CRONIQUITA

FÚTBOL DE LUTO: La vida es como un balón

Ante la repentina muerte del astro argentino, qué se puede decir, qué más contar, a quién recurrir desde Bolivia. Y la vida, que da vueltas y pica como un balón de fútbol, nos pone en contacto con Daniel Valencia, compadre del Diego e ídolo de San José. Él no recordará a Diego, y eso es una lección que todos deberíamos aplicar a nuestras vidas.
domingo, 27 de diciembre de 2020 · 00:00

Willy Camacho

De mis primeros años de universidad, tengo algunos recuerdos vagos. Han pasado 25 años y la memoria se ha ido difuminando. Entre esa bruma sobresale uno más o menos nítido y tiene que ver con el fútbol. Se había organizado un campeonato salonero y con algunos amigos formamos un equipo. Convencimos a Toño Murillo (costó bastante eso sí) para que fuese nuestro arquero.

En esos años, Bolivia respiraba fútbol, era 1993, faltaban pocos meses para el inicio de las eliminatorias que a la postre nos serían gratas por única vez en la historia. Y nosotros entramos a la cancha. Toño se comió dos goles de entrada, y luego vinieron más hasta sumar seis. La diferencia entre ambos equipos era notable. Pero, y he aquí el recuerdo nítido, logramos meter el gol del honor y lo festejamos como si hubiéramos ganado la copa del mundo.

Casi cuarto siglo después, Toño me confesaría que se había confiado en sus conocimientos de fútbol; que él, en teoría, sabía cómo se debía armar una barrera, pero que, en la práctica, las redes infladas desinflaron sus nociones teóricas. 

Hace unos días, en Bolivia estábamos viendo la posibilidad de que por fin la pelota volviese a rodar (éramos el único país de la región donde aún no se jugaba fútbol profesional) y, de repente, la noticia fatal: Maradona ha fallecido. Era necesario hablar con alguien que lo hubiera conocido, no alguien que se hubiera tomado unos tragos y una foto con él, sino un amigo de verdad. Y los mecanismos de la memoria se activaron, recordé que la hermana del Toño está casada con Daniel Valencia, integrante de la selección argentina campeona del mundo el 78, y que era, hasta donde yo podía recordar, compadre de Maradona, ya que este fue padrino de una de las hijas de Daniel.

Hablé con el Toño para pedirle el contacto. “Voy a tantear y te aviso”, me dijo él; “es que Daniel está afectado y seguro no quiere hablar con nadie”. Al día siguiente me pasó el número con un escueto mensaje: “Llamalo a las 16:00”. Y llamé puntual. Me contestó el recordado José Daniel Valencia, ese jugadorazo al que solo había visto en la tele, derrochando clase en las canchas de Bolivia durante los cuatro años que fue ídolo en San José. Un tipo amable, educado, sencillo y con códigos, como me daría cuenta al avanzar la charla.

Había que empezar por lo primero, cuándo y cómo se había conocido con el Diego. “Conocí a Diego en 1978, durante la preparación para el Mundial; él era uno de los que había quedado fuera, junto con Humberto Bravo y Víctor Botanniz. Y ahí empezamos a formar una amistad que con el tiempo se fue agrandando, hasta que llegamos a ser familia… Y lo que nos unió fue la música (...) Lo nuestro era escuchar música y cantar, sin karaoke porque no había. 

Él es muy romántico, yo también, en esa época nos gustaba Rafael, Sandro, Los Iracundos, y el rock argentino igual, porque a esa concentración fue el Flaco Spinetta también a tocar”. “Él es”, dijo, en presente, como si todavía no asumiera la realidad de la pérdida, y repetiría ese tiempo verbal más adelante; es que, según me diría casi al colgar, para él Diego no se ha ido.

De pronto, el volumen disminuye drásticamente. “Es que me ha entrado una llamada, dice él, ¿no escuchás la musiquita? Bueno, te voy a dar el número de mi señora y me llamás a ese, porque si no, vamos a estar incomunicados; es así, me molestan mucho a este. Yo lo prendí porque Antonio me dijo que me ibas a llamar vos. ¿Tenés algo con qué anotar?”. Y anoto. Y llamo.

Claro, en Córdoba, donde reside y donde fue ídolo en Talleres, el club más grande de allá, todos saben de su estrecha relación con Maradona y seguramente los medios estaban intentando conseguir su testimonio, una despedida, mejor algunas lágrimas; es que así es una parte del periodismo en Argentina: un poquito de verdad sazonada con grandes cantidades de morbo.

