TANTO TE AMÉ

La libertadora del Libertador

El amor es azaroso, sabemos. Aunque no falta quien dice que hay un destino trazado. Lo cierto es que a veces sucede que el amor resulta de la buena puntería. En este caso no cabe duda que ambos acertaron. Como también es cierto que, muerto el Libertador, Manuela Sáenz pagó con el destierro su atrevimiento de mujer.
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:15

Liliana Carrillo V. 

La primera vez que lo vio, imponente en su desfile triunfal por Quito, era tanta su emoción que le arrojó una corona de flores que impactó en el pecho del libertador Simón Bolívar. Manuela Sáenz tenía entonces 22 años y una inteligencia apasionada que se diluía en la honorable vida que condenaba a las señoras casadas a la monotonía de la aristocracia. Pero ese 16 de junio de 1822 su mundo iba a girar definitiva y radicalmente.

El primer encuentro ha quedado registrado en el Diario de Manuelita: “Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S.E; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída a la casaca, justo en el pecho de S.E. Me ruboricé de la vergüenza pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tal acto, pero se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano”.

Esa misma noche, en el baile de bienvenida a  las tropas libertarias, Bolívar en persona se presentó a la dama con una frase que ha quedado en la historia: “Señora, si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España”. Ese fue el inicio del pacto que mantuvo juntos a Manuela y a Simón durante ocho años, hasta la muerte del Libertador en 1830.

Manuela Sáenz era hija del español Simón Sáenz Vergara y de la criolla María Joaquina de Aispuru. Su madre falleció el día en que ella nació y –por pena o incapacidad (probablemente la conjunción de ambas)–  su padre la envió con las Monjas de la Concepción apenas la niña supo caminar.  Su destino parecía marcado y del internado pasó al convento de Santa Catalina de Siena, en Quito. ¿Monja? No, Manuela no quería la vida religiosa y huyó  del hábito como destino cuando tenía 17 años.

Corrían tiempos de revolución en América en 1816 cuando Manuela conoció a James Thorne, un acaudalado médico inglés 26 años mayor que ella, que veía en la joven la esperanza de no envejecer solo. La desigual pareja se casó en julio de 1817 en Lima. Los años siguientes, según relató Manuela, fueron para ella de tedio por su matrimonio y de emoción por las batallas independentistas que explotaban en el continente y que tenía a un tal Bolívar como líder. 

A Manuela no le importó el escándalo cuando dejó  su matrimonio para convertirse en la compañera de Simón y prueba de ello es este fragmento de la  última carta que le escribió a su marido, el inglés: “No, no y no; por el amor de Dios, basta. ¿Por qué te empeñas en que cambie de resolución? ¡Mil veces no! Señor mío, eres excelente, inimitable. Pero, mi amigo, no es grano de anís que te haya dejado por el general Bolívar; dejar a un marido sin sus méritos no sería nada. ¿Crees por un momento que después de haber sido amada por este hombre durante años, de tener la seguridad de que poseo su corazón, voy a preferir ser la esposa del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo, o de los tres juntos? Sé muy bien que no puedo unirme a él por las leyes del honor, como tú las llamas, pero, ¿crees que me siento menos honrada porque sea mi amante y no mi marido?”. Así de intensa era la pasión que la unía a Bolívar; así, el valor que da la sed de vida.

Manuelita fue para el Libertador más que compañera sentimental, confidente y consejera. “Eres la libertadora del Libertador”, dijo el propio Bolívar después del atentado en el que ella le salvó la vida. El 25 de septiembre de 1828, el general enfermo pidió que Manuela lo acompañara en el Palacio de San Carlos, donde residía en Bogotá. A la medianoche, un grupo de conspiradores redujo a la guardia de seguridad e ingresó hasta la habitación donde estaba la pareja. Manuela percibió el peligro y sin temer por su vida salió al encuentro de los intrusos que tenían la misión de matar al Libertador. Éste logró huir por la ventana a costa de los golpes que le valieron a ella su valentía.

No fue sino una prueba más del amor que los unía y que ha quedado inmortalizado en las cartas que, estando separados, intercambiaban. “Mi bella y buena Manuela: Cada momento estoy pensando en ti y en el destino que te ha tocado. Yo veo que nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor. Lo veo bien, y gimo de tan horrible situación, por ti; porque te debes con quien no amabas; y yo porque debo separarme de quien idolatro. ¡Sí, te idolatro más que nunca, jamás! Al arrancarme de tu amor y de tu posesión se me ha multiplicado el sentimiento de todos los encantos de tu alma y de tu corazón divino (…): Bolívar”, escribió el Libertador el 10 de abril de 1825. El 17 de noviembre de ese año, Sáenz le remitió: “Señor: Estoy muy boba y enferma. Cuán cierto es que las grandes ausencias matan el amor; y aumentan las grandes pasiones. Vd. me tendría muy poco amor, la grande separación lo acabó; pero yo que por Vd. tuve pasión, que ésta la he conservado por conservar mi reposo y mi dicha, que ella existe y existirá mientras viva (…): Manuela”.

A la muerte de Bolívar, en 1830, Manuela fue expulsada de Colombia y se exilió en Jamaica. Cinco años después trató de volver a su patria pero la sociedad no perdonaba su afrenta de haber amado a un hombre sin el amparo de las convenciones. Se refugió entonces en el pueblo peruano de Paita donde vivió los siguientes 25 años del comercio de tabaco, la traducción de cartas y de los bordados por encargo.

El 23 de noviembre de 1856, durante una epidemia de difteria,  murió la “libertadora del Libertador” y fue enterrada en una fosa común. Tenía 59 años y había dedicado sus últimas décadas a recopilar y ordenar los documentos de Simón para preservar su memoria. En una de sus últimas cartas escribió: “Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero”.
 

 

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