VERBORREA

Diego Mondaca de la A a la Z

domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:11

 Lucía Camerati

Le gusta el chairo, el cordero orureño, él mismo prepara su pan de masa madre, cree firmemente en el pan y el cine de batalla; por eso se ha metido a hacer películas que salen de lo común y que ya van girando por el mundo. Tal es el caso de  Chaco, recientemente presentada en el Festival de Rotterdam. Hoy abrimos una de sus maletas de guerra, donde además de sacar películas de su Cinéclubcito, hemos sacado palabras y éstas han sido las más acariciadas. 

Abuelo.– Cada que iba a Oruro, él era una fiesta. Nunca nadie me peinó tan bien como mi abuelo. Nos llevaba, a mi hermano y a mí, a caminar por toda la ciudad. Tenía pasos largos, de atleta, y  junto a mi hermano teníamos que trotar a su lado; todo el mundo lo saludaba. Por la tarde, a las 18:45 lo esperábamos listos y abrigados. Mi abuelo llegaba del trabajo y nos llevaba, a pasos rápidos, a que veamos el pasar el tren. Ahí acababa el día, con un sonido del tren alejándose.

Boquerón.–  Una palabra ronca y dolorosa. Una memoria confusa de unos “héroes” abandonados para la gloria de algún capitán que ‘se salvo’ para contarla. Quizás Boquerón sea la también la metáfora de un país, Bolivia. 

Cinéclubcito.– Empezamos casi por accidente y, entre chiste y chiste, ya vamos en nuestro cuarto año, en cinco ciudades de Bolivia. Se ha ido sumando mucha gente que llega curiosa y escéptica a nuestras salas, pero se va contenta y con la sensación de haber encontrado un espacio que es para ella. “Un palacio plebeyo”, como diría Cozarinski.

Chaco.– Cuando estuve allí experimenté el silencio más aterrador y extraño, eso dejó la guerra en el Chaco. Un bosque inmenso, plateado verdoso, de colores raros y confusos. Silencioso e inhóspito. Uno de los mayores fantasmas de los bolivianos, y que ronda en cada familia. Ahora, hacer Chaco, la película, fue un reto enorme. Un proceso largo y que agradezco mucho. Me empeñé en revisar durante mucho tiempo todas las publicaciones en torno a la guerra. Todo lo que llegaba a mis manos me servía. Leí cartas, bitácoras, diarios, etc. Lo más valioso estaba en lo que no decían, en lo que omitían. Aquello que no quedó registrado es lo realmente sensible y valioso, y donde debemos poner nuestro esfuerzo, fundamentalmente para recuperar esa memoria perdida, e ir saldando ese vacío profundo, doloroso y oscuro.

Cada vez que converso con alguien sobre Chaco, lo primero que surge es una memoria  familiar, un reconocimiento en la guerra a partir de algún familiar suyo que estuvo ahí, que participó de una u otra manera. Y que ahora sus hijos o nietos conservan de manera especial e íntima algún objeto que dejó en casa. La memoria de la guerra está en lo más íntimo de la familia boliviana, es un dolor que tenemos ahí. Un dolor y silencio que está también en mi familia y el recuerdo de mi abuelo.

Analizar de forma crítica nuestras derrotas es más valioso que defender patrióticamente magras e efímeras victorias.

Dostoyevski.– Todxs deben leerlo, es imprescindible conocer a nuestros demonios. Reconocernos en ellos da pavor, y eso es necesario. Desde que leí Crimen y Castigo me empeciné en leer todos los libros de Dostoyevski, creo que lo he logrado. Y, Memoria de la casa de los muertos, es un libro al que siempre regreso. 

Enemigo.– Una figura que siempre es interna. El Partisano, interpretada por Leonard Cohen, para mí representa ese encuentro con el enemigo y el amigo. Es una canción que la escucho siempre, y me emociona hasta las lágrimas, siempre.

Fantasmas.– El supuesto enemigo. 

Guerra.– El delirio del hombre solo. 

Herzog.– En las semanas más tensas de pre producción de Salt&Fire, película que filmó en Bolivia y en la que yo participé como asistente de dirección,  también se cruzaba la Champions League. Su equipo, el Bayern de Münich, jugaba uno de esos días. Werner me pidió que suspendamos por 90 min el trabajo para todos. 90min, repitió. Werner buscó un televisor y estuvo frente a él con dos botellas de cerveza, una por cada tiempo, y un balde de papas fritas. Era un fan completo. Finalizado el partido, todos volvíamos a trabajar, no había opción. Además, el Bayern había perdido ese día. Y una vez más, cuando realizamos el encuentro con Werner Herzog en La Paz, él insistió en ir desde su hotel hasta el Cine 6 Agosto a pie. Recorrimos la larga fila que esperaba entrar  al cine; muchos no se dieron cuenta que por su lado estaba pasando él, en la misma acera. Al entrar, la sala ya estaba abarrotada. A medida que la gente iba dándose cuenta que Herzog entraba y recorría el pasillo de la sala, entre sorpresa y admiración, comenzaron a aplaudirle. 

