CRÓNICA

Érase una voz El Alto

Brujos y curanderos de todos los males se han instalado en las proximidades del monumento al Corazón de Jesús en la ciudad de El Alto. La razón es muy precisa y no hay alteño que no porte ese ajayu.
domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:15

Ernesto Luis Calizaya Flores
Fotos Carlos Sanchez / Página Siete

Si no es brujo, le falta poco, aseguró la abuela. 

El hombre era el propietario de uno de los primeros establecimientos de salud de la zona. Los vecinos de la 16 de Julio le sabían algunas cosas, entre ellas que edificó su clínica privada gracias a que le fue bien como naturista. Consolidado el negocio, él solamente se encargaba de vender las fichas a los pacientes. Cuando enfermó de coqueluche el Jaimito, ninguno de los médicos logró dar la receta precisa para que mi hermanito se cure. Todos los días íbamos en la mañana y el hombre nos vendía la ficha para que el galeno de turno lo revise. No sé por cuántos días fuimos los primeros en llegar a la clínica, pero se hicieron suficientes para que ese hombre nos reconozca y, una de esas mañanas, antes de vendernos la ficha para la reconsulta, pida ver él mismo al enfermito. Le miró los ojos, le arregló el cabello, tocó sus mejillas con los pulgares de sus gruesas manos y se quedó luego agarrándole las muñecas. Se tomó menos de diez segundos para dar el diagnóstico: Esta wawa no es para el doctor.

Esa misma tarde estábamos camino a la Ceja, cerca del monumento al Corazón de Jesús, quien le abre los brazos a La Paz y como que la resguarda de los alteños o al menos les da la espalda. Estábamos a 4.087 metros sobre el nivel del mar, lejos del mar. Llegamos con el Jaimito. Lo cargaba la abuela Lucía en su awuayu. Estaba con la cabeza bien tapada para que no le dé el aire ni el viento frío. Antes, más que ahora, ahí parecía llegar con más bronca el frío de la Cordillera Real. El tata Illimani, el tata Mururata, el Huayna Potosí, el tata Illampu, apus y achachilas, deidades tutelares que ayudan a los brujos del sector en sinfín de rituales: llamar el ajayu, el ánimo de las personas, para que recuperen el hálito de vida, por ejemplo. El Jaimito necesitaba de uno de esos curanderos.

Ya en ese entonces se pelaban por el lugar comerciantes de verduras que llegaban desde Río Abajo y otros de Achocalla, mientras los demás, quienes venían del interior con sus camiones llenos de papa, cebollas y zanahorias, estaban más apartados, siempre a un costado de los rieles del ferrocarril. Ninguno de ellos sabía ni le interesaba saber que el Sagrado Corazón de Jesús fue elaborado y fundido en Bruselas como parte de las obras para celebrar el primer centenario de la fundación de la República de Bolivia. La obra fue inaugurada el 12 de agosto de 1925 y ya era parte de las noticias un mes antes; dato casi olvidado ya, pues la referencia para dar con el sector siempre fueron los yatiris, amawtas, curanderos, layqas y todas sus variantes. En algún caso, y como si se tratara de un mito más para darle poder a ese barranco, se dijo más de una vez que allí, justo debajo del monumento de bronce, se encuentra enterrado el corazón de Julián Apaza, la cabeza que lideró el cerco a La Paz en 1781. Para esos tiempos,  el sector ya era considerado como apacheta, lugar de concentración de energías cósmicas, por lo que tras ser descuartizado Tupac Katari, y sus restos regados por todo el altiplano, el órgano vital habría quedado ahí, palpitando bajo tierra, en comunión con la Pachamama, cerquita de donde nosotros buscábamos extender los latidos del corazón del Jaimito.

 Un  yatiri en la ciudad de El Alto.