“Siempre fue mediática la vida de él, pero luego se le complicó con la aparición de hijos, de denuncias, porque acá eso le encanta a la gente, las noticias de farándula, el chisme, acá viven de eso. Incluso una persona se hizo millonaria hablando de la cama de otras personas. A él le hacían mucho daño, porque si algo no era cierto, hacían que lo fuera y la gente se prendía de eso”.

El caso es que, si bien Daniel y Diego no se veían muy seguido, ya que Maradona vivía en Buenos Aires y Valencia en Córdoba, se comunicaban por teléfono. “Ese teléfono negro que había en casa, el fijo, ¿te ubicás? Era la comunicación que teníamos, y luego algún viajecito que se podía hacer”. Pero claro, los vínculos que se tejen en largas estadías son especiales. “En los meses que nos concentramos por la selección entablamos una gran amistad, y él quiso ser el padrino de uno de mis hijos”, cuenta Daniel.

FOTO CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

Fue más como una charla informal que se fue haciendo seria. Diego quería ser padrino y para Daniel eso no era muy importante, así que le dijo sí. Primero nació una mujer, Diego le dijo “no, yo quiero ser padrino del varón”; al otro año nació otra mujer, y Maradona ya no quiso esperar más, “ya no importa, yo quiero ser padrino”, le dijo. Bautizaron a María Inés y así empezaron a afianzar más su relación. Se volvieron familia, pero, como eran compadres, y jugaron a serlo desde antes de que naciesen las hijas de Daniel, se usteaban. “Nos tratábamos de usted, como haciendo broma, y así quedó hasta el día de hoy, que siempre lo traté de usted y él también a mí, con mucho cariño obviamente”.

Lo raro es que estos compadres futboleros nunca hablaban de fútbol. “Sé que le apasionaba y ahí se nos iba a complicar, porque yo no soy muy de hablar de fútbol”. Claro, Diego era muy apasionado, en todo. Y lo era desde jovencito. Daniel recuerda que en las concentraciones de la selección Argentina, cuando terminaba el entrenamiento, doble turno, todos se iban a descansar, pero él se quedaba a patear tiros libres con el Pato Fillol. “Y pateaba, pateaba, pateaba… Y por eso él era diferente y llegó a ser el número uno, siempre quería aprender más. Entonces, él es muy apasionado, y viste cómo se puso en Italia cuando silbaron durante el himno, él se puso a insultar, y lo podía hacer él, porque él sentía el fútbol de esa manera, no cualquiera lo siente así, por eso digo que fue único y será siempre único”.

El Toño, mi amigo, tras una soberbia exposición para intentar meter algo de fútbol en mi cabeza, llega a una conclusión: “Maradona era simplemente fútbol. Con sus dones en una cancha desarticula los paradigmas actuales del mundo futbolístico, echa por tierra las creencias dominantes, deja sin argumentos a quienes creen saber los más grandes secretos de este deporte”.

De esa seriedad, el Toño puede pasar a la risa franca y recordar, con un asomo de vergüenza, los seis goles que le hicieron en ese partido universitario hace más de 25 años. Y tiene una memoria prodigiosa, porque se acuerda incluso los nombres de los integrantes del equipo rival. Claro, pienso yo, si todos le metieron gol… Y casualmente el resultado de ese partido intrascendente es el mismo que se dio en el Siles, en 2009, cuando la Argentina, dirigida por Maradona e integrada por Messi, entre otros astros, fue goleada “en la altura de La Paz”, como dijeron los comentaristas gauchos.

Daniel Valencia nunca habló con Diego sobre ese terrible resultado (nunca hablaban de fútbol, ya lo sabemos), y ahora sospecha que quizá el apoyo de Diego a Bolivia en el tema de la altura pudo haber sido más por pinchar a la FIFA, con la que estaba peleado y enfrentado. En la conferencia posterior a la goleada, Maradona declaró que Bolivia ganó por merecimientos propios y le restó importancia a los 3600 metros de altitud, como venía haciendo desde hacía años, y fue un gran soporte para la defensa boliviana del derecho a jugar donde vivimos. “Yo lo viví y vos lo sabés, yo jugué cuatro años en Oruro y los equipos cruceños no querían ir a jugar allá porque sabían que perdían. No es algo que el periodismo de otros lados inventa”, dice Valencia, y recuerda que por eso mismo, por la altura, no permitió que Diego fuese a Oruro cuando llegó a Bolivia el año 2004.

