RASCACIELOS PODCAST

Las historias de la gente

domingo, 27 de diciembre de 2020 · 00:00

Anuario¿Cómo viajar más de 10.000 km en cuarentena cada día?
Kathia Valentina Navarro Orellana

¿Quién escribe cartas en pleno siglo XXI? Quizás algunas personas aún lo hagan, pero... ¿y si les digo que yo conseguí enviar y recibir cartas virtuales?, ¿y si les digo que además puedo elegir estampillas -colecciono muchas- y, por si fuera poco, debo esperar desde horas hasta días simulando el tiempo de envío de cartas alrededor del mundo?

Luego de muchas cartas, un vínculo especial te une con sus destinatarios. Gracias a eso tengo familias en muchas ciudades y es bueno saber que cuentas con alguien al otro lado del mundo. No hay horarios ni distancias que cambien esa conexión.

Alemania: Lea manía, Obermaier, otros cuates germanos y el primer viaje
Luis Flores Vásquez


Mi primer acercamiento con el país de Nietzsche, Kant, Einstein, Goethe y Lutero, entre otros, seguro fueron los libros. Pero el primer contacto real con un alemán fue en la primera infancia, en la primera misa de mi vida, en el primer barrio que realmente conocí en El Alto: la Villa Adela del reverendo alemán Sebastián Obermaier.

“¡Tranquilícense, tranquilícense, tranquilícense!”, gritaba el bávaro con su dejo alemán.

Me uní al Centro Cultural Ayllu K’alaqaya, nido de músicos, pintores y artistas. Ahí recibimos a la primera voluntaria de ese país: la Lea Kesller.

La Lea manía, el anagrama de Alemania, es la explicación más simple de ella. Seis años después de su visita a Bolivia, los amigos del centro cultural aún la recuerdan: activa, divertida, buena cuata... Ella comenzó esa manía del K’alaqaya de unir Bolivia y Alemania.

Bálsamo alemán
Ana Rosa López Villegas


Cuando adoptamos a Zeus, lo consideré como un regalo. A los pocos días de la adopción, mi esposo recibió una inesperada oferta de trabajo en Alemania. Lo que había comenzado como una inocente pregunta de un excolega suyo a través de WhatsApp, se convirtió de pronto en una decisión de vida a tomar. 
Antes de entregarme en serio a la idea de volver a esa Alemania que nunca me quiso dejar, calculé de a poco los sentimientos que me comenzaban a inquietar. Pensé en mi mamá. Ya no se trataba solamente de despedirse de mí, ahora estaban sus nietos de por medio.
13 de octubre, domingo. Los rayos de sol en las ventanas de mi habitación aguardaron a que el teléfono sonara para lanzarse sobre mi cara. Era mi tía. No sé cuáles fueron sus primeras palabras, pero jamás olvidaré cuando dijo: “Tu mamá no despierta”. De un momento a otro sentí que alguien me había quitado el suelo y que iba cayendo sin avizorar el final.

Beso francés
López Serrano


Su nombre, Marion Slitine. Era una parisina que llegó para hacer trabajos de voluntariado. Tenía el cabello café oscuro, casi negro, los ojos cautivantemente verdes.

Antes de que se fuera, aquella noche, la llevé a la terraza y le hablé de amor, del que sentí antes de conocerla y del que sentí después de verla, de lo que quisiera tener con ella y así, un relato de ocho mil caracteres estrellándose contra los oídos de Marion, contra los ojos de Marion, contra el pecho de Marion. Obvio, no entendió nada, pero lo supuso, así que me miró fijo con sus ojos cautivantemente verdes y cerrándolos mientras se acercaba a mí, me besó. 

Hoy vino al hospital la amiga donde aquella vez se alojó Marion. Por supuesto, no la pude ver, estoy entubado en la Unidad de Terapia Intensiva y mi cara circula por las redes sociales pidiendo donantes de plasma.

El quinto día de septiembre
Shirley Caballero


—Por favor, recoge mis documentos de esta dirección. Te hablo luego.

Ese fue el escueto mensaje que llegó en abril a mi correo electrónico, después de un mes de cuarentena en el que no había tenido ninguna noticia de David.

A finales de mayo, habiendo acumulado más silencio para mis preguntas sobre la situación de David, se me ocurrió buscar alguna lista de fallecidos que quizás en España o en Perú estuviera publicada, a lo mejor existiera tal cosa debido a las circunstancias extremas. Así es, ni siquiera sabía en qué continente se encontraba. Busqué en vano, y ya solo husmeando por distracción, hice un clic accidental en un enlace de noticias luctuosas de un periódico español, donde saltó a mi vista el nombre de David S. M. como víctima de un accidente fatal en una breve nota al final de la página. Estas eran sus iniciales.

