TANTO TE AMÉ

La muñeca inglesa

El amor es incomprensible, incontrolable, ilógico. Así lo fue también para el escritor Alcides Arguedas, quien, a pesar de tener las ideas claras sobre cómo actuar, no pudo escapar de esta fuerza.
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:14

Mar Buendía

Esta historia cuenta muchos amores, aquellos de besos fugaces y largos adioses y aquellos letrados de página y distancia. El personaje central es Alcides Arguedas, por demás reconocido autor de Raza de bronce, pero esta no es una historia de sus ficciones, sino la ficción de su propia historia. 

Está escrita en una serie de diarios que escribió desde 1900 hasta 1943, un par de años antes de su muerte. Aunque –como todo diario– guarda los secretos personales del autor, el deseo de Arguedas de publicar estos volúmenes hizo que exista en ellos una figura ficticia que creó de sí mismo para el lector. 

Sucedió en París, allá por 1904. “Miss Margarita es una chica inglesa, pequeña, regordeta, de rostro redondo y agraciado. Ha de andar por los 25 o 30 años y ha venido a Francia para perfeccionarse en el idioma, según dijo a los otros comensales; pero, me lo dijo a mí, para olvidar un amor desgraciado...”, escribe. Aquel amor desgraciado que Margarita abandonaría en su ciudad natal parece más bien un presagio en la escritura de Arguedas. 

 La familia de Alcides Arguedas, fotografía del Archivo Histórico de La Paz.

Margarita trabajaba en una perfumería y Alcides estaba en un año sabático. La inusual pareja no compartía el idioma, pero sí las sonrisas almibaradas necesarias para caer en el encanto.

Margarita no sería la primera conquista del escritor; en las páginas de sus diarios no hay mujer a la que no se refiera en términos veleidosos cuando se trata de contar sus encuentros y salidas entre Bolivia y Europa; además, Arguedas ya había llegado a París, en parte, escapando de otra “muñeca”: “[Concha] una muñeca bien arregladita por la vanidad de la madre y el ciego cariño del padre; una muñeca agradable para verla y hablarla una hora, un día, pero no toda la vida...”. Arguedas era joven y no quería comprometerse aún, pero si algo le sobraba era el ojo para las mujeres a las cuales podría arrebatar con su inteligencia y discurso bien educado. Arguedas era un donjuán y no tuvo reparo en demostrarlo en las páginas de sus diarios. 

Así, en aquellos días parisinos, Margarita y Alcides coincidieron en la pensión de Mme. Bailly y para el resto de los pensionistas y vecinos no era extraño verlos juntos en sus paseos de domingo. Arguedas confiesa concurrir con frecuencia al lado de Margarita y asume que todos debían pensar que sería su novia, aunque él mismo no lo admite. Este primer encuentro no sería muy largo, ya que en octubre, solo cinco meses después de llegado, Alcides se preparaba para regresar a Bolivia. “¡Ay, muñeca! La boca no es vaso para una sola flor. 

El escritor Alcides Arguedas / foto Archivo Histórico de La Paz

Todo concluye. Aquello que por halagarnos un instante creemos eterno, pasa fugaz y sólo nos queda un recuerdo esfumado a poco en la perenne agitación de la vida que, siendo monótona en el fondo, sabe presentar variados incidentes, pequeños hechos que nos hacen perder la noción de esta monotonía y nos hace creernos dichosos, cuando, en realidad, apenas somos conformados y no hacemos sino rumiar un mismo goce bajo distintas formas”, escribe Alcides ante el pedido de Margarita de no olvidarla. Pero el destino de ambos es otro y Alcides retorna a La Paz.

Un año después, en diciembre de 1905, Alcides regresa a París y se pregunta si debería buscar a Margarita. Ella sabe que él regresaría pues han mantenido correspondencia amorosa, pero duda de este primer momento. Alcides no había regresado a París con intenciones de matrimonio, pero tampoco llega con el corazón vacío: Arguedas llega para proponerle a Margarita vivir juntos como estudiantes, algo no poco común en la época. Pero detrás de la no propuesta de matrimonio se esconde un miedo que Alcides no puede ocultar para sí mismo: no desea casarse con una extranjera porque considera que no es posible que se acostumbre a La Paz y él no tiene la intención de quedarse de por vida en Europa. Para Arguedas, su tierra natal es tan dura y difícil que solamente una mujer ya nacida aquí podía aguantar las condiciones de vida. No tiene el valor de decírselo a Margarita e inventa que esta excusa es una promesa que le ha hecho a su padre. Con un nudo en la garganta, hace la propuesta de vida conjunta. 

El 1 de enero de 1906 Margarita y Alcides se mudan juntos. Entre octubre de 1906 y diciembre de 1908 Alcides no vuelve a mencionar a Margarita en su diario, se refiere a un “nosotros” al trasladarse a Suiza y otras ciudades europeas, pero nunca más aclara el nombre de su acompañante. Así, envuelto en cierto misterio de palabras, relata el nacimiento de una niña, su hija, el 30 de diciembre de 1908, “...al contemplar este ser, no me siento poseído por ninguna emoción.  Una indiferencia absoluta, completa, cual si se tratase de algo muy lejano de mí, lejano, distante.  [...] El único pensamiento que ocupa mi cabeza es que ese ser nace al margen de la sociedad y lleva ya en sí, por culpa de los padres, una tara odiosa y estúpida, como es aquella que en ciertas sociedades imperfectas y mal constituidas acompaña al hijo natural...”.

Así, Arguedas cierra el primer tomo de su diario, el primero de doce. Con el nacimiento de una hija nacida fuera del matrimonio a la que no reconoce como hija natural y que no vuelve a ver hasta sus trece años, ya casado y con otros hijos, pero de la que refiere ser su hija más inteligente y más parecida a él, fue ella su verdadera “muñeca inglesa”.

Confieso leerlo con sentimientos encontrados. El hombre prolijo y correcto de ensayos como Pueblo enfermo no es el mismo que observa impávido a su hija, pero es así el amor. Incomprensible, incontrolable, ilógico. Así es el amor de un hombre sin compromiso, pero entregado a una extranjera, el amor silencioso y sin preguntas de una mujer encantada, el amor de un padre que no llega nunca a serlo y el amor de una lectora que solo imagina las calles de París. Y es que, como dice el propio Arguedas: “La vida es una explosión ridícula de ridiculeces, y, el hombre, un payaso que baila, brinca o llora al compás de la musiquilla que alguien, – no sé si la casualidad o el destino, – le toca”.

 

 

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