CONFESIONES

Del tomatazo al pipocazo

Formar al público a plan de decomisos. Prohibido meter pipocas al teatro
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:11

Lucía Camerati

Somos de la generación de los combos. Si nos dieran un chupete, un sándwich de palta y un refresco de mocochinchi para entrar al cine, lo compraríamos al tiro. Si nos permitieran el alasitero api, pastel y frazada tigre por entrar a vip, sería un hit. Si nos dieran la chance de un choclo con queso también enloqueceríamos, pero no, hasta el día de hoy nos quedamos con la tradicional pipoca con su vaso de gaseosa. 

Hace cien años el cine en Estados Unidos era para la élite. Todo era de lujo y por ello las salas no podían quedar sucias; no había ni una miga de nada en las butacas. Pero se vino la Gran Depresión del 29 y listo, el cine se volvió asequible a cualquier bolsillo. El pueblo invadió las salas y tuvieron que inventar una forma de contentar a las masas con algo más barato y seguir ganando dinero: unos cucuruchos con apetitosas pipocas. 

Llegó el sonido y la idea de esos baratos maíces fue tan exitosa que hoy en día gastamos más dinero en nuestra caja de pipocas que en la misma película. Es más, nos encajan unos combos exorbitantes que representan casi el 85% de las ganancias de los cines hoy en día. Si estamos pensando invitar a alguien al cine, pues hay que tener plata también para el combito.

Sin embargo, una cosa es ir al cine para embutirte pipoca y refresco y otra cosa es ir al Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez en la ciudad de La Paz, porque allí te las decomisan. Advertidos estamos. 

Las caseras de dulces están en la puerta, te ofrecen de todo y una procede con algún chocolate o dulce discreto y se acabó. Pero ese ritual voyerista de llevarnos algo a la boca en cantidades industriales mientras asistimos a algún espectáculo ya se ha vuelto algo enfermizo. Es una falta de respeto al artista y al lugar. El sonido de la gente comiendo papas o pipocas distrae al músico, a la actriz, al tramoyista y a la gente que quiere ver tranquila una obra de arte. 

Por tal razón, la decisión del Teatro Municipal nos ha caído como agua fría necesaria, muy saludable. He visto caras sorprendidas al ser decomisadas sus pipoquitas, sus papitas, sus refresquitos. Algunos discuten hechos a los machos, pero no les queda otra que dejar en la puerta lo que han comprado. Aquí se trata de disfrutar del arte y no de la comida. Esto no es cine, es teatro, hay silencios, hay espacios para la reflexión, hay vacíos necesarios. 

Y aunque lanzar tomates en los teatros es una leyenda, nos queda respetar al otro, aguantarnos un poquito para después irnos a comer todas las comidas del mundo.

He visto tanta pipoca y papa incautada el otro día, que realmente me sorprendí por nuestra terquedad y falta de comprensión. En todo caso, se agradece a los administradores del lugar por formarnos como público, a plan de decomiso. A ver si aprendemos a distinguir y a colocar el arte como prioridad. No es posible que tratemos a los artistas a pipocazos. Pensemos en el bochorno.  
 

 

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