas respiraciones y los besos desesperados suenan como música nupcial hecha por ellos mismos. Todos estos elementos complementan el paisaje. 

Al otro lado estamos los espías. Un hombre mayor y canoso, que vino detrás de mí, me dice: "Están jodiendo". 

—Sí. 

—¿Entramos? 

—Pero está ocupado… 

—Yo los saco. 

—Déjalos que jodan.

Este espacio de 2x1 metros está dividido en dos ambientes: uno para miccionar y otro para lavarse las manos; pero los cruisers de la noche le dan otro uso; el baño del cine pornográfico es el lecho donde el cruising se consuma y encuentra su realización.

 

Hasta ese momento solo podía ver por la ranura a los furtivos amantes; pero el viejo, como forma de resignación, me señala un hueco que hay en la puerta y por donde se puede espiar, y se sale. El agujero no es mayor al grosor de un bolígrafo, pero deja ver la parte media de esos cuerpos; una boca y un pene están en primer plano. El morbo de mirar se desborda y, desesperadamente, busco otro agujero para ver un ángulo más de este sexo en vivo; sin éxito, me conformo con la ranura que separa el piso de la puerta; hay un par de pies poniéndose de puntillas, uno de ellos lleva zapatos formales y pantalón de tela. Pasaron más de 10 minutos y a otro cruiser se le había hecho justicia, solo quedan restos: en el basurero hay un condón usado repleto de semen, al lado su envoltura roja contrasta con los papeles higiénicos blancos; el lado trasero de la puerta negra fue bendecido con semen que se chorrea sobre otras eyaculaciones que dejaron marcas blanquecinas. Se siente un vacío fugaz, la única marca mugrienta que dejó el anonimato es la huella de un zapato sobre el inodoro. 

El morbo de mirar se desborda y, desesperadamente, busco otro agujero para ver un ángulo más de este sexo en vivo; sin éxito, me conformo con la ranura que separa el piso de la puerta.

Son casi las nueve de la noche y, de a poco, la sala se vacía; pero hay una hora y media más de función. Las manos calientes y las miradas continúan su cotidiano en las filas traseras del cine; me siento en una butaca para relajar las hormonas después de  presenciar el sexo en 4D en el baño del cine. Los minutos pasan y el pudor se extingue en los cruisers que aún quedan, pasan de las miradas y los toqueteos, al sexo oral; los de adelante miran cómplices. La Loca, el Viejo, el Feo y el Gordo están dispuestos a ejercer por última vez sus dotes de cruisers y tomar la bastilla; la Loca se para en la  puerta y en cuestión de minutos se lleva al baño a una de sus presas; tras ellos, como carroñero de la lujuria, el Viejo se apresura para ir a espiarlos; el Feo comparte su miseria y lo acompaña, para después errar de baño en baño; el Gordo se para en la puerta del baño como ofreciendo ser sacrificado al dios Eros, pero no logra seducir a nadie. 

“Es mejor ligar aquí, es más directo, no es tanta vuelta”, corto y preciso, mientras se sube el pantalón en uno de los baños del cine y se despide. Su despedida coincide con la extinción de la tanda. Ya son las diez y media de la noche, las calles aledañas al cine están solitarias y vacías. Jannis Joplin decía “cada noche hago el amor con 25.000 personas en el escenario y luego me vuelvo sola a casa”; un sentimiento similar, pero a  baja escala, me coge aquí.

 

  • Roberto Condori Carita es comunicador social desempleado, periodista homosexual cuando le da la gana, radialista de closet y activista marica discreto, pero no varonil. Ese prontuario pone en duda la sentencia de la partera que dijo que sería “un buen hombre”.

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