La búsqueda de una pareja, hechizos para abrir caminos y salir de la pobreza, o ver y saber qué augura el futuro, parecían ser parte de las consultas habituales, tareas quizá reservadas a quienes se iniciaban en estas artes. Los brujos–brujos son más difíciles de encontrar. Lo supimos esa misma tarde. Ellos son quienes tienen fama de curar. Son considerados “elegidos”, unos por haber sobrevivido al impacto de un rayo, otros por haber nacido de pie, ser suxtallu o con seis dedos en alguna de las extremidades, o tener alguna otra señal en su cuerpo, además de llevar en la sangre la herencia de algún amawta, kallawaya, yatiri, ch’amakani, layqa y otras categorías que les permitan curar maleficios como el “mal de aire” o encargarse del cambio de suerte. Una vez que encontramos a uno de ellos, quechua parlante entre una mayoría de aymaras, éste lanzó hojas de coca al aire. Dentro de su boca invocó seres, palabras y nombres irrepetibles. Encendió un brasero, preparó una ofrenda en la que predominaban objetos blancos y la ofreció al cielo y las montañas antes que al fuego. El olor a incienso y copal se impregnó en nuestras ropas, más en las de la wawa; su gorrito y sus zapatitos fueron sahumados por el curandero que a la vez dibujaba círculos sobre el fuego y hacía señales como si llamara a alguien con una campanilla, todo con una sola mano; la otra, en principio no supimos por qué, no salió de debajo de su poncho. Luego la abuela dijo que el Jaimito se asustó con el gallo que le había picoteado en el patio. Para que sane fue preciso hacerle un cambio de suerte sacrificando un animal mansito, un conejo, eso era lo que el brujo tenía bajo el poncho.

El Gallo y el Conejo, el Conejo y el Gallo tienen la culpa de todo, sentenció el abuelo. 

Iba a cumplirse el segundo año de gobierno de Hernán Siles Suazo y Jaime Paz, a quienes se distinguía por esos motes. Nuestro Jaimito estaba recuperado, pero desde El Alto se veía que La Paz era el caos, se sentía que el país se iba al bombo y para entonces ya era un secreto a viva voz que pronto los ahorros de toda una vida no le alcanzarían a nadie, ni para un metro cuadrado de terreno. De la hiperinflación no nos advirtió ningún brujo, menos que el Gallo renunciaría en diciembre de 1984 para habilitarse como candidato presidencial, cargo al que accedió mucho después, tras obtener un tercer lugar en las urnas y ser elegido por el Congreso en 1989.

Pobres ricos

Tiene crucifijos de varios tamaños y en diferentes materiales, cueros de oveja en el piso, una repisa con bolsitas de todo tipo y color, unas con hierbas, otras con incienso y misterios; sobre una especie de velador, junto a una chuspa de awayu con hojas de coca, naipes y velas, una calavera con algodones en los cuencos de los ojos y encima lentes Ray–Ban, gorra y chalina de lana de vicuña, sombrero Borsalino con tupu de oro. Se llama Juanita, revela Celia. Pero no es la ñatita o la calavera lo primero que impresiona a quienes visitan su consultorio, sino las paredes. En los muros se han colado unos sobre otros, como papel tapiz, billetes ya fuera de circulación, de distinto corte, del piso al techo. 

 El maestro espiritista Nicolás Sangalli lle la coca a pocos pasos de la estatua del  Corazón de Jesús.

Ella heredó la calavera y también el oficio de curandera de su padre, quien atendía a sus clientes en un terrenito que tenían cerca de la plaza La Paz. De la Kantuta tenías que subir dos cuadritas, hasta ahí iban a buscarle a mi maestro. La gente llegaba con su plata en carretilla, afirma. En tono de broma, dice, más de una vez el viejo brujo se vio tentado a hacer pasar las mesas de ofrenda quemando los billetes, porque al día siguiente tal vez no servirían para adquirir un amarro de leña. Pero iluso, como muchos, hubo ocasiones en las que guardó los billetes de la paga con el sueño de que le sirviera para épocas duras, y despertó más de una vez con la noticia de que era más pobre. Esos son los billetes que ahora cubren las paredes del consultorio de Celia, ubicado cerca de las antenas del canal 7, la televisora del Estado.

Los trabajos grandes se cobraban en dólares, cuenta. De ahí salvaron algo para salir de la crisis y de la zona que se caracterizaba por tener una escultura de kantuta en su plaza.

Periódicos de la fecha dan cuenta de que el deterioro económico fue más fuerte entre 1984 y 1985, de agosto a agosto. La única salida que hallaba el gobierno era devaluar la moneda, la tasa de inflación anual se situó en 24.000%. Si en diciembre de 1982 un dólar estaba fijado oficialmente en 200 pesos y en el mercado negro se cotizaba a 283, para agosto de 1985 un dólar equivalía a 75.000 pesos en el mercado oficial y hasta 1.050.000 en los mercados paralelos. Un millón de lo que sea siempre es harto, y era mucha plata. Quien pudo hizo su agosto. 

