Carnaval

El pepino del Carnaval

¿Qué se esconde detrás de esa alegre máscara a cuadros? En épocas carnavaleras, la metamorfosis de persona a Pepino implica más que sólo usar un disfraz.
domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:08

Julio Ríos Calderón

Emigraron desde Francia sus atuendos, pero en la ciudad de La Paz los nacionalizaron, los perfeccionaron, los acomodaron. Una máscara sarcástica de mirada burlona, de ojos calculados con geometría; boca de labios gruesos, lista para gritar con alegría; orejas grandes para escuchar el sonido de la algarabía, y un cuerpo de cuatro figuras, dos cuadradas y otras dos alargadas, perfeccionando su físico.

Por lo estirado, cual si fuera un chorizo o un alimento que completa las ensaladas, recibió el nombre de Pepino. Su madre fue una trabajadora de costuras y su padre un payaso de nombre Pierrot, nacido en París.

Llega a La Paz en los días del carnaval. Su misión es hacer de la alegría un himno exagerado de coreografías sin límite. Caminar, correr, saltar, revolcarse y molestar a todo transeúnte que recibe un seco y nada contundente golpe, cual caricia de leopardo, de mano de su “matasuegra” bicolor, una especie de cachiporra de cartón bordada de colores chillones con la que el Pepino juega, fastidia, entretiene, ríe y también llora.

Los niños le persiguen, las señoras pitucas le huyen, las chicas lo mojan con globos de agua, los jóvenes lo inundan vaciándole uno, dos, tres, cuatro baldes. Las avenidas Camacho y 16 de Julio se llenan de comparsas, sumándose grupos que llegan a más de mil pepinos.

Detrás de la máscara del Pepino asoma un ser humano que puede ser una mujer o puede ser un hombre. Puede estar feliz, puede estar triste, aun si el carnaval los llame sólo a divertirse, a alegrarse o a moverse con entusiasmo desbordado. Así, cual polícromo envuelto de serpentina, este personaje eminentemente paceño olvida amarguras, vicisitudes y problemas. Mira con ojos picarescos pero renovados, sin que se atufen o se cieguen por la angustia de  existir.

Unas cervezas le dan valor, aunque a veces este aperitivo carnavalesco se consuma desmedido. Entonces el Pepino pierde el sentido de la conciencia y termina tirado en la calle, o en la comisaría, o muerto.

¿Podría tan curioso protagonista anónimo detrás de la careta encontrarse sobrio acaso? ¿Podría concentrarse en el ánimo que entraña el carnaval sin estar chispeado? No. Imposible, porque la metamorfosis de ser humano a Pepino lo convierte en un saltimbanqui audaz y zalamero. No mide consecuencias, mas controla sus pasiones, y todo es broma, todo es jolgorio, todo es el espíritu de la sonrisa que brilla en su careta, de la burla hacia cuanta persona se cruza con su presencia. Seriedad no es una palabra que afine para la circunstancia.

Ya al caer la noche, la nostalgia que cubre su careta poco a poco se apaga como un foco que difumina la luz del carnaval. 

Y el recuerdo  de un grupo de niños que a viva voz festeja: ¡Pepino, chorizo, Pepino, chorizo, Pepino, chorizo! ¡Sin calzón! surge como inferencia de la fiesta carnavalesca de la ciudad de La Paz.
 

 

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