Más mujercitas / CARTELERA

domingo, 20 de diciembre de 2020 · 00:00

Lourdes Reynaga

 

A finales de 2019 se estrenó una nueva versión cinematográfica del clásico de Louise May Scott, Mujercitas (Greta Gerwig). Un gran clásico de la literatura estadounidense, Mujercitas ha contado con una serie de adaptaciones tanto para la pantalla chica como para la grande. Difícil es no pensar en, por ejemplo, la maravillosa Elizabeth Taylor encarnando a una preciosa Amy March (Mervyn Le Roy, 1949) o en Kirsten Dunst en el papel de Amy niña, en la versión de Gillian Armstrog (1994), que además contó con Winona Ryder como una expresiva Jo.

Y después de este recorrido, cabe preguntarse ¿era necesaria otra adaptación de Mujercitas? ¿Precisaban nuestras nuevas generaciones sumergirse en la ficticia vida de una aspirante a escritora que va recorriendo los caminos de la vida y que se enfrenta a eventos que quizás podrían no ser actuales? O, mejor dicho, ¿qué tiene esta nueva versión que la hace imprescindible?

Mujercitas (2019), para comenzar, rompe un poco con el retrato pintado por Alcott en la novela, al apostar por una Saoirse Ronan, más bien rubia, encarnando el papel de la morocha Josephine March. Este no es un dato menor, ya que en varios momentos de la historia la constitución física y la apariencia general de Jo funcionan como los desencadenantes de algunos eventos. Pero la directora no se detiene allí, opta, además, por construir un guion en el que los juegos y saltos temporales están a la orden del día. Es decir, sin alterar la historia, se permite darle un cierto dinamismo por el que otras versiones no habrían apostado.

El juego con el salto de los tiempos y la inclusión de silencios que permiten al espectador rellenarlos de a poco no es exclusivo de esta película, aunque sí consigue un gran resultado. Hay otra película en la que estos elementos funcionan de muy buena manera, con un gran énfasis en el manejo de los silencios, se trata de The Wife (Björn Runge, 2018). En esta peculiar cinta, una esposa, interpretada por la maravillosa Glenn Close, acompaña a su marido a la entrega del Nobel de literatura. Desde el primer momento, se le otorga el trato preferente destinado a las parejas de los ganadores. Recibe ciertas deferencias e incluso algún reportero joven la pretende con el fin de extraerle información acerca de un rumor, la posibilidad de que ella haya sido la verdadera autora, la escritora fantasma de los libros firmados por su pareja. 

El aura de misterio que envuelve a The wife consigue mantener al espectador oscilando entre la duda de si los rumores son ciertos o se trata de un complot antiguo que busca empañar el prestigio del flamante Nobel. Y es que ambas alternativas se presentan como jugosas precursoras del chisme que tanto amamos. El éxito de la cinta se asienta precisamente en el suspenso que va construyendo a lo largo de 100 minutos de imágenes. Y no tenemos en este caso a la artista sometida (por amor o por economía) a los caprichos del esposo, como sucede en Big eyes (Tim Burton, 2014) –la historia de una pintora que crea una estética particular y que, enamorada y deslumbrada por un marido artista, acepta ceder su trabajo al hombre que la acompaña–; ni de Colette (Wash Westmoreland, 2018), me refiero al biopic centrado en la historia real de la escritora que permitió que su esposo firmara la saga de Claudine, una serie de novelas que escribió presionada por las carencias económicas y por un esposo que necesitaba de la fama y el prestigio que las publicaciones le daban. Ninguno de los dos casos, aun cuando tratan temas que parecen similares, sigue la línea de The wife. Cada uno se enfoca en aspectos particulares: Big eyes, en la reivindicación de una mujer que nunca ha visto su nombre firmando su trabajo; Colette, en la necesidad de escribir, aunque nadie sepa quién es la persona que ha creado los textos; The wife, en la duda, en el misterio, en ese, quizás inexistente, secreto que el reportero joven está decidido a desentrañar. 

Big eyes (Tim Burton, 2014)
Colette (Wash Westmoreland, 2018)

El aura de misterio tan bien construida en The wife nos hace pensar en qué buscamos cuando leemos textos sobre celebridades, cuando seguimos, publicación tras publicación, los enredos amoroso-sexuales de personalidades, cuando juzgamos desde nuestra propia construcción del mundo cuál es la verdad, cuál es el secreto que nos esconden. Porque tiene que haber un secreto, porque nuestra naturaleza humana se alimenta también del chisme y es a ese hambre al que se acerca la película, a esa necesidad de descubrir el misterio, de curiosear el espacio que nos está vedado. 

—¿Y eso qué tiene que ver con Mujercitas? —me parece que el lector atento se pregunta (y no sin razón). 

Pues tiene mucho que ver, aunque no lo parezca. Construir un aura de misterio que apele a la curiosidad del espectador, es similar a reinterpretar y traducir un clásico a un lenguaje para el que no había sido pensado: el lenguaje cinematográfico. Es apelar a viejas preocupaciones (la búsqueda de los sueños, el entorno complicado, las relaciones familiares y la economía) mostradas desde una perspectiva novedosa e interesante, una con la que nuevas generaciones puedan identificarse y en la que pueden leerse. Una en la que (la ahora rubia) Jo, admite, por única vez lo que los lectores hemos sabido desde la primera vez que leímos el libro, desde que vimos la primera adaptación, y es que ella, simplemente… (Vean la película para enterarse del resto).

 

  • Lourdes Reynaga es escritora, crítica literaria y profesora a tiempo completo. Amante del buen chocolate y orureña de vocación, habita en la ciudad maravilla del mundo junto a sus seis hijos "muy amados, en los que deposita todas sus complacencias" (sí, tiene seis gatos).

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