En tu cumpleaños

viernes, 14 de febrero de 2020 · 09:45

Ignacio Vera de Rada*

Fotografías de Gastón Brito

 

La mañana del 12 de noviembre, mi padre y yo decidimos salir a desayunar a la calle. Afuera aún reinaba una tensión de guerra. Era cumpleaños de Paula, quien hacía poco más de 24 horas me había pedido no salir de mi casa por nada del mundo. Aquella noche, la del 10, luego de apagar todas las luces, encendimos una vela y nos metimos con mi mamá en el sótano de la casa, dispuestos a perderlo todo con tal de mantenernos a buen recaudo. Trancamos la puerta del depósito subterráneo con una mesita de noche, y usamos el espacio como búnker. Paula, que vive tres casas más allá, se subió a la azotea de su hogar para comunicarme por celular sobre lo que ocurría fuera, minuto a minuto, segundo a segundo: Ignacio, una detonación; Ignacio, fogatas en la barricada; Ignacio, sonido de vidrios quebrándose; Ignacio, veo a los primeros llegar, no salgas de donde estés. Alrededor de las 21.30 comenzamos a escuchar el grito frenético que por varios días más nos estremeció: ¡Ahora sí, guerra civil!

Con mi madre comenzamos a rezar para que lloviera. No ocurrió. La lluvia pudo haberlos diezmado.

 

Cuando salimos con mi papá la mañana del 12, la imagen de las calles de la zona sur paceña era dantesca, como las que vemos en los noticiosos extranjeros y que tienen que ver con las guerras de Medio Oriente. Los vidrios de seguridad de los negocios y edificios habían sido destrozados. Las paredes estaban pintadas con espray. Había un humo azulado por todas partes. Las barricadas, aunque todavía intactas, parecían dejadas al olvido: no había gente de la resistencia; quedaban solamente sillas, palos y piedras botados por todas partes. Las calles estaban solitarias. Era como si todos se hubieran replegado solamente unos minutos antes del amanecer. Las llantas chamuscadas todavía desprendían columnas de un humo negro que ascendía como hilera serpenteante hasta el cielo.

El día 11 de noviembre anoté en mi diario íntimo: Dormimos muy poco y el terror duró toda la noche. Quemaron las casas de Waldo Albarracín y de la periodista Casimira Lema, y destruyeron con fuego decenas de vehículos, entre éstos, los buses Puma Katari de la alcaldía. Hoy vino mi padre a casa para hacernos compañía; se quedará a dormir. Mañana es el cumpleaños de Paula, y yo le escribo una carta. El vecindario se muestra solidario. Nos estamos conociendo.

(Como en la guerra con el Paraguay, tenía que suceder un hecho trágico para que decidiéramos conocer a quien vive a nuestro lado).

Un fragmento de la carta a Paula: En estos momentos duros que estamos atravesando, quiero pedirte que resistamos un poco más (el arcoíris está ya por salir para nuestro país) y que por sobre todas las cosas, más allá de todo, nosotros, tú y yo, luchemos por nuestra felicidad, aquí en Bolivia o donde la vida nos ponga…

Creo que la sociedad se ha olvidado de Dios…; ayer, cuando nos guarecíamos con mi madre en el sótano y el terror se adueñaba de las calles de la ciudad, sentí en mi corazón un vacío: había olvidado a nuestro Creador. Así que dejo a Dios nuestra suerte y la de nuestro país.

I

Lunes 21 de octubre de 2019

Tengo la voz enronquecida por gritar el éxito de un largo año de campaña: hemos conseguido la segunda vuelta. Son las 8.00. Estoy en el Conservatorio de Música para mis lecciones de piano, y ya la euforia de la noche anterior se ha desvanecido: la sombra de un fraude electoral está en ciernes. Todo es incertidumbre. Son las 9.00, y ya gran cantidad de jóvenes se ha dado cita en la avenida Arce (donde se hacía el conteo preliminar de los votos) para hacer vigilia (una que desembocaría en los terribles hechos que luego vimos en los medios y ante nuestros ojos).

Los titulares de los periódicos son demoledores y categóricos. El Gobierno elude preguntas y responsabilidades. La opinión pública asume diversas posturas. Parece que hay confusión y crisis en el Gabinete del presidente. Los líderes de opinión inundan las redes sociales y las columnas de los periódicos con acerbas críticas a la interrupción del conteo rápido de votos, suspendido sin explicación.

La ciudadanía comienza a organizarse para resistir. “Bloqueo de las mil esquinas”, dicen unos. “Marchas pacíficas”, gritan otros. “¡Ambas cosas!”, piden los más.

II

Jueves 24 de octubre de 2019

Asisto a la Asamblea de la Paceñidad como representante joven. Tomo la palabra y emplazo a los políticos a preservar la vida ante todo, en cualquier manifestación o protesta a la que se pudiere convocar. Salgo del Consistorial a media mañana. Hay relativa calma y normalidad.

