CRONIQUITA

El tunchi nuestro de cada viernes

Una noche, de cabo a rabo, en la cabina de Malegría, el boliche paceño. ¿Hay alguna diferencia, de boliche en boliche?
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:09

Texto y fotos Iván Canedo Calderón

“De mi vida te boté, yo te boté” cantan todos en la pista de baile, donde moverse es una prueba de territorialidad, donde la música se siente hasta el pecho y el humo de cigarrillo nubla la mirada y se convierte en la marca diurna de la aventura nocturna. Mientras, desde la consola cual altar omnipresente, el DJ sabe que de su habilidad depende que sea una noche memorable.

En la puerta de ingreso, el grandulón de seguridad me pide que deje mi morral en guardarropía.  Como cargo mi cámara y permiso, no le hago caso, me mira con desconfianza, empujo la puerta y una tenue luz roja invade el ambiente donde vibran los bajos de una cumbia clásica.

Viernes, nueve de la noche, se abren las puertas de “Male” y llega gente por todo lado, algunos a continuar la jarana ya comenzada y otros solo a distraer la inercia semanal. Algunos, como águilas de caza y otros, con todo por perder. Los más tienen sus trucos, los otros no saben lo que les espera. En esta marea de situaciones y emociones, de estados y peinados, de clásicos y modas, el que la tiene clara es el DJ, cuya misión es provocar, transmitir, cegar, despertar y, por último, ilusionar, aunque sea por un momento, cada cuerpo. Aunque parezca una obviedad, él quiere que se sepa que su tema está sonando. 

Se llama Juan Veliz, Jujo para los amigos. Es el DJ de Malegría, un conocido boliche paceño. No le gusta hablar mucho sobre sus inicios y confiesa que su primera noche en la consola fue un desastre, aunque finalmente supo desenvolverse en el medio. “Se trata de ser sensible al público, todo está en dar y recibir”, dice. Reguetón y cumbia son su repertorio y a pesar de eso siente que “el reguetón está estancado, como casi todas las artes en este momento, pero aún así vende y cumple su objetivo”. Cumbia y reguetón, pienso. “Al final se trata de tu sensibilidad, de sentir la energía del momento. Hasta puedo usar un tema de hace treinta años al que le agarré cariño, y en el momento exacto produces el efecto que quieres”.

La unión es la fuerza

Días más tarde, nos vemos en un café donde también trabaja. Jujo anda siempre con camisa, un saco que tiene desde el colegio y su cabello afro medio desgarbado. Cree que tanto su pasado y su presente influyeron en su decisión de ser DJ. Cuenta cómo, desde su infancia en Colombia y el drástico cambio al venir a Bolivia a un colegio de solo hombres, le afectó radicalmente su percepción de la vida y de las relaciones humanas. “Volvimos a Bolivia y cerca al Halloween. Le pregunté a mi mamá de qué me disfrazaría, y ella, como es, me dijo que acá no se celebran esas cosas. Mi mamá trató de enseñarme que lo simbólico es buena onda pero que el ser humano debe adaptarse y cambiar con las circunstancias”. 

Media noche, la pista rebalsa de movimientos, manos, caderas, y los más tímidos solo mueven la cabeza. Una mirada se cruza con otra, no hay respuesta; unas manos se tocan, el calor y sudor hacen las prendas más pesadas y desaparecen.

El charle desde la consola

En la puerta, la fila sigue. Veinte personas en la entrada son una señal, un llamado a la gente que sabe que si el boliche está vacío no hay joda. Adentro, la música suena y también se oye el ruido de una botella que se estrella contra el piso. Desde la cabina se pueden ver las cabezas que desaprueban la mezcla de la música propuesta. Jujo quiere aparentar no tirarles bola pero su mirada dice lo contrario, entonces se coloca los audífonos al modo de un casco antes de salir de la trinchera. Suena la percusión característica del reggaetón (tun chitun chitun) en un tema “clásico” que todos identifican y entonces se oye un aullido en la pista como si fuese la afirmación de la tribu. Quienes estaban sentados se paran, los más tímidos mueven algo más que la cabeza y las miradas que se cruzan obtienen respuesta. Jujo sabe bien lo que hace. Los que están a la caza saben que es su oportunidad y los despechados saben que lo que pasó, pasó, entre tú y yo. Suenan vidrios nuevamente, entonces le pregunto a uno de los tres encargados de seguridad si se rompen tantas botellas cada noche. “No hermano, hoy está jodido, vienen de una chupa en la UMSA y estamos reventando, en la entrada ya estamos con la policía”.

La propuesta nocturna en La Paz no es muy variada, con contadas excepciones. La música suena de acuerdo a la moda, los sujetos que velan por la seguridad en el ingreso parecen tener el mismo gesto desconfiado, una cerveza de 15 pesos es la misma que cuesta 50 en otras alturas. Entonces ¿qué nos lleva a compartir un espacio con decenas de extraños? Tal vez Scott Fitzgerald tenía razón: “me gustan las fiestas multitudinarias, son muy íntimas” (El gran Gatsby). Tal vez el ruido, la presencia de gente que no es nada para nosotros y a la vez nos deja ser nosotros mismos, nos permite una intimidad que nos lleva a un tú a tú honesto, mientras nuestro tema suena en los parlantes otorgándonos un aire de película. Por una noche podemos ser nuestro propio protagonista.

La subida (peor es nada)

Tres de la mañana, se prenden las luces y la pista se vacía. Algunos perecieron en la travesía y ahora son cargados como soldados caídos en batalla; otros siguen en pie para otra ronda, pero la mayoría tuvo su momento de liberación; micro nirvanas. Botellas rotas y el suelo pegajoso son las secuelas de la fiesta. Pasar desapercibido con una cámara fotográfica no fue tarea fácil. Se me acerca un borracho: “Hermano ¿salgo en las fotos? Porque estaba con otra mina…”. Lo tranquilizo y se va por donde vino.

Jujo sabe que el trabajo es trabajo y la música se trata con respeto. Sale del boliche directo a su casa pues la música terminó por hoy. Las dudas vuelven y la intimidad, tan bella entre la multitud, se vuelve rutinaria.
 

 

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