CRÓNICAS ESFÉRICAS

El cielo, la ilusión y el infierno: Bolivia 1 - Brasil 3 (29 de junio de 1997)

“Y entonces Bolivia se desmoronó, arrepentida de haber pecado contra el destino que la obliga a perder, como si obedeciera a quién sabe qué secreta maldición venida del fondo de los siglos” (Eduardo Galeano, 1995)
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:14

Martín Díaz Meave

— Bolivia Bateu.

— Brasil também bateu. E muito.

La conversación no iba por buen rumbo. Eran las 0 horas del lunes 30 de junio y el domingo no terminaba de morir. Dida, como me dijo él mismo que lo llamaban, abrazaba a su novia mientras hablaba en un portugués que yo no entendía pero que trataba de emular. Él no me escuchaba y continuaba hablando.

— ...un equipe muito mediocre...

A ratos creo que prefería no entender. Lo miré con cara de pocos amigos y me di vuelta para terminar mi cerveza. Estábamos en el bar de una discoteca sin música y yo, sin entender cómo había llegado hasta allí, me quería ir.

Bolivia organizó la Copa América en 1997. El país respiraba fútbol desde la recordada clasificación del 93, y el juego de nuestra selección se había mantenido regular. La intención de los organizadores, desde luego, era volver a obtener el campeonato de 1963, el hito más alto de nuestra historia futbolística. Había con qué hacerlo, la selección mundialista seguía en actividad y los éxitos deportivos al parecer se habían acompañado de un notable fortalecimiento institucional.

Al parecer.

El evento era muy relevante para los fanáticos del fútbol. La Copa América es el torneo de selecciones más antiguo del mundo y su importancia es superada sólo por el mismísimo Mundial y por la Euro, la competición de selecciones europea. El país se animó a organizar el torneo y lo hizo con éxito, pese a que un par de selecciones no quisieron traer a sus escuadras titulares. Al terminar el torneo, Bolivia alcanzó su máximo histórico en el recién estrenado ranking FIFA: llegamos a ser los Nº 18 del mundo. Estar en el top 20 ya era bastante, pero a ello se debe sumar que íbamos a jugar la final con Brasil.

A ese Brasil le habíamos ganado 4 años antes y nadie lo olvidaba. Sin embargo, el camino no había sido una taza de leche. Un comienzo muy dubitativo frente a Venezuela, que opuso mucha resistencia y sólo al final cayó 1–0. Luego el Perú cedió una derrota por 2–0 y Uruguay cayó por la mínima diferencia. En los cuartos de final, Colombia nos hizo pasar calores y nos impusimos finalmente por 2–1. La semifinal ante México fue dramática y la sacamos adelante por 3–1.

En la agencia (de publicidad) habíamos trabajado fuerte para la Copa. Cuatro de los cinco principales auspiciadores llevaban sus cuentas publicitarias con nosotros y eso nos había dado una carga de trabajo inusual. Al comenzar a trabajar me habían pedido que yo me involucre más en el tema, porque notoriamente era el más interesado en fútbol y en la Copa. Sí, no lo podía ocultar, yo me sentía en mi elemento cuando de fútbol y publicidad se trataba. Y quería, como todo boliviano e hincha, que ganáramos ese torneo.

El día de la final desperté con una sensación rara. Por extraño que parezca, no quedé para verme con nadie en el estadio y fui solo. Esto en sí no era lo raro sino el hecho de que, por alguna razón, yo mismo había evitado quedar con alguien para ir a ver la final. Mi barra habitual estaba dispersa, con los amigos de la oficina no había hablado. Estaba en casa y no había salido la noche anterior. Almorcé tarde, me puse mi ropa de ocasión (camiseta verde de la selección, que venía con el abono de Copa América) y me fui a Miraflores.

Nuestra ciudad es tan pequeña. Al entrar a la tribuna me reencontré con viejos amigos de colegio que justo estaban ubicados en las butacas cercanas a mí. No me sentí bien por encontrármelos, al menos no allí ni ese día. De repente caí en cuenta que de todas las veces que había ido al fútbol en mi vida, de todos los torneos que había presenciado, de todos los partidos que había visto, éste era el importante.

Bolivia jugaba una final. Y yo me sentía como si no quisiera compartir ese momento especial, como si lo quisiera vivir solo. Sí, me sentía solo, en una soledad que inconscientemente había buscado en medio de 44 mil personas. Al entrar los jugadores y cantar el himno el corazón me latía apresuradamente. Mis nervios estaban allí, pero lo que sentía, en lugar de emoción pura, era un nerviosismo extraño, casi angustiante.

El juego comenzó con Bolivia actuando de acuerdo a las expectativas, presionando de inicio. Cristaldo intentaba remates de media distancia, Baldivieso buscaba dejar mal parada a la defensa canaria con su toque elegante, mientras Erwin Sánchez y Etcheverry eran las manijas que conducían al mediocampo boliviano. Del otro lado, la fuerza de los nombres pesaba y mucho. Romario, Roberto Carlos, “el Animal” Edmundo, Leonardo y la estrella, Ronaldo, hacían pesar el oficio del vigente Campeón del Mundo.

En ese momento había dos hombres en el fútbol mundial que podían patear un balón a 130 kilómetros por hora, y ambos estaban en el gramado, Roberto Carlos y Erwin Sánchez. Fue después de un tiro libre que cobró el primero que vino el primer gol, cuando Edmundo recogió el rebote del tremendo remate que Trucco atajó y anotó la apertura de cuenta. Minutos después, en tiempo adicionado y antes de ir al descanso, Erwin Sánchez sacó un disparo desde casi 40 metros que sorprendió a Taffarel de sobrepique. El Hernando Siles saltó de alegría, había esperanza en el horizonte.

Pero el segundo tiempo fue lapidario. El mayor oficio de los brasileños y el peso individual de sus figuras se impuso, Bolivia estrelló dos balones en los postes y desperdició dos oportunidades frente al arco de Taffarel justo antes de que Ronaldo, o fenómeno, se escapara por la izquierda para poner el 2–1. Rato más tarde, Zé Roberto ponía el 3–1 definitivo.

No recuerdo en qué momento salí del estadio. No me despedí de mis circunstanciales acompañantes. No recuerdo cómo llegué a esta discoteca donde —tarde me di cuenta— en realidad habían varios brasileños festejando el título.

Sólo recuerdo que salí de ahí y comencé a caminar, sin saber exactamente a dónde iba. Busqué un costado de la vereda, dejé al lado mi botella de cerveza ya vacía y lloré. Lloré amargamente, en silencio, los ojos finalmente liberando la tensión, los brazos desfallecidos, la garganta dañada por los gritos en la tribuna. No me sentí mal por llorar y no es que no  quería que alguien me viera. Simplemente pensé que había derecho a lamentarse, como lo habían hecho nuestros jugadores, cuando se pierde una final. Porque se trata de eso, de llegar al último peldaño del podio y quedarse en él si se sale campeón. Pero perderla significa obtener el galardón más amargo que se puede recibir, entre lágrimas y deseos frustrados. Maradona lo dijo alguna vez: segundos puestos no se festejan. Ese es el problema con un subcampeonato, es un premio que uno guarda para el registro, pero que no puede festejar. De repente se siente como si cielo e infierno estuvieran a minutos de distancia, tan lejos y tan cerca.

Esa tarde–noche paceña, Bolivia tocó su propio cielo con las manos y se tuvo que bajar. De repente, en mi llanto, supe que después de todo no estaba solo.

Esta crónica forma parte del libro Marcación personal, de  editorial 3600, 2013

 

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