Los miembros de la familia de Celia se fueron a otros departamentos. Ella se quedó en La Paz para no abandonar a los clientes. Se trasladó al sector de las antenas a finales de los años 90, lugar que se había erigido como nuevo asentamiento de brujos y curanderos tras extenderse el territorio ocupado en el área del Sagrado Corazón de Jesús, a la derecha, hasta el sector donde expenden verduras por camionadas y, a la izquierda, hasta la Ceja y cruzando el Multifuncional y la Autopista, hasta el sector de las antenas. Primero fueron carpas de nailon, luego casetas de calaminas, quioscos de latón o plancha, ahora construcciones de ladrillos y cemento con una puerta al frente y otra a sus espaldas.

Trasladar su domicilio y negocio a ese sector fue además parte de un sentimentalismo para Celia. Recuerda que en la década de los años 80 la única distracción que tenían los niños con acceso a la televisión era ver al Conejo Ricky en el canal estatal. En casa no había televisor. Su hermanito, junto a otros niños, iban donde el radiotécnico que encendía el canal 7 y tenía a los chicos en la acera toda la tarde, hipnotizados por el hombre vestido de conejo que tocaba la guitarra. El hermanito de Celia y otros niños desaparecían algunas veces desde la mañana, iban a luchar por un espacio en la fila que se hacía fuera de los estudios del canal 7 en El Alto; desde ahí transmitían el programa del creador de Gusanito medidor. A veces solo llegaban a hacer fila. Volvían polvorientos y llorando porque no lograban entrar a los estudios del canal. Celia, como hermana mayor, era la encargada de llegar al lugar en busca de su hermanito, a veces para llevarlo a casa de las orejas, otras veces para alcanzarle algo de comer por si tenía la suerte de entrar como público del Conejo Ricky, quien antes había hecho su debut en el Canal Universitario, canal 13, en el programa Tris, tras, trece.

Mensajes de esperanza

El aroma del palo santo, el humo de incienso, del copal y dulces naturales marcan el territorio copado por los ”guías espirituales” en El Alto. Solamente en los sectores aledaños al monumento del Sagrado Corazón de Jesús se pueden contar unas doscientas casuchas donde día a día reciben a los creyentes, gente que busca conocer el mañana o un ritual para el progreso económico, la salud, buenos augurios para su relación sentimental y quizá también algún arte “oscuro”. Antes de invertir en publicidad para un negocio, empresa o comercio, más que todo en el sector gremial, la mayoría opta por uno de estos maestros, depositan en  ellos sus esperanzas de mejores días.

La cantidad de casetas de brujos en ese sector permite hacer una aproximación al crecimiento que experimentó la urbe alteña. Un censo realizado en la planicie, en 1925, reveló que ahí habitaban doscientas familias. La información fue consignada en el diario La República de ese entonces, aunque no especifica el número de habitantes. Si se considera la cantidad de casetas de los guías espirituales en el sector de las antenas del canal 7, las de la zona Ballivián, y las que se hallan en el sector del bosquecillo, superan las 300, y más si a ello sumamos los puestos de la avenida Tiwanaku, donde expenden todos los artilugios necesarios para los rituales de los maestros espiritistas.

En un primer censo, en 1790, se registró la existencia de haciendas en los sectores que ahora forman las zonas Kupilupaca, Alpacoma y San Felipe de Sek’e. El periodista e historiador Johnny Fernández Rojas señala que también se distinguían algunas casas en el área que después se llamó Alto Lima. Luego la historia menciona la formación de Senkata y el Kenko, sector que cobró fama en 1917 por el hallazgo de un cadáver, el del expresidente José Manuel Pando. Aunque las doscientas familias de las que habla el censo estaban en torno al centro, desde siempre, la Ceja, otro historiador, Alejandro Quispe, citado por La Razón, remite la creación de las zonas Alto Lima, Ballivián y 16 de Julio después de 1947. Pero para que El Alto sea considerada una ciudad se tuvo que esperar a que el 6 de marzo de 1985 el Congreso Nacional sancione la Ley 728, que establece la creación de la cuarta sección municipal de la provincia Murillo, y la Ley Nº 1014, del 26 de septiembre de 1988, que la elevó a rango de ciudad. Toda una bendición, pues ese mismo año, en mayo, llegó el papa Juan Pablo II y las casas se pintaron de blanco, resonaba el mensaje de “Sembradores de justicia y esperanza” en las calles. Antes de eso El Alto solo era una zona más de La Paz junto a las casetas de brujos de la avenida Panorámica. Los rieles que ahora quedan del ferrocarril se constituyeron aquel entonces en una suerte de límite férreo entre ambas urbes. Los brujos estaban del lado de La Paz, incluso aquellos que ocuparon los aires de la prolongación de la avenida Naciones Unidas, que une La Portada con la Ballivián, pero ahora, aparentemente al menos, la mayoría están del lado de El Alto.

