ZONA TRANS

El jefe de los hilanderos, entre la seducción y el poder. El Whapuri Galán

Recuperar y proponer nuevas estéticas desde el gesto marica, político y subvertor. Así se recreó al personaje principal de la tradicional danza de la cullaguada.
domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:09

David Aruquipa Pérez  Fotografías de Cecilia Fernández
 

Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa

Emma Goldman (1869 – 1940)

Fue durante un ensayo del bloque Chukutas de la Cullaguada Oruro, el año 2001, cuando el líder de aquel bloque  nos recibió con una sonrisa pícara y coqueta, y nos invitó a compartir unos traguitos en un local periférico y popular de La Paz. La charola llegó llena de coctelitos de colores. ¡Salud!, ¡salud! y las miradas curiosas del salón hacia nosotros, seguramente queriendo saber quiénes éramos y qué hacíamos allí. De a sorbos, haciendo muecas de placer, Alen Justiniano, Arturo Noriega, Carlos Parra y yo terminamos bailando en la Cuallaguada Oruro. Fue un matrimonio de larga duración y el inicio de toda una historia de complicidades, rupturas y renovaciones, un pacto festivo para participar en el Carnaval personificando al whapuri. 

 David Aruquipa, uno de los cuatro whapuris Galán.

El whapuri

Es el jefe de los hilanderos, personaje tradicional de la danza de la cullaguada, que tradicionalmente es representado por un solo bailarín en las cuallaguadas antiguas. Lleva una careta de yeso con tres rostros, con rasgos que revelan el mestizaje del baile: nariz excesivamente larga, fálica, mejillas rojas, ojos grandes y un traje por demás excesivo en adornos; chaquetilla bordada con piedras e hilos dorados y plateados, sombrero alto, una rueca grandiosa, pantalón y sandalias que le dan una apariencia elegante y erguida. Su baile es muy masculino, representación del patriarca deseado por todas las mujeres. 

Como nos gusta romper las tradiciones, decidimos ser  cuatro figuras whapuris, con características propias. Noches de discusiones y hasta peleas fueron parte de la creación de todos y cada uno de los trajes del whapuri Galán que, juntos o separados, continúan renovándose.

El primer traje lo diseñamos así por el deseo de irrumpir en un espacio tan importante como el del carnaval más importante de Bolivia. Nos inspiramos en muchos elementos, desde el traje de torero de Juan Gabriel (cantante mexicano) hasta la lectura renovada y mística de los sombreros de cuatros rostros mirando a los cuatro puntos cardinales. Este traje revela todo el amor hacia esta danza, siendo bordado por nuestras propias manos. Al ensartar cada perla, lentejuela y canutillo en las agujas, acompañados por la música de películas de Pedro Almodóvar, esas noches se convertían en fiesta para la familia Galán. Todas ayudaban a bordar, entre copas y miradas artísticas, hasta que nuestro primer traje fue quedando como queríamos. El traje negro con perlas, manchado por gotitas de sangre de nuestros dedos pinchados en cada puntada, complementado con los chulos y demás piezas, es resultado  de aquellas noches selladas por el afecto.

Son 19 años desde que nació el whapuri, siendo ya parte de nuestra historia de activismo reconocida en el país. Es una herramienta de lucha política que ha permitido abrir nuevos espacios de diálogo con la ciudadanía. Convertir a un personaje altamente masculino como el whapuri tradicional en un personaje feminizado, “marica”, ha sido una gran conquista, a pesar de las largas discusiones con folcloristas conservadores. Año tras año ellos amenazaban con no dejarnos bailar, y año tras año era mayor nuestra transgresión. Ésta consistió en incluir otros elementos modernos como el bordado en lentejuelas, el entallado de la chaquetilla, las botas altas de plataforma, mucho color y adornos, recuperando también elementos esenciales de la danza y la cultura como los pescados de plata, joyas, encajes y mantillas que hacen de este personaje uno de los más esperados en esta danza, diferenciándose del tradicional.

Una de esas noches, entre charlas y veladas, don Antonio, dueño de la casa donde se realizaban las novenas a la virgen, nos mostró un álbum antiguo con distintas fotografías. Una de ellas presentaba a un bailarín con una manta atada a la cintura. Don Antonio nos contó que la cullaguada, al ser una danza del amor, debe ser bailada por solteros y solteras. Y si una pareja estable (casada) baila, cada bailarín debe hacerlo con una prenda de su pareja para romper el q’encherio (mala suerte) y no provocar una ruptura. “Por eso bailar con la manta de tu compañera protege el amor, cuida la relación”, concluyó don Antonio.  Esta historia nos hizo incluir la manta para la vestimenta del whapuri Galán, haciéndola un sello nuestro. 

Son estos elementos los que dieron discurso, estética y poder al whapuri Galán en las fiestas populares del carnaval de Oruro hasta la festividad del Señor Jesús del Gran Poder, que el 2019 fue nombrado Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad por la UNESCO, y en cuya candidatura están inscritas partes de esta historia.  

El Kapu Wara Wara

Ya se nos habían adelantado Ofelia, Barbarella y Titina con su rebeldía marica en los años sesenta. Pero el whapuri Galán le da un elemento de continuidad y conexión con la actualidad y el arte contemporáneo de nuestro país, participando en distintos espacios como la propuesta Illimani In Situ, bajo la curaduría de Marisabel Villagomez, quien me propuso recrear este personaje desde el discurso q’iwa (afeminado, homosexual).  Entonces yo ya había leído y visto la constelación andina denominada Kapu Wara Wara, que es la figura estrellada de una rueca que “está hilando el destino de los hombres; llega a distinguirse el hilo de la vida en una intrincada línea de estrellas que cruzan todo el cielo de norte a sur”.  Así llegué a la conclusión de que el Kapu Wara Wara era la constelación del whapuri Galán.

De esta manera, con reflexiones más actuales se recrea el traje de whapuri bajo una estética propia, con elementos luminosos, joyas y pedrería que se conecten en un punto específico con la luz de la Vía Láctea y el Illimani. Esta propuesta permitió reflexionar sobre el cuerpo trans q’iwa, como mediador entre la vida y la muerte, entre el hombre y la mujer, entre el cielo –la constelación Kapu wara wara– y la tierra –el Illimani–. Este sentido reflexivo y de constantes renovaciones hacen de este personaje un cúmulo de contenidos estéticos, ligado con el trabajo político desde la fiesta popular. 
 

fotos en grupo, Gonzalo Laserna

 

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