“Diego quería ir a Oruro para ver a mis hijos, pero yo le dije ‘no, compadre, usted viene mal del corazón’; imagínate con la altura, iba a ser peligroso. Él estuvo cuatro días en Cochabamba y no venía muy bien ya, y a la semana le pasó lo de Punta del Este”, recuerda Daniel, quizá con alguna confusión por los años transcurridos. En realidad, lo de Punta del Este fue el año 2000, pero tuvo un cuadro muy parecido en 2004, a poco de haber retornado de Bolivia. Según noticias de la época, en abril de 2004 fue internado, en estado crítico y aparentemente por algo similar a lo de Punta del Este, en la Clínica y Maternidad Suizo Argentina de la Capital Federal; en ese entonces se habló de “una crisis hipertensiva en un cuadro basal de miocardiopatía dilatada y posterior hipotensión arterial, que necesitó medicación y apoyo hemodinámico”; en 2000, en Punta del Este, se había complementado el diagnóstico con una probable causa: “abuso de drogas”.

Ese problema de adicción fue público y doloroso. Incluso llegó a internarse en una clínica en Cuba, pero quizá no tuvo suficiente paciencia. Daniel lo visitó en la isla, justo para gestionar su visita a Bolivia. “Estuve una semana allá, pero me quedé cinco horas con él en la habitación, hablando de todo y llorando, obviamente, porque él no podía salir de su problema, y a mí me llamó la atención que el más grande del fútbol esté encerrado en un cuartito de cuatro por cuatro… yo no entendía mucho eso, lo que es la enfermedad de la adicción. No es un recuerdo muy grato, pero en esas cinco horas profundizamos de todo”. Y eso queda en su memoria nada más, porque Valencia es hombre de códigos, lo que ocurre en la íntima se queda en la íntima. Es una regla del fútbol y solo quienes han respirado un vestuario entienden cuán inflexible es esa regla.

 

Daniel tiene un recuerdo agridulce de la llegada de Diego a Bolivia: “Entonces él vino con mucho sobrepeso, venía golpeado, no podía caminar mucho, pero bueno, él cuando se comprometía a algo, cumplía”. Es que Diego le había dado su palabra, como se la dio años antes, cuando Valencia lo buscó para invitarlo a jugar en su partido de despedida. Eran familia, Maradona no pudo negarse; jugó el último partido de Valencia e hizo las delicias del público. “Él es muy familiero, es un tipo tan normal, muy típico de la gente humilde, que es muy cariñosa, muy de la familia. Él los tuvo a sus papás y sus hermanos allá arriba, en un pedestal, cuando pudo, obviamente”. (Y el Diego sigue presente, al menos en tiempo verbal).

La prensa refleja que Maradona mostró mal humor cuando llegó en 2004, que se la pasó dos días encerrado jugando golf. “Tampoco pudo disfrutar mucho, porque no podía salir mucho, la gente igual lo acosaba, porque era él y no podía disfrutar. Lo acompañé el último día, fuimos a jugar a golf y luego volvió a Cuba”, dice Daniel, como disculpando al amigo. Y de repente, a quemarropa dispara: “A mí nunca me hubiese gustado ser Maradona”. Parece increíble que algún futbolista del mundo no hubiese querido ser Maradona, pero claro, una cosa es la magia dentro de la cancha y otra el infierno fuera de ella. “Él no podía salir a tomar un café con un amigo, como lo puedo hacer yo o lo podés hacer vos, porque la gente lo volvía loco. Creo que eso lo enfrentó a los periodistas, porque no lo dejaban en paz, siempre le estaban buscando la noticia. Creo que por eso tenía un rechazo a algunos periodistas, era una vida difícil la de él”.

Hace poco, el presidente Alberto Fernández dijo que a Maradona siempre se le exigió ser un ejemplo cuando, en realidad, no tenía ninguna obligación de serlo, que su única obligación era ser feliz y cada quien busca la felicidad como puede. Y ahí es necesario preguntarle a Daniel si veía feliz a su compadre. “En el último tiempo ya no, yo lo vi triste. Hace menos de un año nos vimos por última vez. Él vino a Córdoba como director técnico de Gimnasia y Esgrima y nos llamó para que vayamos a verlo. Era un domingo a la tarde, hacía un calor bárbaro, estábamos acá en casa bañándonos, pero yo no lo veía hace dos o tres años…”.

En internet se puede hallar un breve video del reencuentro de los compadres. Diego ve a Daniel y, literalmente, se le ilumina el rostro, se lo nota genuinamente contento. Se funden en un abrazo y brotan las lágrimas. Se ve que Diego le dice algo, pero no se logra escuchar. “Me dijo: estaba esperando que vinieran a visitarme”, revela Daniel, que confiesa haber quedado entristecido por su compadre. “Lo vi cansado, con sobrepeso… muy triste la impresión que me dio, porque ya no era el que yo había conocido… no lo dejaron nunca en paz”.