Desde el más allá

A principios de los 90, la fama del Fantasma se apoderó no sólo de la zona 16 de Julio, sino que se extendió a cada uno de los barrios de la emergente ciudad de El Alto. Era conocido en cuerpo y alma por sus más fieles. Para el resto era solamente un nombre, un alias, un espectro que podía estar en cualquier lado, las más de las veces cuidando de un territorio reservado, ganado, dominado por su pandilla. Surgieron al menos cincuenta grupos ese entonces, y la mayoría guardaba respeto por ese nombre. Sonaba rap y tecno en calles, plazas y discotecas frecuentadas por los “chojchos” o jóvenes. Era mejor que reinara el silencio si el Fantasma hacía su aparición.

Erlan vio al Fantasma en persona solo una vez en vida, fue en un local donde se celebraba un matrimonio. Irrumpió en la fiesta con gritos que nadie entendió. Llevaba una camiseta blanca manchada con sangre y un puñal que parecía lamido por el lado del filo. Años después volvió a ver al Fantasma, pero esta vez en foto: su cuerpo yacía en medio de uno de los patios del penal de máxima seguridad de Chonchocoro, tendido sobre su panza, con el mango de un cuchillo sobresaliendo de su espalda. Ajuste de cuentas, fue el informe de la Policía: pugna de poder por el dominio de un territorio. Así se entendió en El Alto, donde basta encontrar un metro cuadrado libre para tener más de un interesado en sentar su presencia sobre dicha superficie. Con decir que si en los años 90 un puesto de venta en la feria 16 de Julio se conseguía en Bs. 100, luego, en unos años, fueron ya $us. 100  y luego, nuevamente, se aumentó un cero más a la cifra.

Los Guerrilleros, los Tortugas y los Locos figuraban entre las pandillas más conocidas y peligrosas. De los Locos se sabía que tenían más presencia en Ciudad Satélite y cierta influencia en la urbe paceña, donde solían dejar paredes pintarrajeadas con grafitis rústicos, su marca. Los Tortugas triangularon un territorio que iba desde la Ceja, pasando por la estación de trenes de El Alto, en línea directa hasta la plaza Ballivián, de ahí hasta la plaza La Paz, para terminar demarcando el área nuevamente en cercanías de la estación de ferrocarriles, territorio que comprendía también la plaza Pacajes. Benditos árboles los de estas plazas. Los vecinos cuentan que los Tortugas no perdían tiempo ni plata en pintar paredes. Ellos luchaban por su supervivencia desde el aire. El terreno también era habitado por los Guerrilleros que, dicho sea de paso, tenían de su lado al temido Argentino. Los Tortugas, como si se tratara de una lucha en la selva, donde solo el más fuerte sobrevive, dominaban las copas de los árboles de las plazas de la zona. No es que vivieran allí como se sabía que pasaba en ese entonces con otros grupos de niños y adolescentes del centro paceño. No. Los Tortugas se subían a las copas de los árboles y esperaban ahí hasta que el sol se escondía. Su misión: saltar de entre el follaje al cuello de parejas o personas solitarias que osaran atravesar sus dominios. Los limpiaban, los dejaban con los bolsillos silbando o sin bolsillos. Hay quienes los identificaban como “los ecologistas” de la época, por su afán de exigir: “Queremos más zonas verdes y menos verdes en las zonas”. Sí, el verde era una alusión al color del uniforme de los pacos, tombos, jach’us, canas, la competencia, en fin, recuerda Moisés, vecino de la cancha Maracaná.