¡Gezellig!
Denisse Guerra


Niels y yo ya no estamos juntos, pero el otro día, con una copa de vino por Zoom, morimos de risa recordando un episodio de ese increíble viaje. Un día fuimos a un bar de Ámsterdam para que él pudiera encontrarse con amigas y amigos de la infancia. Durante la noche nos divertimos un montón, conocí gente, compartí varios shots de ‘lo mismo que tú estás tomando’, la música no daba para bailar, pero bailé y, cuando me di cuenta de que estaba buscando una chacarera en la playlist, me senté y decidí beber agua. 

Al día siguiente desperté con un fuerte sabor a cigarro (yo no fumo) y, al mirarme en el espejo, no entendía por qué mis dientes no estaban blancos, sino marrones. Algún momento en la noche le había dicho al mesero, en castellano “más llajuita, por favor”.

Habrá magia
Laura Calderón


Cuando lo ví lo supe, él no era para mí. Claro que, más tarde, lo escuché haciendo un par de comentarios inteligentes, de ese humor negro bien refinado… y eso me gustó. Sin siquiera darse cuenta, le funcionó: ese aire un poco condescendiente, esa honestidad medio infantil, medio cruel, me cautivaron y me propuse conquistarlo.

Un día en el que veía una de esas series que nos permiten olvidarnos horas de nuestra propia existencia, descubrí a un personaje con la misma sensación de ausencia que él, y una honestidad implacable, idéntica también a la de él. En el episodio, la esposa tiene una epifanía y pregunta si puede hacerle un test. Él acepta, y cuando termina, ella le dice: sacaste 39 y ese rango corresponde a personas con Síndrome de Asperger. Igual que él.

Llamada desde Londres para Julia
Jorge Quispe 

Julia, una mujer jubilada del Magisterio, nunca había hablado con Mary Carmen, una de sus hermanas por parte de su difunto padre, hasta ese sábado. 

–Hola, Julia, soy Mary Carmen, tu hermanastra. No nos conocemos pero escucha, corazón mío, yo sé que estás pasando un momento muy difícil, pero debes estar siempre positiva, no pierdas las esperanzas, ni tampoco la fe, poco a poco te recuperarás –le dijo Mary Carmen Blanco, de 66 años, que vive en Europa hace más de cuatro décadas.

Así fueron las últimas horas de Julia, que en la agonía de su vida, pudo por fin conocer, al menos por teléfono, a la hermana que le faltaba para finalmente partir en paz.

Los Orsag sin acento
Zdenka Orsag

El patriarca de la familia Orság (con acento) vino escapando del hambre, como todos los europeos antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Junto a un amigo se dispuso a crear una fábrica de vidrio en cada ciudad por la que pasaban.

En su peregrinaje, cuando ya habían decidido ir hacia Perú, se toparon con el maravilloso poblado de Apolo, en Bolivia. Como era extranjero y sabía leer, era el candidato perfecto a los ojos del señor Céspedes, quien casó a su hija Lidia con él. 

Jozef Orság se quedó en Bolivia y llevó a su familia a Cochabamba. No volvió al Viejo Mundo nunca más, ni de visita. Quiero creer que como añoró tanto su tierra, cuando se fue volando de este mundo se desplegaron sus alas, pasó por aquellos paisajes de su tierra natal y subió feliz a su propio infinito en algún sitio.

Viaje es la vida
Juan Pedro Debreczeni Aillón


Azul, infinito, se abría en el horizonte el mar Atlántico, y con él los misterios de un mundo nuevo en el sentido redondo de la palabra. Atrás quedaba el Danubio, la casa paterna, la familia, el amor y la vida que hasta entonces había construido en su natal Hungría. 

Montado sobre la cubierta del monumental navío “Augustus”, con un gran baúl antiguo como equipaje y el violín al hombro, Pál (Pablo) Debreczeni Nagy, mi abuelo, surcaba las olas con la mirada fija en el oeste y la incertidumbre sobre la vida que le esperaba al llegar a puerto. 

A inicios de 1940, junto con la orquesta que integraba, recaló en la ciudad de La Paz.  Mi abuelo era responsable de difundir la noticia y el programa de presentaciones durante su estadía en la ciudad. Jamás habría imaginado que esa insignificante tarea determinaría el resto de sus días.
 

 

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