CARNAVAL

Entre fiestas y aguafiestas, los carnavales de antaño

Los desfiles en comparsas exigían un pago, los globos se llenaban con harina, había juegos, concursos, disfraces, máscaras y bailes en clubes sociales. Mucho ha cambiado, pero el espíritu y las tradiciones superan el tiempo.
domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:07

Sayuri Loza

  En Bolivia, la celebración del carnaval tiene lugar desde tiempo inmemorial y ha adquirido un carácter único debido a la simbiosis de creencias prehispánicas, paganas y cristianas. Ha evolucionado tomando y dejando costumbres con el paso de los años y siendo aplaudido y criticado por unos y otros pero no ha dejado de festejarse, ni siquiera en los momentos más negros de nuestra historia.

A inicios del siglo pasado, la expresión más significativa de las entradas tenía lugar en Oruro, donde ésta se complementaba con una romería –no es de sorprender que el carnaval de Oruro sea el más importante del país– y el ayuntamiento incentivaba a la peregrinación cobrando 2 Bs. a todos aquellos que anduvieran disfrazados, pero eximiendo del pago a quienes peregrinaran al Socavón junto a la romería el sábado de carnaval.

En La Paz no existía la peregrinación pero se formaban comparsas que ingresaban en La entrada de carnaval abierta a todo aquel que pagara 2 Bs. por hacerlo disfrazado. Estas comparsas tenían una fuerte identidad debido a las similares proveniencias y condiciones sociales de sus miembros que bautizaban su fraternidad y afianzaban su pertenencia, igual que hoy, con premisas y organizando actividades para darse a conocer.

Como ejemplo, en 1904 La Unión Marina era la más sobresaliente; en 1908 se fundó en La Paz Los  Highlanders, protagonista de las fiestas por muchos años.

Por detrás entraban otras comparsas compuestas por artesanos, comerciantes y migrantes aymaras urbanos que al ritmo de sikus y tarqas hacían su ingreso luciendo atuendos autóctonos, y aunque la disposición era que entraran todos los que pagaran sus patentes, claramente se establecía una línea divisora entre unos y otros; estos últimos usando nombres como Los Aljeris en Libertad o Los Siempre Huaynuchos, entre otros.

Un espacio más exclusivo era el de los bailes de mascaradas. Los días domingo, lunes y martes de carnaval, además del sábado y domingo de tentación, clubes sociales y particulares organizaban sendas fiestas donde se juntaba la crema y nata de la sociedad y desplegaba sus mejores dotes artísticas ante sus pares.

Se usaba una gran variedad de trajes, unos más bellos y originales que otros: pierrots, polichinelas y desde luego pepinos. De manera anecdótica, en 1908 y con motivo del conflicto todavía existente entre Sucre y La Paz por la capitalía, se prohibió a los paceños usar disfraces que ridiculizaran a sus paisanos del sur para evitar confrontaciones innecesarias.

Los organizadores eran siempre los grandes clubes sociales. En Oruro, el Club Oruro brindaba almuerzos, matinés, tés y fiestas nocturnas, mientras que en La Paz, el Club de La Paz daba las fiestas más comentadas y populares, donde incluso se negaba la admisión a personas ajenas a dicha institución; en 1914, esta exclusividad se puso en tela de juicio y se acordó darle fin.

Igualmente exclusivas eran las mascaradas organizadas por particulares de prestigio en las ciudades. Un anuncio de prensa de 1907 da cuenta de que “Resultó espléndido el baile ofrecido por el señor Clodoveo Urioste y su distinguida señora: asistieron seiscientos invitados”.

Fiestas un tanto menos exclusivas, pues se aceptaba a quien pagase entrada, eran las organizadas por diferentes empresarios en el local del Teatro Municipal. Por ejemplo, el famoso empresario Farraco ofrecía un show magnífico con artistas internacionales. Al mismo grupo pertenecen los restaurantes, cantinas y otros centros de entretenimiento que, igual que hoy, presentaban sus ofertas carnavaleras.

El lunes tenía lugar el juego con agua y harina y las “batallas de flores”; estas últimas más fabulosas y populares en Sucre y Cochabamba. La idea era lanzarles pétalos de flores a los que pasaran, llevando además carros alegóricos decorados con muchas flores y otorgando premios a los mejores. En Cochabamba se consolidó el Corso de las Flores en 1889. Estas batallas se mantuvieron en Sucre hasta los años 60 y este año se ha intentado rescatar esta tradición.

El juego con agua y harina se extendía hasta el miércoles de ceniza. A propósito, es curioso lo sucedido en 1915 cuando en plena Primera Guerra Mundial hubo escasez de alimentos, y muchas jóvenes víctimas del juego con globos de harina se quejaron al ayuntamiento. Y a pesar de que por ello se prohibió el uso de globos de harina y aguas teñidas que representaban un daño grave a la ropa y la salud de las eternas afectadas por el juego carnavalero, las mujeres jóvenes, la disposición no se cumplió.

La ch’alla del martes era únicamente practicada por los sectores aymaras urbanos de la ciudad. La población “blanca” continuaba con sus mascaradas y practicaba algunos juegos de azar que eran organizados por empresas y tiendas: rifas, suerte sin blanca, tiro al blanco, sapo, etc.

En 1904 se suscitó un escándalo en Oruro, pues el ayuntamiento decidió prohibir las carreras de caballos, mosquitos y coches, suertes, rifas y todo tipo de juegos de azar para evitar riñas y peleas. Hubo todo tipo de protestas: unos alegaron que estos juegos eran parte de la cultura orureña; otros, que se privaba del modo de subsistencia de los organizadores, y otros simplemente no acataron la ordenanza.

Las empresas trabajaban únicamente hasta el sábado e incluso los periódicos –único medio de comunicación de entonces– suspendían sus ediciones hasta el día lunes después de tentación.

Los excesos también se hallaban presentes: en 1914, El Diario muestra una nota que critica las farras, indecencias y pérdida de tiempo que, decía, “perjudican la producción del país y generan desorden y falta de higiene en los lugares donde tienen lugar las fiestas”, además repudia el gasto de dinero debido al frenesí de las compras.

De vuelta a este año, las tradiciones andinas van creciendo en cuanto a la práctica; continúan viejas tradiciones como los bailes de máscaras, y se reinterpretan otras, como la fiesta de Comadres. ¿Cómo serán estas fiestas dentro de cien años? Seguramente igual que antes e igual que hoy: inolvidables.
 

 

 

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