CONFESIONES

Prohibido desear yo Madonna, tú JLo

Madonna lo hizo en el Super Bowl de 2012. Tenía 53 años. Y aunque su alianza con los grupos chicanos siempre fue estrecha, no era latina, ni Mr. Trump pensaba ser presidente de los Estados Unidos. Eso sí, Madonna llevaba el cuerpo por delante mucho antes.
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:12

Cecilia Lanza Lobo

¡Ay, ay, ay! Pensar que en la era victoriana (siglo XIX), replicada varias veces a lo largo de la historia, si una mujer no sabía dónde tenía las orejas era considerada muy virtuosa. Del clítoris, ni hablar. ¿Del qué? Pues eso. Que la mayor conquista de la mujer en la historia es aquella sobre su propio cuerpo. A sus 50 años y montada sobre un tubo de pool dance, Jennifer López lo probó (des)vestida apropiadamente para que no quedara duda alguna. ¿Quedó claro? De yapa, dejó sentadas reivindicaciones políticas migratorias y, como no, soltó un cachetazo bien ganado a la sobrevalorada ju–ven–tud. Merecido homenaje a la matriarca, Madonna, la gran reina del pop. ¿Quería usted a una mujer algo más gordita, más común, más real, leyendo un discurso político de ong? Lo siento, aquí hablamos de un espectáculo para masas bien aprovechado. Y del cuerpo, ese cuerpo bien ganado más allá del demonio del mercado.

Si usted es de los (pre)juiciosos que mira la cultura gringa haciendo un puchero, luego de presenciar boquiabierto y exultante el show de las dos latinas (Jennifer López y Shakira) en el reciente Super Bowl estadounidense, pues habrá recibido un sentido par de bofetadas. ¡Paf! ¡Paf! Y me late que lo habrá hecho contento. Porque si hubiese sido posible titular aquel espectáculo, se hubiese llamado Fuck you Mr. Trump.  

Si no fue tanto así y sus juicios políticos no se movieron un milímetro, quizá sus hormonas sí.  Sepa usted que el derecho al festivo zapateo hormonal es un asunto político (ojo, el derecho de las mujeres al orgasmo equivale a una señora revolución). Cabe también la posibilidad de que usted crea que sucedió como en los tiempos previos a la invasión cubana, en los años 50, cuando las mujeres latinas eran consideradas carne y diversión para los muchachotes. Si es así, probablemente simpatice usted con el equipo de trogloditas del señor del jopo amarillo. Pero ni así hay acierto. Esta vez el sentido fue otro. Y aunque lo haya escuchado y leído mucho todos estos días, en el mero centro del evento deportivo gringo con más testosterona y público de todos, sucedieron por lo menos tres cosas bien trenzadas de las cuales reivindico yo la desfachatez del cuerpo.

La primera y evidente es que ante la inminente posibilidad de que el actual presidente norteamericano sea reelecto, aquel evento no pudo desaprovecharse para afirmar la enorme presencia latina, denunciar la persecución de los migrantes y sus niños enjaulados, y así reivindicar, digamos, el plurinacionalismo norteamericano en su mejor versión, la más demócrata. Entonces cabe el segundo asunto: la amenaza de Trump frente a los derechos civiles y políticos de las llamadas minorías y particularmente de las mujeres, larga y duramente conquistados. ¿Por qué cree usted que al día siguiente del triunfo de Trump (2017) quienes salieron a las calles fueron mujeres setentonas? Pues porque no podían creer que los derechos por los que lucharon en los años 60 las convocaran a las calles nuevamente ¡medio siglo después! 

Eso de “reencauzar” el comportamiento libertario femenino, como quien pretende domar cabras descarriadas, sucedió muchas veces en la historia y es sabido que el matrimonio política–religión ha resurgido con vehemencia y con él todas las taras que relegaron a la mujer fuera del espacio público y, sobre todo, fuera del control de su propio cuerpo. (¡Viva Margareth Sanger!, ¡vivan las píldoras anticonceptivas!)

Por eso el cuerpo de Jennifer López, caderudo, latino y desnudo es sobre todo festivo y profundamente político. Ganar ese derecho al placer propio no ha sido poca cosa. Porque ya estamos bastante cansadas de que el cuerpo desnudo de una mujer –latina– se mida desde los gramos de un gimnasio, que es lo mismo que desde el discurso políticamente correcto y masculino de las mujeres en plan Ángela Merkel y en la testera codo a codo con los compañeros. ¿Y si nos da la gana de tener ese cuerpo? ¿Y si nos da la gana de sacudir las nalgas al compás de la salsa o el merengue?

Pirueta final. Sobre el tubo del pool dance. 

Si las mujeres cual atletas olímpicas en carrera de obstáculos logramos vencer varias batallas, queda la de la edad. Un hombre sesentón es “maduro” y atractivo, una sesentona ¿no? Sexismo y “edadismo” (ageism, en inglés, discriminación por edad) son las nuevas batallas de valkiria Madonna, como si no hubiese vivido ella varias otras, incluidas la violación o el chantaje laboral.

Cuando en 1992 Madonna publicó su libro SEX, exhibiendo, o mejor dicho ostentando su cuerpo desnudo, sorprendió por la desnudez misma como tabú universal, pero también porque ese cuerpo musculoso no terminaba de encajar con el imaginario, en esos años, de la edad de su protagonista: Madonna tenía entonces 34 años. Supongo que el equivalente a los 50 de ahora. Es decir, medio vieja. Pero la reina del pop, terca como es, probó década tras década, que la edad es una convención “¿Hay una regla? ¿Se supone que te mueras al llegar a los 40?”, dijo la diva aquella vez, y a los 61 años sigue exhibiendo su cuerpo como si fuese su propio trofeo. Y lo es. Madonna sostuvo durante años la bandera de la batalla ganada frente a la prohibición de la explícita sexualidad de las mujeres, vinculada a la condena moral sobre ellas.

Por eso, señor, señora, deje de lado las minucias respecto del cuerazo de J–Lo, que la envidia no nuble su juicio, y más bien aplauda de pie, mejor, despéinese, busque urgentemente clases de pool dance, arrodíllese y bese los pies de las dos (tres) valkirias.

 

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