Luego del almuerzo, Paula me convence a subir al centro para marchar. Accedo. A través de las ventanillas del teleférico, vemos debajo de nosotros centenares de jóvenes universitarios que caminan rumbo al Prado.

Casi todos los partidos políticos opositores han convocado a sus militantes a la marcha en lugares específicos, pero la verdad es que allí, en el Centro, cualquier distinción de siglas o colores se diluye en una sola identidad: rojo, amarillo y verde. Ver eso, en medio de la tormenta que parece avecinarse, es hermoso.

Encabezamos la marcha, sosteniendo la tricolor que hemos traído. Llegamos a la plaza San Francisco y nos unimos a un grupo masivo que baja de la Montes. Petardos, gritos frenéticos.

(Me siento responsable por ella. Mis padres me mandan al WhatsApp que me vaya a una hora prudente y que no me exponga ni exponga Paula a ningún peligro).

Llegamos a Sopocachi junto con miles de personas eufóricas. “¿Quién se rinde? ¡Nadie se rinde! ¿Quién se cansa? ¡Nadie se cansa…!”.

Cayó la noche. Las cuatro esquinas de la plaza Avaroa están custodiadas. Nuestro objetivo es llegar a las puertas del Tribunal Supremo Electoral. Pero es imposible: hay decenas y decenas de policías resguardándolas y el Neptuno espera detrás de ellos, dando vueltas y vueltas al cuadrante.

Comenzamos a escuchar más detonaciones. Se lanzan los primeros gases lacrimógenos. 19.00… Ya es hora de irnos. 

III

Lunes 28 de octubre de 2019

9.47 de la mañana. Lluvia de piedras. Algunas caen en el frontis de mi casa. Vuelan palos y se escuchan petardos. Una explosión hace temblar los vidrios; ¿fue eso una dinamita…? Desde Ovejuyo, ha llegado hasta la esquina de mi calle una turba enardecida. Hay un enfrentamiento; la resistencia civil está desarmada y queda fácilmente diezmada ante la furia y la violencia de los revoltosos.

Saco la cámara de mi celular y comienzo a registrar en video lo que ocurre: dos mujeres armadas con palos se acercan a un auto parqueado en la esquina de la calle, y comienzan a romper el parabrisas y los vidrios laterales; también abollan el metal de la carrocería. La resistencia mira indignada, impotente, replegada en la “retaguardia” del campo de batalla, al otro lado de la calle, a unos treinta metros. 

Hay un cabildo convocado en la Costanera, pero nos quedamos en casa viendo las noticias.

IV

Lunes 11 de noviembre de 2019

Mañana, 6.00. Llueve tenuemente. Preparamos sándwiches para los centinelas que custodiaron nuestras casas toda la noche anterior.

No pudimos pegar los ojos. Al menos yo, fui testigo del amanecer.

Noche. Bolivia entera recibe un soplo de esperanza: los militares han decidido trabajar con la policía para detener la el frenesí de los sediciosos. (Militares y policías también parecen estar hartos de casi quince años de un monopolio apabullante de poder).

Se convoca a todos los vecinos de la zona a salir a la que llaman “batalla final”. Buscamos dos fierros y dos cascos y salimos con mi papá; vamos optimistas. Nos reunimos con todos los demás vecinos en una calle de Cota Cota, y nos suben en una camioneta, como si nos hubiésemos enlistando en un ejército. Llegamos al lugar. Hay una barricada inmensa que va de una acera hasta la otra, armada con calaminas, palos y ladrillos. Es un auténtico fortín militar. Se han preparado unas 200 bombas molotov. Se reparten armas a quienes no tienen una: palos en cuyo remate tienen alambre de púas o clavos. 22.30: unas 200 personas esperamos el embate decisivo. Pero felizmente el adversario jamás llega. Los policías y los militares ya han salido a las calles a contener la locura de los que piden guerra civil. No hay batalla alguna.

Una señora reparte ají de fideo a todos los “soldados” de la barricada.

Nos vamos a casa caminando, con un relativo aire de tranquilidad y alivio. Ahora sí podremos dormir.

V

Martes 12 de noviembre de 2019

Cumpleaños de Paula. Un martes nublado y de incertidumbre. Hay una rara tranquilidad. En el cielo se ven cazas que sobrevuelan la ciudad haciendo su estremecedor sonido en el aire y desaparecen en el confín, detrás del Illimani.

No sabemos qué hacer para celebrar el cumpleaños, todo está cerrado. Almorzamos en su casa. Lo celebramos ella, su mamá y yo, sentados en una mesa en la que hay paz. 15.00: brindamos sobre todo por la vida y en honor de todos los que han derramado sangre y puesto en riesgo su existencia en pro de un ideal.


 

*El autor es escritor, periodista y lector compulsivo de libros de todo género. Colabora semanalmente en Letra Siete y es columnista de varios medios impresos.

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