RETRATO

Enriqueta, vital

domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:10

 Raquel Cors Ulloa
 Fotografía Alejandra Reznicek

La presencia de una singular voz tiene efectos vivificantes. Quienes escucharon cantar en vivo a Enriqueta Ulloa saben lo que pasa cuando su voz percute con fuerza y alegría en el cuerpo.

Con mis hermanos, solíamos turnarnos para acompañarla a sus conciertos. Había que ayudarla a preparar: clara de huevo, algo de agua y un simple té. Me alegra ser hija de una artista que nunca requirió más que aquellas recetas domésticas para subirse al “escenario de la vida”. Con ese mismo coraje femenino, Enriqueta (Queta) supo transmitirle a algunas afortunadas mujeres el privilegio de elegir separarse de algunas absurdas dependencias sociales o económicas.  

Enriqueta cantó desde muy niña, por eso es genuina cuando dice que "el artista nace, no se hace". En efecto, cantando se hizo una vida.

Había que mirarla en el camerino: desenlazaba su cabello, jugaba con las trenzas, se maquillaba un poco, preparaba sus vestidos -siempre coloridos-, elegía sus flores y se llevaba una a la cabeza, la oreja o el micrófono, o lo que ella quiera, porque no es de escuchar consejos…

Su público cantaba, bailaba y hasta lloraba con ella. Siempre me impresionó lo que mi madre causaba en sus presentaciones, parecían “clases de vida”. Entre la letra y música de cada canción había una escansión de: integridad, dignidad, respeto, fe, tradición, patriotismo, familia, amor y desamor. Una vez le pregunté si ella realmente creía en el amor. “Hija, –me respondió–: la gran mayoría de las canciones populares hablan del desengaño del amor, ¡es ahí donde fluye la inspiración!”

Enriqueta. Cuando sube a un escenario, lleva consigo ¡la fuerza de la vida misma!

Enriqueta Ulloa Mealla (1952), cantante popular tarijeña.
 

 

 

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