Al Erlan nadie lo jodía, según Moisés. Pasó desapercibido para la mayoría de los vecinos de la avenida Alfonso Ugarte y calles adyacentes, donde vivía en aquel tiempo. Alguna vieja, apoyada en sus creencias religiosas, habría dicho que quien anda por el buen camino no tienta al diablo. El Erlan nunca se hizo crecer el cabello para tener una colita de sus hombros para abajo, menos se los tiñó con agua oxigenada como lo hacían los otros muchachos, ni se esforzó por pertenecer a uno u otro grupo, pese a que era requisito y hasta garantía para poder caminar tranquilo a la salida del colegio, y más si era con la enamorada de turno. Para mí que ese gil se había hecho milluchar con los brujos del Corazón de Jesús, dice Moisés. Ese lugar estaba reservado para los curanderos, continúa. Después nomás se han reproducido y coparon los bordes de la autopista, por la parte alta, donde las antenas del canal 7.

Los vecinos dan cuenta que después ganaron otro espacio en los bordes de la zona Ballivián, y cuando se abrió el bosquecillo del sector para construir una vía que llegue a la Portada, los curacas, amawtas, ch’amakanis, yatiris y ramas anexas, armaron en fila y con vista al Illimani sus carpas y casetas sin importarles ni mierda. Textual. En medio del bosquecillo se encontraba uno de los primeros baños públicos al aire libre, un muladar en medio de pinos y eucaliptos que, dicho sea de paso, también era usado por indigentes y pandilleros. Por qué no podía haber brujos. Para qué ir a buscarlos hasta Alto Lima, a Adrián Castillo, incluso a Milluni, donde antes estaban relegados.

Moisés rememora algo más: Los más “sabios” estaban más alejados de la urbe alteña, eso decía mi abuela, mientras caminábamos en busca de un yatiri –ch’amakani– warawarani capaz de ayudarnos a conocer el paradero de un sobrino que había desaparecido de la casa con los ahorros del tío y unos fajos de billetes flamantes que el abuelo guardaba como símbolo de la maldición de la UDP y la devaluación. Tras caminar con la mirada fija en el nevado del Chacaltaya, toda la mañana, efectivamente dimos con uno de los más sabios. “MAESTRO DE MAESTROS” se podía leer en un trozo de calamina que le servía de letrero. Hojas de coca tiradas al viento, silbidos de pajas, viboritas en una botella de refresco Salvietti e invocaciones a una calavera. Cobró y le dijo algo a la abuela en el oído. Al día siguiente, antes que amanezca, la abuela hizo lo que le dijo el brujo: madrugó a hacer fila para La Tribuna del Pueblo, que dirigía el compadre Carlos Palenque en radio Metropolitana. Ya hemos llamado su ajayu, ahora hazle llamar con el Compadre, tu hijo va a aparecer, le había dicho el curandero. Dos días después llegó un telegrama a la casa, el sobrino estaba cerca de Villazón, se había ido de polizón en un vagón del tren. El mensaje era remitido por otra tía, ya se ha muerto esa tía.

Ahí, casi frente a la cancha, estaba la central del telégrafo, al lado la estación del ferrocarril. El jefe de la estación era un choco de apellido Tórrez, recuerda Moisés. Los feriantes de la 16 se apoderaron de los rieles en cuanto dejaron de circular los trenes. Algunos vagones de carga que permanecían como reliquia y escondrijo de los pandilleros fueron lanzados sobre el asfalto de la autopista en las jornadas de octubre de 2003, y el resto desapareció de a poco, permitiendo ver luego los nevados detrás de filas de casetas que, como un ferrocarril, van lanzando humos al cielo andino: son los braseros de yatiris, brujos y curanderos parte de las trece asociaciones que guían el destino de cerca de un millón de habitantes y visitantes de la urbe más alta del mundo. Del tal Erlan, Moisés supo que festejó sus cuarenta años en agosto de 2012, cuando inauguró su galería por la Ceja y estuvo por la zona buscando un yatiri para agradecer a la Pachamama y seguir recibiendo ayuda desde el más allá.

Este texto se publicó originalmente en el libro 

No me jodas. No te jodo. Sobras Selectas, La Paz, 2018. 
 

 

 

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