Valencia cita a Fontanarrosa: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía. Y muchos argentinos se lo agradecemos, porque nos dio mucha felicidad. Irónicamente es eso, le dio tanta felicidad al mundo y él no pudo tenerla”.

Quizá sí la tuvo, mientras jugaba en el barro, allá en Villa Fiorito, o quizá ni entonces. Quizá siempre estuvo buscando algo y no lo encontró. En un documental de Emir Kusturica, Diego dice que si no se hubiese metido droga, habría sido mucho más grande. Quizá perseguía una grandeza ajena al entendimiento del mortal común.

“Se me pone la piel de gallina con todas las muestras de gratitud hacia él en todas partes del mundo, pero yo sé que él dejó de ser una persona normal; incluso cuando dejó el fútbol siguió siendo un extraterrestre, porque nadie entendía cómo seguía con esos órganos, con ese corazón, no al cien por cien, y seguía en la lucha. Él se fue a dormir y no se despertó, pero solo, solo, solo, solito”, dice con tristeza Valencia.

Lo cual también es irónico, porque el fútbol es un deporte de equipo; podría creer que un tenista muera solo, pero no el mejor futbolista del mundo, menos alguien tan querendón de la familia, del grupo, del tumulto. Para el Toño, el fútbol también tiene aroma a familia, a padre, pues a los cuatro años, lo recuerda bien, su padre, que ese entonces era médico de San José, lo llevó por primera vez a la cancha y ahí comenzó su relación con este deporte. “Posteriormente se profundizó con el Mundial de 1978 (visto en televisión en blanco y negro) y quedó claro para mí que, en adelante, esta pasión iba a ser mi compañera”, afirma mi amigo. “Después vino el Mundial de España 1982 con la previa de las aventuras de naranjito, la mascota, y 4 años más tarde el Mundial del inimaginable Diego Armando Maradona. Mi padre compró otro televisor para ese Mundial y partido tras partido seguí los malabarismos del 10. Pero fue en una pantalla de cine donde todo lo imprevisible y mágico que salió de su izquierda quedó aún más puesto en evidencia. Mi papá, ya como presidente del “Santo”, en 1988 gestionó la llegada del documental sobre el Mundial de fútbol en México de 1986. Fue un sábado en la función de tanda, yo estaba solo en la galería de uno de los cines más emblemáticos de la ciudad de donde soy oriundo y allí, siendo un adolescente, vi con una mayor elocuencia los milagros del 10. Desde mi madurez de hoy recuerdo ese día con mucha felicidad por haber visto en acción a un genio, a alguien posiblemente irrepetible, al 10 por excelencia”.

Y en ese lejano 88, ni el Toño ni Valencia sospechaban siquiera que un día iban a emparentar. Es que la vida, como el balón, da vueltas inexplicables. Daniel llegó a jugar a Oruro, donde conoció, se enamoró y formó un hogar con Nora, hermana mayor del Toño. Resumo la historia, que seguro tuvo piques y gambetas, porque ahora no viene al caso contarla, pero gracias a esos giros es que yo pude contactarme con Daniel y recordar algo del Diego.

Aunque, casi finalizando la charla, él aclara: “Yo a Diego no lo voy a recordar, lo voy a pensar todos los días, y sé que me va a acompañar y vamos a charlar, y como no nos veíamos durante dos o tres años, ahora pienso que no se ha ido, que está por ahí, y que en algún tiempo vamos a volver a encontraros. Voy a vivir con ese sueño, que de sueños también se vive”.

Nos despedimos y, antes de cortar, con vergüenza le pido que me pase alguna foto, abusando de su amabilidad. Minutos después, vía WhatsApp, me llega la foto de una foto; ya demasiado pedir a alguien que está pasando momentos duros. Se agradece.

Y quizá las fotos no sean necesarias, ni ningún otro artilugio para activar el recuerdo; tal vez lo importante son los pensamientos, para no tener que recordar nada. No obstante, sí me gustaría tener una foto de aquel partido universitario, por lo menos para burlarme de los seis goles que le enchufaron al Toño.

La versión completa de este texto se publicó el 29 de noviembre en la edición digital de Rascacielos (https://www.paginasiete.bo/rascacielos/2020/11/29/la-vida-es-como-un-balon-276468.html)

Willy Camacho es paceño y boliviano. Dice ser un cholo urbandino orgulloso, por eso no se cansa de cantar esa cueca que dice: "...cholo, cholo he nacido, cholito voy a morir...".
 

 

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