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De Metal Gear Solid a Death Stranding Carta #5

En un mundo egoísta, Death Stranding te propone una comunidad que te hace sentir que no estás solo, que a tu lado hay un montón de personas viviendo la misma experiencia que tú... Trama expuesta y dramatismo.
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:08

Adrián Nieve

Hola, tú que soy yo,

Tenías nueve años cuando jugaste por primera vez Metal Gear Solid. Para ti trataba de un soldado/espía con el que te infiltrabas a una base terrorista para destruir una especie de robot gigante que lanza ojivas nucleares como varios políticos que escriben tuits que no deberían. Y si bien hasta este momento no lo volvimos a jugar, hoy por hoy entiendo que Metal Gear es un juego que convierte las peleas, los disparos y los asesinatos en algo que se busca evitar a toda costa. Metal Gear Solid es un juego lleno de personajes que dan largos discursos filosóficos sobre la guerra y sus consecuencias en nuestra humanidad; un juego antibelicista cuyo protagonista, Solid Snake, es un soldado legendario que, en la vida real, fue creado por un hombre no menos legendario: Hideo Kojima.

Ahora tienes treinta años, pero estás llorando como un mocoso de seis. ¿Te acuerdas? Pucheros, gemidos, pequeños hipos y atragantamientos. Eres un desastre con el rostro húmedo de lágrimas y es porque acabas de terminar el último juego de Hideo Kojima. Sí, te estoy hablando de Death Stranding. Ese juego que hizo todo bien para que su final nos deje en ese estado emocional. 

Este juego es básicamente un simulador de caminata. Su protagonista es Sam Porter, una especie de cartero en un mundo postapocalíptico en el que la gente vive encerrada porque afuera todo es demasiado hostil. Es decir, hay vándalos armados persiguiéndote, la lluvia literalmente te envejece y, de rato en rato, te topas con una especie de fantasmas de alquitrán que quieren arrastrarte al olvido. Fantasmas que están en tu mundo porque, al parecer, la muerte ahora es una dimensión física para los humanos. ¡Ah! Lo olvidaba,  haces todo esto mientras en tu pecho llevas a un feto sietemesino encerrado en una cápsula que imita las condiciones de un útero. Este feto, que se llama BB, te ayuda a enfrentarte a los fantasmas de alquitrán y, de rato en rato, tendrás que mecer tu control para calmar su llanto e ir ganándote su afecto… 

Ya no tienes nueve, pero sientes que recién comprenderás mucho de este juego de aquí a veintiún años.

Si tuviera que explicarlo de otra manera, diría que en Death Stranding eres un repartidor de PedidosYa que tiene que sobrevivir a vándalos y zombies para llevar su carga a través de terrenos cada vez más rocosos y montañosos. Este es un juego que requiere mucha paciencia. Caminarás y caminarás cargando pesados paquetes que debes cuidar con tu vida, enfrentando obstáculos cada vez más difíciles mientras conectas a una especie de Internet muy avanzado a todo lugar que visitas. Es con ese Internet que las personas, aisladas por temor a un mundo hostil, ahora pueden a volver a sentir conexión con otros seres humanos. 

Más que un juego, Death Stranding es una moraleja. Te hacen “vivir” caminando para que puedas apreciar las ventajas de no ser un cretino con los demás. Te cuesta tanto entregar tus paquetes que el agradecimiento de la gente que los recibe siempre es palpable. No solo eso, tu juego está conectado a Internet. Tú y miles de extraños en todo el mundo manejan a sus personajes en el mismo espacio virtual. No nos vemos los unos a los otros, pero sí que nos sentimos. Porque el juego es algo más que caminar, es construir estructuras que hagan tus viajes más sencillos. Tus viajes y los viajes de los demás. No nos vemos  unos a  otros, pero es gracias al hecho de que compartimos el espacio virtual del videojuego que todas nuestras construcciones también ayudarán a otras personas. En pocas palabras, el juego hace todo para que te des cuenta de la importancia de las conexiones con los demás, con ese montón de gente a la que les has dejado caminos, autitos y tantas ayudas como ellos han dejado para ti. De esta forma, Death Stranding se convierte en una comunidad que te hace sentir que no estás solo, que a tu lado hay un montón de personas viviendo la misma experiencia que tú... y si bien no la van a vivir igual que tú, ahora algo te une a ese montón de desconocidos. 

Es como cuando alguien te muestra su peli favorita. En realidad te está mostrando su alma porque quiere que la tuya pase por las mismas experiencias, quiere tener algo en común contigo. En otras palabras, quiere conectar. Eso es este juego: algo que nos conecta y nos invita a ser mejores personas a través de todo lo recorrido, todo lo realizado, todas las contribuciones. Sí, estás salvando un mundo virtual, pero también estás aprendiendo la importancia de los legados por pequeños que sean, estás recordando que vamos a morir y hay que aprovechar nuestras conexiones con los demás mientras podamos. Que, como dicen en el mismo juego, “continúes continuando”.

Y sí, puede ser un juego con mucha exposición de trama y con alto nivel de dramatismo –lo cual es usual en Kojima–, pero está buscando ser novedoso, tomar riesgos, reinventarse. Recuerda, anciano, no le creas a los críticos, no permitas que nadie te diga cómo vivir tu subjetividad, dale una probada a esta ciencia ficción que puede ser pretenciosa, pero que conectándonos con otros nos enseña que al compartir la carga, la vida es más fácil.  

Y, como decía Werner Herzog, el mundo se revela a sí mismo a esos que viajan a pie”. Sal a caminar, anciano, y cuando vuelvas juega un rato Death Stranding. 

Abrazos

Adrián Nieve 
 

 

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