Imitar.– Ese quiste de mediocridad que tenemos instalado.

Kurosawa.– La primera película que vi de él fue Sueños (1990). Por suerte eso me impulsó a ver todo lo verdaderamente maravilloso que hizo antes, y así pude conocer su   implacable y altamente sensible obra. Una de sus cámaras de 35 mm está en la escuela de cine donde estudié, la llamamos “la Kurosawa”.

Manzano (Álvaro).– Pieza clave en Chaco. Tuvimos un día muy complicado en el rodaje de nuestra película, él lo sacó adelante y pudimos filmar escenas muy potentes de la película. Durante todo el rodaje no podíamos permitirnos fallar ni un solo día, y él hizo que fuera así. No fallamos.  Es una gran persona, una rara avis, y excelente asistente de dirección.

Pañuelo.– Antes de irme a estudiar fuera del país fui a despedirme de mi abuela, y ella me dijo: Bueno hijo,  al menos ya sabrás bailar cuecas, ¿no?.
 

Oruro.– Es todo mi corazón, un poco de mi furia y mucho de mi nostalgia. Durante la hora de la siesta, cuando no podía volar ni una mosca en casa porque mi padre hacía siesta, mi madre tenía una estrategia: encendía su cigarro y se ponía a contarnos historias de su infancia en Oruro. Historias increíbles que nos tenían siempre quietos, atentos y sobre todo callados. Eso era casi todos los días. Así construí mi memoria de Oruro, a través de los recuerdos de niñez y juventud de mi madre. Quizá por eso amo tanto Oruro. Aunque nací allí, no me quedé  más que  mis primeros seis meses, pero lo tengo en mi alma y es mi memoria. 

Pan.– Mi abuela me decía: Si llegas a cualquier lado con un pan hecho en casa, nadie nunca te rechazará ni tirará la puerta.
 

Quechua.– Por suerte lo escuché primero desde mi padre cuando lo acompañaba  en sus viajes al campo. Luego de muchos años descubrí que mi abuela, una señora rancia y de ojos verdes,  lo hablaba perfectamente. Un día la encontré a ella y a su jardinero en gran charla. Fue un gran instante para mí, ese momento creo que me reconcilié con ella completamente.  
 

Raymundo Ramos.– Es tanto un pequeño diablito como un tremendo cachorro. Fue la energía del rodaje en Chaco, mirarlo era mirar también la película completa. Un gran actor. 

San Pedro.– Una ciudadela en el corazón de La Paz. Muy propia, muy nuestra. Innegable. Un espacio que se renueva constantemente, poseedor de una dinámica inimaginable. Una escena que vi mientras investigaba para Ciudadela, documental que filmé ahí dentro, era más o menos así: Yo estaba sentado en una banca de la plaza frente a la puerta de San Pedro, de pronto escuché una banda militar resonando, pero parecía que el sonido venía desde debajo de la tierra, miré a todos lados y no había la banda. De repente se abrieron las dos puertas de la cárcel y un grupo de mujeres vestidas de negro y con los rostros cubiertos de velos negros avanzaban cargando a un Cristo en la cruz. La banda venía detrás de ellas. Esa imagen y sonido no se me borran. No pude reproducir la escena para Ciudadela, y así es mejor. 

Tres (pasos al frente).– Un avanzar silencioso hacia la muerte.

Utopía.– No sé si logre decir algo algún día de la utopía, pero quizá me acerque.

Villalpando (Alberto).– El gran músico que Bolivia lleva dentro. Un caballero, de conversación pausada, gustoso del buen café y los traguitos finos. Conversar con Don Alberto es una verdadera fiesta. 
 

Wi–fi.– Si lo cortan resolvemos todo este país en 3 días. O no queda nada. 

Paraguay.– Nuestro mejor vecino .Un país que ahora más que nunca me gustaría visitar y conocer. Recorrerlo y conversar con su gente. 
 

Zitarrosa.– Su música la conocí en la casa de Pipo (Washington) Estellano. El Pipo no solamente me presentó a un músico, sino también al poeta, escritor y activista uruguayo. Zitarrosa y su Guitarra Negra. Cuando presentamos el documental de Zitarrosa en el Cinéclubcito, 2019, lo más emotivo fue que Miguel Ángel (hijo mayor de Pipo) llevó un par de discos de vinilo y tocadiscos para que todo el público escuchara a Alfredo. Cuando sucedió eso yo me emocioné mucho. Sé que el Pipo hubiera hecho todo para poder ver ese documental en la salita del Cinéclubcito, sé que hubiera sido un gran frecuentador del Cinéclubcito y Efímera. 
 

 

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